Rajoy es aplaudido en el Congreso de los diputados. Acaba de decirnos que los Mercados son soberandos y que nada se puede hacer. No hay lugar para la política. Y sus correligionarios le aplauden la valentía. Pero no se me ocurre actitud más opuesta a la audacia y al coraje que la que exhibe el Presidente que la de negar la validez o utilidad de su oficio. Desfachatez, ese es el
término que merece la inacción de Rajoy y sus secuaces
ministeriales. Lo es cuando cruza los límites de lo admisible en un gobernante, opta por ver desde la barrera, salvaguarda parcelas de poder inútil más allá de dar satisfacción a la red clientelar y condena a los sectores mayoritarios de la sociedad a una vida indigna.
He leído a Ramoneda, me apuntó al tiro y añado: la función principal
que da sentido al responsable político no es otra que trabajar en la defensa de
las condiciones sociales necesarias para que sea posible una vida digna, en
igualdad y alejada del fantasma de la exclusión y la humillación. El que niega
su libertad para actuar de acuerdo con estos principios ostenta un poder
ilegítimo y debería retirarse inmediatamente. "Los españoles no podemos
elegir si hacemos sacrificios. No tenemos esa libertad". Eludir el propio
programa electoral se ha convertido en costumbre para el gobierno. Amparados en
el fatalismo del dictum europeo y los
mercados, lo juzgan "inevitable". Aceptemos que así lo creen. En su reconocimiento
habita el sinsentido y no tienen otra salida que retirar-se después de una
educada y discreta disculpa. Cualquier otra alternativa es fraudulenta si es
que queda algún recodo de credibilidad en las instituciones democráticas. Desde
el s. XVIII, la democracias liberales se han construido y mantenido sustentadas
en el ideario de la filosofía política de Locke, Rosseau o Jefferson, según la
cual "las sociedades se mantienen unidas gracias al contrato social que une a gobernantes y gobernados, y que, en caso
de abuso de poder o deserción, el pueblo tiene derecho a la revuelta". Aunque
aquí la deserción es contumaz y vivimos tiempos de reculada, no parece que nada
hayan entendido, ni quieran entender. Como consecuencia, nuestro "pacto
social" está al borde del colapso.Desfachatez porque gobiernan quienes renuncian a la gobernación. ¿O acaso nos hemos vuelto locos? ¿Cómo si no se explican los recortes y la presión fiscal sobre las economías medias y domésticas que, como auguran los editoriales ultra liberales de la prensa Norteamericana, redundarán en el caída del consumo y nos llevan a una quiebra sin remisión? Sin duda, el Alto Madrid ha trazado su estrategia de disimulo, y según su gloriosa ineptitud, pagaremos un elevado precio por nuestra competitividad. Cuando el PIB vuelva a subir, será a costa de la miseria interna y de la depreciación del trabajo. Lo que conocimos como trabajo basura se quedará en triste eufemismo. Este es el plan jamás trazado. Ya he oído en varios medios que el trabajo dejo de ser derecho para mudar en fortuna.
Pero las bondades de la insolencia se recrudecen en boca de este Ejecutivo deshilachado y aún bravucón de alta escuela valenciana. No contentos con la condena a la miseria, se parapetan en el ataque, invocan el miedo y criminalizan a los parados. En la que sea tal vez el ejercicio de obscenidad más repugnante de los últimos treinta años, ponen bajo el foco del sospecha a los ciudadanos más débiles. Lo hacen esos que han dilapidado veinte años de ayudas europeas que no se emplearon en la creación de un tejido productivo que hoy pueda ofrecer trabajo, sino en trenes de absurdo trazado, red financiera clientelar, infraestructuras improductivas y fiestas a gogó. Todo aliñado con la inspirada "Ley de Suelo" de Rato y Aznar, porque Dios proveerá y ancha es Castilla. Es probable que en los sesenta tuviéramos poco más que yeso, playa y sol. Pero desde 1985, el Estado ha recibido 120.000 millones de euros de ayudas al desarrollo. Como sugiere Juliana, al final Marshall pasó por aquí hasta tres veces. Esos son los responsables directos de la particularidad de la crisis española. A frenar tal dispendio ya llegamos tarde y recibiremos acuso de recibo durante al menos las próximas tres décadas. En este sentido, lo único inevitable es hacerse alguna pregunta a propósito de la democracia de masas que perpetúa a los Fabra, ratifica a Camps, vitorea a Mourinho, honoró a Millet o sufre con Pantoja. Sólo son ejemplos.
Por lo tanto, ya sabemos lo que viene y que nos gobiernan ineptos y corruptos. Sin embargo, hay algún signo de esperanza. Dicen las encuestas que me desayuno que el 15-M va sumando simpatías y que casi un 80 % de la población se identifica ya con ellos. Me da a mí que este es un caudal que no debiera malbaratarse. Ya sé que se deslizan por la tentación de la apolítica, entreverados en la paradoja de que solo hay una salida política cuando ha sido, en gran medida, la política la responsable del desmán. Pero el entuerto se deshace si se atiende al hecho que más que la política ha sido su ausencia, que por costumbre humana y tal cual hace el bolero, con el mismo sustantivo hemos nombrado. En cualquier caso, la sensibilización se ha realizado y la oportunidad es singular. Tal vez, el modelo intersticio esté en las consultas populares soberanistas que se realizaron en Catalunya. No me digan que ahora el único lobby legítimo de la democracia no coincidiría en tres o cuantro puntos de exigencia. Además, insinuaré a los escépticos que no es lo mismo un programa que la ciudadanía haya condicionado que el papel mojado que no leen más que los jefes de campaña. Al fin y al cabo, si a algo temen además de a los mercados, es a la tiranía demoscópica. Sean escépticos, somos gobernados a golpe de sondeo. Por eso y aunque la miseria nos espera, quizás pueda ser, al menos, más digna y libre de desfachatez que lo que se nos ofrece. Por si acaso ahí van mis sugerencias: lucha contra el fraude fiscal (el 75% de los impuestos evadidos corresponde a las grandes fortunas), ley de transparencia (anticorrupción), ley de partidos democratizados en sus mecanismos internos (renovación moral de la política y freno a la partidocracia e intereses creados), depuración judicial de responsabilidades y, sobre todo, la norma más elemental de la economía redistributiva que se conoce como "balanced budget multiplier" que en austero significa que más paga quien más tiene, no por capricho sino por liberal sensatez. Cuando se grava a quien menos tiene, decae el consumo; cuando se grava a los más ricos, sólo disminuye su ahorro. Fácil, fácil. Ahora ya saben porque siguen ahí. Aúnque me consta que ya estaban enterados. Pues eso, que a esos ni un rasguño, señora.
