09 noviembre.
“Y yo qué sé lo que significa el poema, no lo he leído porque no me gusta, porque es una mierda”. Anónimo de ayer en alguna aula de este país.
Querido Ramón,
Me acuerdo de esos días en los que siempre salía en tu defensa cuando algún compañero de la facultad te acusaba, entre risas, de ser un pedante. Siempre dije que no lo eras, que simplemente te adiestrabas. Ahora, en cambio, y a pesar del trato continuado, sigue sorprendiéndome la altivez de mis muchos alumnos, a los que tanto les cuesta descubrir el punto de coincidencia entre libertad de expresión, el lenguaje y el pensamiento crítico. Pero hay que comprender que el lugar común de nuestra época es la democracia de masas, o lo que viene a ser lo mismo, la democracia de los apolíticos.
Llevamos años fomentando la noción de que lo importante es la exposición de nuestras opiniones, cuyo valor reside en que sean nuestras, independientemente de que las expresemos con corrección. La elocuencia se ha convertido en un fósil inservible, cuando no sospechoso. Sin embargo, la pobreza de recursos lingüísticos sugiere, más que nada, una carencia del pensamiento. Ni las ideas adquieren valor por ser nuestras, ni mucho menos serán, por ello, originales. Más bien al contrario. Lo espontáneo suele ser universal por ser humano, demasiado humano, comúnmente humano. Humano y trivial, y cómo no, tribal. La confusión que nos lleva a creer que libertad de expresión significa que toda opinión vale lo mismo, es equivalente a la que confunde pensamiento original con espontaneidad. Eso explica lo que dice Tony Judd. Cada vez que un profesor, todo acopio de buenas intenciones, anima a sus alumnos a expresarse sin la cortapisa de la atención a la forma del lenguaje con el propósito de favorecer el pensamiento libre, celebra un canto de despedida a la política y la democracia.
Mi único matiz, una duda razonable de que el docente tenga algún protagonismo en todo esto, aunque al final -eso sí- uno tiende a evitar ser tachado de colaboracionista. Palabra fea, al menos en la Europa que conoció los fascismos. Tal vez nada pueda el maestrillo, pero sólo le cabe intentar ser oposición, resistencia, alternativa.
Cada día estoy más persuadido de que educar es poco más que enseñar a poner comas y promover la vergüenza y el llanto de los que se equivocan. Tony Judd acaba este bolero: "En clase de alemán seguían insultos a los errores. El profesor Joe nos aterrorizaba, pero lo adorábamos". Yo no tengo tanta sangre fría, pero me conmueve oír a un "proge" que se posiciona de acuerdo con mis pesadillas.
06 noviembre
I. Dice Josep Ramoneda, “El instinto de conservación no es natural, es cultural. El terrorista suicida es la demostración”. Los que no acuden a las urnas y los que se proclaman apolíticos, también.
(Nota de la libreta a los sucesos de Londres y los huevos de los indignados en el Parlament).
II. Cuando se dice que el camino de la indignación no es la violencia, se acierta. Pero la violencia siempre aguarda. Algunos han olvidado que la principal razón por la que inventamos la socialdemocracia es el egoísmo y el interés propio. Cuánta más desigualdad y menor redistribución, más escasas son las razones para no ver a la bella esposa del vecino, la comodidad de su segunda residencia.
La socialdemocracia es el pacto de no agresión al salir de la oficina, ya muy tarde y muy de noche y muy cansados. Nació cuando nos dimos cuenta de hay una enorme violencia en la distancia entre lo que yo tengo y lo que tu eres, porque quién tiene se permite no ser sólo lo que posee.
03 noviembre
Desayuno con Martha Mackennzie (Presidenta de los estudiantes de Oxford) en la contracubierta de "El País".A propósito de los disturbios de Londres del pasado verano dice que se sintió sobrecogida al advertir "que la sociedad es muy frágil, que se mantiene en pie porque la gente cree en al ley y en el respeto mutuo, pero vi que rápido se puede desintegrar".Yo más bien pensé que deberíamos replantearnos la psicología de las masas. La masa sigue siendo una marea, pero una marea cuya única unidad compartida es el individualismo. De ninguna manera se pudo considerar una revuelta, puesto que no hubo signo de subversión, es decir, de inversión del orden. Al contrario, se tomaron las calles como consecuencia del malestar social, cierto; pero sólo encontraron una forma de expresión: los televisores de plasma y las bambas de diseño. No fue una revuelta, sino la apoteosis del orden dado. El síntoma más exacto de qué clase de sujeto histórico -ya me disculparan, o mejor no lo hagan- la religión planetaria del consumo, que algunos se atreven a llamar liberal.Así que, dulce Mackenzie, debo decirle que nada se desintegró, a no ser que consideremos la posibilidad de desintegrarse por implosión.
miércoles, 9 de noviembre de 2011
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