lunes, 15 de febrero de 2010

DIOS I (primera part.)

Como en tantas películas y canciones de rock –y en menos novelas- salgo a la calle. Dice un estudio publicado en el periódico que desayuno en el bar mientras leo el café que nuestros jóvenes son cada vez más precoces a la par que infantiles. Y más infelices. He salido temprano. Del todo ajeno a la moda juvenil, el traspuntar del sol por detrás del próximo Montseny retrasa su aparición y la puesta en escena en pocos días será roñosa y cicatera: ya no tiene una alta ceja roja, ni es apenas sol, en esta comarca, lo que se ve y no se disfruta en el lapso de tiempo que va del otoño –tempranero- hasta junio, y que estos días empieza. Brumas y nieblas, no más. Aún y así, salgo a la calle. Resulta evidente que todos con quienes me cruzo arrastran sueño y alguna tristeza, no sólo los jóvenes. Tristeza estrictamente estacional en el mejor de los casos, para quienes sólo sufren la nostalgia del ocio estival desaprovechado –no puede ser de otro modo, huelga decir, si ocio ha de ser-. Los otros, a saber. La retahíla de penas es incluso más amplia que las promesas incumplidas en el altar de las vacaciones. El catálogo de penas es dilatado y coloreado como el catálogo de chuchearías de un viajante de comercio con inevitable traje gris.
Sin embargo, donde vivo -una pequeña ciudad de provincias con mercado, diría Pla- los hombres y las mujeres levantan la barbilla, ocultan momentáneamente los pesares e insinúan una escueta sonrisa para desearse buen día, antes de encorvarse de nuevo en el interior del cuello levantado de la chaqueta, la americana o el sobre-camisa de entretiempo. Cuando siento nostalgia de Barcelona, invoco este gesto y lo cotejo con los descorteses apretujones del metro a primera hora de la mañana que tanta angustia causan a los ancianos y a las adolescentes. Así compenso el recuerdo de lo fácil que es, en esa ciudad, salir a la calle donde una marea en eterno jubileo etílico te sube a hombros, te pasea todo el día, te lleva de copas al compás de Carliños Brown y te deja puntualmente en casa a la hora de acostarse, cenado y sin pijama. Eso es, más o menos, Barcelona. La Barcelona que detestan los barceloneses y que hace las delicias de los estudiantes. Una ciudad menos ‘canalla’ que Port Aventura pero paradójicamente infestada de críos que la señorean. En mi ciudad, al menos, saludan todos menos los más jóvenes.
No debería repetirlo pero octubre es más triste que abril. He salido a la calle y también yo he saludado a quienes me he cruzado. Piso la acera y arrecia una ráfaga de viento helado y traidor –a las once hará calor- ¿Chaqueta, americana o sobre-camisa de entretiempo? Saludo y me importa un rábano qué prenda será la adecuada. Las penas escuecen y llevo conmigo el recuerdo de mi madre como un alfiler de ira que traspasa cualquier tejido que interponga.
Salgo del café y el viento embiste de nuevo, furibundo. Embestir significa acometer contra algo o alguien con fuerza e ímpetu, amén de atacar con violencia y sin mesura o sentido de la proporción, en terminología militar. Fuerza bruta sin control ni propósito definido o voluntad concreta. Pero escrita con “v” es la palabra con la que las modistas designan la acción de marcar la tela por el lugar por el que habrá que coser la costura del dobladillo. La palabra contiene lo rudo y brutal, y su contrario. Limite, principalmente; mesura y medida; oficio y función. Un esfuerzo tan sensato como humilde y, tal vez, inútil: no sabría calibrar la gravedad de arrastrar los pantalones. Algo parecido contiene ese saludo entre adultos. Ese gesto que oponemos tiene algo de inútil, también. Ella ya no esta. No hay modo humano de lidiar y salir bien parado. Penas, rencores, culpabilidades. Mi madre que supo ser dulzura y acabó siendo esfuerzo y denuedo. Después de muchos años de trabajo sin reposo, habíamos empezado a hablar de vacaciones, de merecida holganza: traspasar el negocio, tal vez cambiar de casa -un pequeño jardín para los perros- y de ese modo evitar los tres pisos escaleras. Así que a saber las penas, pero habrá que saludar, trabajar incluso. El triste e hipócrita saludo contiene algo civilizado y laico. Como mi madre, maneja una discreta sabiduría de costurera, de tendero, de oficial o de orfebre, que sabe de lo ridículo de negar al vecino y fruncir el ceño a perpetuidad. Pero sobretodo, conoce lo ridículo de preguntar el porque de tanta injusticia, pedir cuentas al cielo – ¿A quién si no?-. La prensa ofrece a diario el continuum de despropósitos con que la vida tiene a bien de fustigar a prácticamente la totalidad de la población del planeta con un detenimiento casi estético, a juzgar por las fotografías. No basta con morir, hay que hacerlo calcinado. Para eso están los subyugados etarras, los dipsómanos caudillos africanos, los intelectuales de la Casa Blanca… en su ausencia, se puede recurrir al cáncer de pulmón o a la vía del tren. Hay que tener la moral francamente pírrica y ‘missaire’, ser interna del Sagrado Corazón o megalómano de mirada lateral a lo Berlusconi para creer que la desdicha o la mala suerte es un desvío de la norma que únicamente por desventura ha puesto su fría mano sobre la espalda nuestra. El mal no es sólo indiferente y trivial. Da vueltas sobre si mismo, se explaya, se detiene y juega. Se ensaya como una coqueta variación en una partitura vanguardista. Como las mejores de éstas, hace de la evidencia, de lo trivial, un relato de lo demasiado humano. Ante la aburrida insistencia de la atrocidad –vean lo que ponen en la tele cuando no hay partido de fútbol- el exabrupto a un sujeto supra-lunar a quién se responsabiliza de nuestra desgracia es el colmo de la arrogancia. Rogar por su extinción y tener la óptica o el punto de mira en la fortuna vigorosa del vecino de rellano es el extremo de la banalidad.