viernes, 18 de junio de 2010

LAS TEORÍAS SALVAJES


Los lavabos de la facultad de letras siguen siendo de lo más decoroso que uno puede encontrar en materia de urinarios en el centro de Barcelona. Si no fuera por el rancio olor del dialogismo grafiteado en el interior de las puertas, ajeno a toda métrica, uno llegaría a creer que a las humanidades les queda aún una oportunidad postrera. Como cantaban los Smiths, la barbarie empieza en casa.
Ya allí, para apaciguar otro orden de ansias en el estómago, como el ansia de una deuda olvidada, abandoné toda resistencia a la nostalgia. Me zambullí en la luz fluorescente del cubículo soterrado que aquí llaman cafetería -son gente de vocación civilizada-. Con un líquido al que, con refinado gusto por la ironía, denominan “café” –son también de natural austeros-, dos estudiantes de último curso celebran que dedicarán el verano ha quemarse las cejas como lectores editoriales. En fin, por lo visto, en este país, cada uno celebra lo que le da gana. Al menos, se sabrán a salvo de melanomas estivales.
Sin embargo, aunque van armados hasta los dientes con teoría literaria, también son presa de la angustia. Con clarividencia, observan que, al final, su trabajo consistirá en dirimir qué novela es la buena, cuál la mala. Se trata de una tarea bien simple, la mayoría de las veces; las reconocerán por la ausencia de sujetos y por la rosa en el ojal. Los asesinos juveniles intoxicados con Coca-cola ya figuran en la vitrina de fósiles irredentos de la era blogger ¡Cuánta nostalgia de Kerouac y Camus en cada hora frente a la MTV! Estaban mal escritos, no lo desmentiré, pero ¡Cuánta ternura había en ese matar de aburrimiento! Pero de tarde en tarde la cosa se complica, un cuerpo extraño asoma entre la pila de originales. Y entonces, esa tarea al alcance de primates, se vuelve una empresa imposible. Entonces, decidir-se –porque eso se decide más que se discierne- exige aceptar que ves a oscuras, puesto que la sombra de Gide desechando La recherche sigue intimidando al más pintado con la amenaza del ridículo secular e imperecedero. Además, en estos menesteres, todo juicio es interino. Por escasas que sean las luces que a uno alumbran, comprenderá que, una vez cometida la osadía, sólo el tiempo otorga, a los nuevos, la oportunidad de competir, lomo contra lomo, con los viejos. Es el Tiempo quien impide que los últimos se escabullan de jugarse, con aquellos, fortuna y derecho de descansar desde hoy, durante los tiempos venideros y hasta el final de los días, apoyados en sus cubiertas.
Con semejante losa encima, los jóvenes estudiantes siguen conversando acerca del método. El Método es un objeto antipático, pero muy saludable si llega el momento de echarle las culpas a alguien. El Método viene a ser a las ciencias, algo así como el Mercado a los políticos. Yo jamás di con uno, son muy escurridizos –sí, los políticos también, insinúa Alabedra-.

No hace tanto, también tuve que agarrarme a un clavo ardiendo para enfrentar idéntica situación. En los cines Verdi habían proyectado Alta Fidelidad, la película basada en la novela de Nick Hornby. Me gustó. Anagrama había publicado la traducción de su última novela, Cómo ser buenos, y la leí para publicar una reseña. Como llevaba a Barthes por florete y a Faulkner por montera, no me gustó. Con todo, al recordarla ahora a propósito de nuestros dos estudiantes, no me parece un completo desatino.
Mi calvo ardiendo fue Bouvard y Pécuchet. Y es que la novela de Hornby era la crónica de una derrota, y la obra inacabada de Flaubert viene a ser el relato semillero de casi todas las derrotas modernas –digo casi por educación, que no convencimiento-. Al menos de todas las derrotas que empiezan invirtiendo el cuento: “Un hombre y un piso se conocen…”.
Sin duda, esa era la primera condición que debía cumplir cualquier relato que aspirase a la indignidad de ser novela. Hornby la cumplía perfectamente. Es decir, anudaba las derrotas del conocimiento con los fracasos de su panzudo escudero, el cotidiano existir. Evidenciar la colosal banalidad del tiempo que en suerte les correspondió. Un tiempo que liquida toda autoridad a la capacidad de elección porque no hay certezas sobre las que apoyarla. Donde toda elección es a tientas o a capricho porque nada se sabe de la peripecia que habría de conducirnos a la entrepierna de Ginebra, ni disponemos de pista alguna que haga plausible la consecución de una hazaña de la que no se vislumbra ni el carácter ni el perfil. Algo así como un juego de detectives sin ladrón en el que todo el mundo persigue a todo el mundo.
Bouvard y Pécuchet arranca con un encuentro fortuito en el boulevard Bourdon, donde dos copistas de oficina se sientan en el mismo banco y a la misma hora. Reaccionan con perplejidad y regocijo al reconocerse como almas gemelas y juzgan inauditas las coincidencias que les adornan. Tanto más cuando jalean que a ambos se les ocurrió bordar sus nombres en el fondo del sombrero para no confundirlos con el resto de sombreros de la oficina. Pero olvidan que la confusión exige que los sombreros en nada se diferencien del resto, con lo cual no hay motivo alguno que haga excepcional las coincidencias que comparten. Ya nada nos impide pensar en una multitud de copistas recorriendo la ciudad y sentándose, a pares, en la gran francachela de la identidad singular.
La novela de Hornby ofrece una escena análoga. Un matrimonio se cita en un restaurante exótico para intentar una reconciliación después de que ella lo abandonase por las dudas que le acarreó haberse acostado con otro hijo de vecino. Así, la separación obedece al dictado de un intento crítico –tiempo para pensar, cuáles fueron las razones que subyacen a la acción-. Y rápidamente se desliza hacia las dudas acerca de la particularidad de su matrimonio con respecto a las parejas que les rodean, sin hallar otro rasgo distintivo que la salsa escogida para aderezar el curry que comen indistintamente. El chutney de mango es “la etiqueta con el nombre del niño en el chándal del colegio”. Es lo único que evita que, al regresar del aseo, se sienten en una mesa con el cónyuge de un matrimonio completamente distinto, cuya esposa estará en el aseo repasándose los ojos y la consciencia. Como pan y peces, una multiplicación de matrimonios y oficinistas acuden a la retórica del sentido común, al gesto y a la palabra gastada. Instrumentos inválidos para el conocimiento que relegan a los protagonistas de ambas novelas a la condición del paciente copista de un canon ineficiente. Una norma incapaz de oponer resistencia al dictado exterior cuando llega el momento de decidir qué hacer, cómo actuar, cómo ser buenos. Acorralados por la inacción. Angustiados por la fe en un código secreto portador de la verdad de la vida y del que alguna vez pensaron llegar a ser herederos, guardianes o albaceas: la singularidad, esa tierra prometida por la publicidad.
Así que ambas novelas son colecciones de innumerables, aunque vecinas, formas de perder. Pero en Flaubert interesa la antesala de la derrota, que ahí es decir mal, fallar como escolares en el 'dictum' del mundo y con ello empezar la más formidable aventura de la modernidad: desconocer. Para entendernos, si Hornby hace el bosquejo de tipos atónitos, Flaubert afila la navaja con el la hoja de una partitura y escribe el diccionario de los tópicos.

Volvamos a nuestros copistas…perdón, a nuestros estudiantes a la busca de un método. Tal vez, deberían buscar sonoros fracasos, pero sobretodo novelas que incorporen en cada línea la pregunta sobre la solvencia del lenguaje para resarcirse de la pérdida que habita en el recorte de ambición que hay en el sentido compartido de las palabras de la tribu; tal vez, buscar donde el lenguaje desconfíe de si mismo y se extreme y se ensaye y rehuya la tranquilidad de que, tal vez, la cámara cinematográfica sabrá serle cómplice. Esa era mi segunda condición. Y es que les he contado todo esto porque estoy leyendo Las teorías salvajes de Pola Oloxirac, y no sé muy bien aún que hacer con ella. Desde luego, esta portentosa argentina de apenas treinta años, blogger y cultísima, reúne requisitos por doquier. En sus páginas los fracasos no quieren dejar a nadie indemne. Como quien no quiere la cosa, se cobra, como victima primera, la inteligiblilidad. El idioma es sometido a un tercer grado que le da un aire de familia gongorino. La espesura de su lengua teje una textura verbal que de ninguna forma se resolvería en cine. Hasta ahí, la prosodia llega a cotas destacadísimas de poesía sin querer ser poesía. Pero algo me dice que se olvidó de contar, del placer de narrar y ser leído. Algo que con mayor facilidad puede permitirse el verso. Y es que el alejamiento se produce por asfixia, con una fuerza centrífuga de referencias externas al relato que hubieran sonrojado a esos señores que pasean por el claustro y que tienen el mal hábito de dividir las páginas escritas en dos partes, reservando la más amplia para las notas a pie de página. La novela es gongorina y algo más. Aquí no basta con saber de cíclopes, métrica homérica e fonética diacrónica. Añadan filosofía, informática, antropología, costureros a gogó, argot porteño, y revistas de tendencias. Aquí sí se invirtió el cuento, y lo culto y lo elitista se escribe con material de derrumbe adolescente incomprensible para cualquier adolescente.Tal vez olvidé un tercer requisito. Entretanto, Wilder y Hitchcock, se cuentan chistes en la tumba. De todos modos, por si acaso, yo le echaría una ojeada. Al fin y al cabo, Wilder, Faulkner y Flaubert son demasiado para bregar siendo uno solo. Y, obviamente, si otro animal esquivo cae en las manos de nuestros estudiantes, no lo duden, publíquenlo. Qué ya vendrá el Tiempo a enmendarles si acaso fuera necesario.

martes, 1 de junio de 2010

PIJOAPARTE

Estaba, este servidor de ustedes, a la sombra de un eucalipto, sentado en sillín plegable que paseo, bajo el brazo, por todo el pueblo –para escarnio de forasteros e indígenas- hasta llegar a esta rampa donde estriban las pequeñas barcas, a escasos metros del agua. Y no, no llevo sombrero, ni gorra, ni cofia o panamá; no amigos suspicaces, me basta el parapeto del follaje de ese árbol caprichoso y más testarudo que el pino de Costa y Llobera.
No negaré, en cambio, que me fijé en sus tatuajes. Al menos, tanto como envidié el vigor de sus músculos a braza. Tal vez fue eso. O tal vez, la tensión con que los brazos le proyectaron el torso moreno fuera del agua. Y es cierto que maldije tiernamente al ver como se encaramaba a las rocas y, sin apenas transición, se lanzaba de nuevo al agua, en un salto que no pude, en su punto elevado, apreciar bien -me deslumbró el sol, menguante entre sus omóplatos-.
No lo sé, en cualquier caso, no estoy libre de prejuicio.
Nadó más de cien brazas mar adentro, se detuvo un minuto largo, contemplativo ante el poniente, de espaldas al embarcadero donde las chicas y unos amigos se echaban perezosos en las toallas. Volvía de vez en cuando la cabeza, para ver si le miraban y al regresar soltó la perla: “…Joder, tío. Pero tu has visto qué estampa; pero qué bonito, coño, que bonito…” (la puntuación es mía. Espero no haber traicionado el ditirámbico original).
No lo negaré, me fijé en el desperezarse de las niñas ¿Cómo pudieron adormilarse con los auriculares puestos? ¿Cuándo tan alto era el volumen del martilleo rítmico que había hecho imposible, aquella tarde, mi lectura? También vi al más corpulento azorarse ante aquel imprevisto ¿A qué inquietante y desconocida táctica recorre ahora mi amigo?
Todo eso vi, y no niego que pensé en qué país y tiempo infame nos toco vivir. Pensé en un pueblo de cabreros entre dos guerras civiles. Y obviamente me acordé de la basura con que se alimentan esos cuerpos, de los púberes que lamentan los suspensos, pero que nunca conocieron libro alguno; de auténticos idiotas armados con pastillas y coches como carros de combate tal cual de plastilina en la cuneta; de los pechos operados de mi amiga. En fin. Ahí llegó la estética en mi auxilio –sí, fueron los pechos- y me aposté incluso el punto y coma que la verborrea del nadador compartía género literario con “la pegué porque la amaba con todo mi corazón”. Y es cierto, no hay como el cabrero urbano –ese hombre alimentado de uralita- para mezclar, en la misma cementera, lo más cursi con lo más grosero, para ver que el trecho es breve entre el porno sentimental y la hostia a mano abierta.
Entonces, en medio de tanta inflamación, reparé en el dedo índice que había olvidado distraído entre las páginas del Satiricón. Así reza el buen romano:

“-Solías estar más animado en los banquetes; algo te pasa hoy: estás callado, no abres la boca- Nicerote respondió –pase de largo a mi lado todo buen negocio si no llevas tu razón y es cierto que me vuelvo loco de contento de verte tal cual eres. Viva pues la auténtica alegría, aunque tengo cierto miedo que estos intelectuales se rían a cuenta mía; Allá ellos; con todo, voy a contar mi historia; pues ¿Qué me quitan con reírse de mi?”.

Dejé de nuevo el índice de tamborilero sobre las cubiertas y miré. 'Tal cual es', el nadador se abalanza sobre la muchacha huesuda para besarla 'con auténtica alegria', con la misma fiereza con que pijoaparte se abalanzó sobre Teresa, inspirado por un verso que sin duda conoció: Y por la noche, la más bella sonríe al más fiero de los vencedores. Pero la huesuda se aparta, da la espalda. En ese gesto, el nadador entiende el verso -que sin duda no conoció-.
Vaya por delante que no pienso disculparle ni una coma, pero entonces me pregunto si esta noche, ebrio de sangría, se acordará del presidente equilibrista y de la zafia oposición ¿Caerá en la melancolía del recuerdo del cuchitril donde regresará mañana? ¿Lamentará el dispendio en tattoos y abdominales? No le veo hoy frente a la tele, riéndoles las gracias a las folclóricas con chándal.
Efectivamente, los tiempos han cambiado. Poco y a peor. Y ya no se ríe nadie. Ni los intelectuales.