
La afirmación es tan tópica como una marina en acuarela -con barca sobre fondo de nuestro mar bañera- mal colgada en la pared del chiringuito de fritanga indigerible: la bella fiereza incontestable del mar. Tal vez sea Valéry quien más se haya acercado a explicar ese irresistible atractivo:
La mer, la mer, toujours recomence.
El mar, siempre tan variable como parecido a sí mismo, es a un tiempo la aventura imposible de Ulises y el chapoteo incansable y ocioso de los niños veraneantes –variante difícilmente reconocible de esos mismos niños en temporada escolar-. A todos parece ofrecer sus benignos obsequios. Porque aventura significa oportunidad. Del Cid o Roland hasta Superman, todos han requerido realizar ‘salidas’, queste, una búsqueda. La salida o la aventura brinda la oportunidad de mostrarse y demostrarse. Desde antiguo el hombre sabe lo pernicioso de tumbarse en el sofá – aún y la leyenda que invita al dulce estar reclinado, inscrito en el mosaico de un atrio en una rica hacienda en la no menos dulce, griega y vecina Empúries-. Los niños en la playa ‘no paren’, dice la mamá en catalán empurdanés, de tan desocupados que están. La distancia que media entre Odiseo y Mr. Bloom es que éste jamás sale ni del intríngulis de lo cotidiano ni de su barrio, y el monólogo interior no es más que la metáfora que recoge esta necesaria neurosis de la reclusión.[1] Oportunidad de salir y encontrar los obstáculos, la resistencia que obligue a mostrar facultades y mérito. Mérito que al final justifica que todos esos héroes sean cantados –celebrados- desde que de ellos se tuvo noticia hasta nuestros días. Una inmortalidad vicaria que los aqueos identificaban con una bella muerte. A tomar por el saco, piensa Aquiles, el rebaño de cabras, sin saber que eso condena, más de quince siglos después, al sr. L.Bloom –aun y no haber visto una cabra en su vida-. Al ciudadano Bloom no le espera una bella muerte porque no le acompaña un bello vivir. Los pescadores de aquí saben bien que tienen museo a su nombre por los quebrantos –y muchos duelos- que esta orografía les regala, abierta al mar y a la tramontana de excursión por el nevado pirineo antes de caer en el mar de l’Escala, generoso en sardinas, como una hoz bien afilada. Evidentemente, dudo que eso sea el vivir bello, pero alguna verdad nos susurra más allá de oropeles e improductivas dignidades que no traen, apenas, sestercios a la comarca.
Pero no quería hablarles del mar sino de su prima triste y gafotas: la playa. Porque el mar cambiante y fiel como nada a sí mismo, expresa, sobretodo la oportunidad de reinventarse. Aquí todos somos veraneantes y por eso nadie se conoce. O nos conocemos a medias, lo cual es mejor. La playa, al atardecer sobretodo, es el lugar donde nos desconocemos con veraneantes habituales y algún que otro indígena. Allí es donde ofician las madres y su estampida de críos. Vengo todos los años a pasar inventario y a encontrar en el relato hipotético con ellas quién soy, es decir quien quisera ser, y así, dilucidar que tengo que desechar y que emprender para parecerme a ese sosias mío, mejor y fingido, ese que guarda conmigo tal similitud que con él podrían llegar a confundirme. Eso es, me parece que los propósitos para el resto del curso se fraguan aquí mucho mejor que en la vigilia del fin de año. En la playa, la vida es literatura en el sentido genuino de ser falsa y real a la vez, puro teatro, escenificación. Pura farsa, y entonces hablo con una mamá con tacones, el niño dormido en su pecho, cliqueteo en la arena, promesa de felicidad sin limite –persuadirla con mi sosias, mí oportunidad, mi resistencia- si no irrumpen en la conciencia los mensajeros dionisíacos de la muerte que visitaban al buen Aschenbach en la gran novelita de Thomas Mann, inquilino, a la par, en el marítimo Lido Veneciano y análogo cautivo de promesas de redención con la “chispa de la vida”. Parece mentira que el hombre experto no distinguiera, al final, realidad y ensoñación. Por si acaso, me advierte una estampa. Irrumpe en la playa con voz atronadora: Què voleu per beure? Los niños revolotean en torno a sus pasos dificultosos. El pequeño cogido a su mano, los cachivaches bajo el brazo y, colgando a su espalda, el parasol. Como una enorme aparición, pero no es una virgen de Viola. Aquí no hay foco de luz, ¿epifanía? No sé. Porque sopla el siroco y el calor y la luz son tan rotundos que no van a ceder espacio a ningún otro protagonista. Aunque eso no parece inquietarle. Ella no viene a charlar, abstraída de todo, ningún coqueteo. Cumple un propósito exacto y memoriza, es una aede, la tirada completa e imposible de refrescos que los niños requieren. Sólo la costumbre, la práctica y la necesidad explican tan descomunal capacidad memorística. Antes de levantar el campamento se encamina al chiringuito, triunfante. Es bien seguro que regresará sin olvidar nada y más tarde, regresará a casa con los siete chavales, sanos y salvos. No sé cuantos son suyos pero se habrán traído algún amigo, y ahora están todos bajo su custodia. Parece un milagro. Se nota acostumbrada a poner orden, heroica, en el caos (donde no parece haber orden alguno posible). Pero la costumbre la enfrenta a toda tentativa de reinvención. No se mira en el reflejo del agua. La arena no devuelve una imagen nítida de quién a ella se expone. La playa es su reino de espaldas al mar. Más allá, hacen corro unas mujeres de más edad. Se sientan tranquilas detrás de sus gafas de sol. Chismorrean sin miedo a ser escuchadas. Sus maridos no van a la playa. Sólo ellas, que se desconocen bien todos los veranos. Ai, Tatzio!
[1] No viene a cuento, pero merece la pena. Mientras esto escribo, la joven termina su turno en el bar, deja el delantal sobre la nevera, cruza la terraza y justo después de pisar el último escalón que la separa de la playa, se lleva la mano al pelo para soltarse la coleta, sacude levemente y sin ostentación la cabeza y otea la arena donde le esperan sus dos hijas del todo ajenas –de momento- al ajetreo que agobia a mamá durante el día. Hace días que la observo. Es argentina y guapa y sobretodo poco expansiva. De años que veraneo en esta terraza y siempre he encontrado algo de complicidad entre los empleados –algunos cambian y otros son tan veteranos como yo-. Tal vez porque yo también estoy aquí no del todo ocioso, con horas dedicadas a ganarme el sustento y porque lo atienden todos los veranos chicos muy amables. Pero ella no, aunque a mí me cae muy bien. Somos mezquinos, y reconozco que he aguardado a que alguno de sus compañeros, que ya me conocen, interceda en mí favor y le diga que no soy un mal chico. Pero pasan los días y nada de nada. Me hace pensar en que somos poco rigurosos con lo que escribimos –incluso los honestos, dicho sin ànimo de ofender-. Tal vez debería rectificar eso de la demos benéfica del mar, pero la miro de nuevo. Se reúne con sus hijas, besazos, se tumba –dulce estar reclinado- y las niñas rebozadas de arena la cubren como una fragancia de crema after sun.
La mer, la mer, toujours recomence.
El mar, siempre tan variable como parecido a sí mismo, es a un tiempo la aventura imposible de Ulises y el chapoteo incansable y ocioso de los niños veraneantes –variante difícilmente reconocible de esos mismos niños en temporada escolar-. A todos parece ofrecer sus benignos obsequios. Porque aventura significa oportunidad. Del Cid o Roland hasta Superman, todos han requerido realizar ‘salidas’, queste, una búsqueda. La salida o la aventura brinda la oportunidad de mostrarse y demostrarse. Desde antiguo el hombre sabe lo pernicioso de tumbarse en el sofá – aún y la leyenda que invita al dulce estar reclinado, inscrito en el mosaico de un atrio en una rica hacienda en la no menos dulce, griega y vecina Empúries-. Los niños en la playa ‘no paren’, dice la mamá en catalán empurdanés, de tan desocupados que están. La distancia que media entre Odiseo y Mr. Bloom es que éste jamás sale ni del intríngulis de lo cotidiano ni de su barrio, y el monólogo interior no es más que la metáfora que recoge esta necesaria neurosis de la reclusión.[1] Oportunidad de salir y encontrar los obstáculos, la resistencia que obligue a mostrar facultades y mérito. Mérito que al final justifica que todos esos héroes sean cantados –celebrados- desde que de ellos se tuvo noticia hasta nuestros días. Una inmortalidad vicaria que los aqueos identificaban con una bella muerte. A tomar por el saco, piensa Aquiles, el rebaño de cabras, sin saber que eso condena, más de quince siglos después, al sr. L.Bloom –aun y no haber visto una cabra en su vida-. Al ciudadano Bloom no le espera una bella muerte porque no le acompaña un bello vivir. Los pescadores de aquí saben bien que tienen museo a su nombre por los quebrantos –y muchos duelos- que esta orografía les regala, abierta al mar y a la tramontana de excursión por el nevado pirineo antes de caer en el mar de l’Escala, generoso en sardinas, como una hoz bien afilada. Evidentemente, dudo que eso sea el vivir bello, pero alguna verdad nos susurra más allá de oropeles e improductivas dignidades que no traen, apenas, sestercios a la comarca.
Pero no quería hablarles del mar sino de su prima triste y gafotas: la playa. Porque el mar cambiante y fiel como nada a sí mismo, expresa, sobretodo la oportunidad de reinventarse. Aquí todos somos veraneantes y por eso nadie se conoce. O nos conocemos a medias, lo cual es mejor. La playa, al atardecer sobretodo, es el lugar donde nos desconocemos con veraneantes habituales y algún que otro indígena. Allí es donde ofician las madres y su estampida de críos. Vengo todos los años a pasar inventario y a encontrar en el relato hipotético con ellas quién soy, es decir quien quisera ser, y así, dilucidar que tengo que desechar y que emprender para parecerme a ese sosias mío, mejor y fingido, ese que guarda conmigo tal similitud que con él podrían llegar a confundirme. Eso es, me parece que los propósitos para el resto del curso se fraguan aquí mucho mejor que en la vigilia del fin de año. En la playa, la vida es literatura en el sentido genuino de ser falsa y real a la vez, puro teatro, escenificación. Pura farsa, y entonces hablo con una mamá con tacones, el niño dormido en su pecho, cliqueteo en la arena, promesa de felicidad sin limite –persuadirla con mi sosias, mí oportunidad, mi resistencia- si no irrumpen en la conciencia los mensajeros dionisíacos de la muerte que visitaban al buen Aschenbach en la gran novelita de Thomas Mann, inquilino, a la par, en el marítimo Lido Veneciano y análogo cautivo de promesas de redención con la “chispa de la vida”. Parece mentira que el hombre experto no distinguiera, al final, realidad y ensoñación. Por si acaso, me advierte una estampa. Irrumpe en la playa con voz atronadora: Què voleu per beure? Los niños revolotean en torno a sus pasos dificultosos. El pequeño cogido a su mano, los cachivaches bajo el brazo y, colgando a su espalda, el parasol. Como una enorme aparición, pero no es una virgen de Viola. Aquí no hay foco de luz, ¿epifanía? No sé. Porque sopla el siroco y el calor y la luz son tan rotundos que no van a ceder espacio a ningún otro protagonista. Aunque eso no parece inquietarle. Ella no viene a charlar, abstraída de todo, ningún coqueteo. Cumple un propósito exacto y memoriza, es una aede, la tirada completa e imposible de refrescos que los niños requieren. Sólo la costumbre, la práctica y la necesidad explican tan descomunal capacidad memorística. Antes de levantar el campamento se encamina al chiringuito, triunfante. Es bien seguro que regresará sin olvidar nada y más tarde, regresará a casa con los siete chavales, sanos y salvos. No sé cuantos son suyos pero se habrán traído algún amigo, y ahora están todos bajo su custodia. Parece un milagro. Se nota acostumbrada a poner orden, heroica, en el caos (donde no parece haber orden alguno posible). Pero la costumbre la enfrenta a toda tentativa de reinvención. No se mira en el reflejo del agua. La arena no devuelve una imagen nítida de quién a ella se expone. La playa es su reino de espaldas al mar. Más allá, hacen corro unas mujeres de más edad. Se sientan tranquilas detrás de sus gafas de sol. Chismorrean sin miedo a ser escuchadas. Sus maridos no van a la playa. Sólo ellas, que se desconocen bien todos los veranos. Ai, Tatzio!
[1] No viene a cuento, pero merece la pena. Mientras esto escribo, la joven termina su turno en el bar, deja el delantal sobre la nevera, cruza la terraza y justo después de pisar el último escalón que la separa de la playa, se lleva la mano al pelo para soltarse la coleta, sacude levemente y sin ostentación la cabeza y otea la arena donde le esperan sus dos hijas del todo ajenas –de momento- al ajetreo que agobia a mamá durante el día. Hace días que la observo. Es argentina y guapa y sobretodo poco expansiva. De años que veraneo en esta terraza y siempre he encontrado algo de complicidad entre los empleados –algunos cambian y otros son tan veteranos como yo-. Tal vez porque yo también estoy aquí no del todo ocioso, con horas dedicadas a ganarme el sustento y porque lo atienden todos los veranos chicos muy amables. Pero ella no, aunque a mí me cae muy bien. Somos mezquinos, y reconozco que he aguardado a que alguno de sus compañeros, que ya me conocen, interceda en mí favor y le diga que no soy un mal chico. Pero pasan los días y nada de nada. Me hace pensar en que somos poco rigurosos con lo que escribimos –incluso los honestos, dicho sin ànimo de ofender-. Tal vez debería rectificar eso de la demos benéfica del mar, pero la miro de nuevo. Se reúne con sus hijas, besazos, se tumba –dulce estar reclinado- y las niñas rebozadas de arena la cubren como una fragancia de crema after sun.
