Estaba, este servidor de ustedes, a la sombra de un eucalipto, sentado en sillín plegable que paseo, bajo el brazo, por todo el pueblo –para escarnio de forasteros e indígenas- hasta llegar a esta rampa donde estriban las pequeñas barcas, a escasos metros del agua. Y no, no llevo sombrero, ni gorra, ni cofia o panamá; no amigos suspicaces, me basta el parapeto del follaje de ese árbol caprichoso y más testarudo que el pino de Costa y Llobera.
No negaré, en cambio, que me fijé en sus tatuajes. Al menos, tanto como envidié el vigor de sus músculos a braza. Tal vez fue eso. O tal vez, la tensión con que los brazos le proyectaron el torso moreno fuera del agua. Y es cierto que maldije tiernamente al ver como se encaramaba a las rocas y, sin apenas transición, se lanzaba de nuevo al agua, en un salto que no pude, en su punto elevado, apreciar bien -me deslumbró el sol, menguante entre sus omóplatos-.
No lo sé, en cualquier caso, no estoy libre de prejuicio.
Nadó más de cien brazas mar adentro, se detuvo un minuto largo, contemplativo ante el poniente, de espaldas al embarcadero donde las chicas y unos amigos se echaban perezosos en las toallas. Volvía de vez en cuando la cabeza, para ver si le miraban y al regresar soltó la perla: “…Joder, tío. Pero tu has visto qué estampa; pero qué bonito, coño, que bonito…” (la puntuación es mía. Espero no haber traicionado el ditirámbico original).
No lo negaré, me fijé en el desperezarse de las niñas ¿Cómo pudieron adormilarse con los auriculares puestos? ¿Cuándo tan alto era el volumen del martilleo rítmico que había hecho imposible, aquella tarde, mi lectura? También vi al más corpulento azorarse ante aquel imprevisto ¿A qué inquietante y desconocida táctica recorre ahora mi amigo?
Todo eso vi, y no niego que pensé en qué país y tiempo infame nos toco vivir. Pensé en un pueblo de cabreros entre dos guerras civiles. Y obviamente me acordé de la basura con que se alimentan esos cuerpos, de los púberes que lamentan los suspensos, pero que nunca conocieron libro alguno; de auténticos idiotas armados con pastillas y coches como carros de combate tal cual de plastilina en la cuneta; de los pechos operados de mi amiga. En fin. Ahí llegó la estética en mi auxilio –sí, fueron los pechos- y me aposté incluso el punto y coma que la verborrea del nadador compartía género literario con “la pegué porque la amaba con todo mi corazón”. Y es cierto, no hay como el cabrero urbano –ese hombre alimentado de uralita- para mezclar, en la misma cementera, lo más cursi con lo más grosero, para ver que el trecho es breve entre el porno sentimental y la hostia a mano abierta.
Entonces, en medio de tanta inflamación, reparé en el dedo índice que había olvidado distraído entre las páginas del Satiricón. Así reza el buen romano:
“-Solías estar más animado en los banquetes; algo te pasa hoy: estás callado, no abres la boca- Nicerote respondió –pase de largo a mi lado todo buen negocio si no llevas tu razón y es cierto que me vuelvo loco de contento de verte tal cual eres. Viva pues la auténtica alegría, aunque tengo cierto miedo que estos intelectuales se rían a cuenta mía; Allá ellos; con todo, voy a contar mi historia; pues ¿Qué me quitan con reírse de mi?”.
Dejé de nuevo el índice de tamborilero sobre las cubiertas y miré. 'Tal cual es', el nadador se abalanza sobre la muchacha huesuda para besarla 'con auténtica alegria', con la misma fiereza con que pijoaparte se abalanzó sobre Teresa, inspirado por un verso que sin duda conoció: Y por la noche, la más bella sonríe al más fiero de los vencedores. Pero la huesuda se aparta, da la espalda. En ese gesto, el nadador entiende el verso -que sin duda no conoció-.
Vaya por delante que no pienso disculparle ni una coma, pero entonces me pregunto si esta noche, ebrio de sangría, se acordará del presidente equilibrista y de la zafia oposición ¿Caerá en la melancolía del recuerdo del cuchitril donde regresará mañana? ¿Lamentará el dispendio en tattoos y abdominales? No le veo hoy frente a la tele, riéndoles las gracias a las folclóricas con chándal.
Efectivamente, los tiempos han cambiado. Poco y a peor. Y ya no se ríe nadie. Ni los intelectuales.
martes, 1 de junio de 2010
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