sábado, 8 de octubre de 2011

EL HOMBRE SIN ATRIBUTOS (o de la política)

Pocas cosas han tenido tanto valor en estos últimos meses como los fantasmas desaliñados de los indignados que recorren las calles si no de Europa, de Madrid y Barcelona, tal vez Nueva York. Y es bien cierto que, hijos -con ira et sine studio- del rock, la televisión y la minifalda del 68, avanzan como equilibristas por un hilo de pescar sin saber si caerán del lado de la política o del relativismo salvaje. En el peor de los casos, al negar la política, se habla de ella, algo a lo que ya no estábamos acostumbrados, más aún cuando en nuestras comunidades hemos hecho todo lo posible para orillar la presencia de los muertos de nuestro día a día. Pero al pisar la calle para algo que no sea un botellón -o un atracón de paella-, contradicen el natural comportamiento que se espera de los ciudadanos según la visión hegemónica del mundo que nos hemos dado en occidente. Nuestras democracias de masas -construidas sobre la base del mito del Progreso y del Igualitarismo- suelen más bien resolver el conflicto de la divergencia con el imaginario del multiculturalismo. Y es bien cierto que el multiculturalismo es la metáfora que más concisamente nos define. Pero no -o no tanto- en el multiculturalismo que imaginamos colorido de negros, blancos y mestizos, entre musulmanes, católicos y ateos, que en toda forma de combinación pizpireta se mezclan con dipsómanos, abstemios, partidarios de Hermes o del pantalón pitillo. Este no, sino ese que hace coincidir con gran francachela cósmica, y en un mismo planeta, a los Steiners con las Esteban y con los Albiol. Con estos y con el noventa por ciento de la humanidad que prefiere a los segundos, ya sea como tema de conversación en los momentos de asueto o como papeleta escogida llegado el caso de acudir a las urnas ¡Eso si es diversidad! De modo que si en democracia hay que hablar de política y de crisis, habrá que hablar de estos. Porque hay una ética irremediablemente ambigua en la esperanza ilustrada que se arroga la presunción de que el ser humano escogerá la verdad, la bondad y la belleza, si se le ofrecen las condiciones favorables; una ética que no es otra que el cimiento fundamental del pensamiento sobre la viabilidad de la democracia y su justificación primera. Porque es de ahí de donde nace la única objeción que se le puede hacer a la sentencia, recurrente en estos días, de que nuestra crisis es simplemente que la economía y los intangibles mercados le han ganado la batalla a la política. De hecho, sorprende que a alguien le quede alguna duda. Pero el argumento, con ser cierto, comete pecado de omisión. Si hemos vivido -y seguimos en ello- bajo el totalitarismo de la indiferencia que ha finiquitado la política, es por el triunfo del neoliberalismo cultural que se construye sobre la negación de la verdad, ese pez escurridizo que obsesionó a Kant y de cuya captura -o del arrojo empleado en el intento- debiera depender nuestro acceso a la sociedad de los mayores. Tal cuál como sacarse el carnet de conducir, ganarse el reconocimiento entre los cazadores del poblado o votar –al menos cada cuatro años. Mi amigo J. opina que, en este sentido, alguna presa deberíamos exigir a ese 30% de púberes de barba recia que no le dan al título de la ESO ni con escopeta de doble mirilla -también llamada escuela inclusiva.
De varias generalidades nos habla nuestra crisis. Para empezar está el egoísmo perezoso. Luego, y en mayor medida, nos advierte sobre la disolución de los conceptos de verdad, valor y cultura -no lo duden, nuestro país odia la cultura, por no decir que aborrece hasta la violencia cualquier cosa que huela a intelectual. Y al final, hace evidente la subversión de la premisa igualitaria "un hombre, un voto" por "cualquier hombre, cualquier voto". Cuando de las tres nace la Indiferencia que todo lo puede, vence quién luce mejor músculo, porque nadie le ofrece resistencia. Porque los mercados serán neutrales, pero no indiferentes; casi anónimos, pero no desinteresados ni inconscientes, en absoluto carentes de apetitos. Por un lado, la nuestra es una crisis de delegación, "¿para eso les pagamos sueldos vitalicios y estratosféricos?, proclama lo que queda del Pueblo. Por el otro, la erótica de las piscinas que tan bien expresan las imagenes de mis imputados favoritos: Camps y Alabedra.
Dos ausencias políticas explican nuestra crisis. Dos ausencias que han dejado a la política "eterizada sobre el cielo", lista para ser embalsamada. La primera corresponde al ciudadano que, un viernes de invierno de hace un año, maldecía a los políticos en el bar de la estación y en la tele aparecía un portavoz asegurando que contra la crisis no cabían sino medidas sociales. Corresponde a ese mismo ciudadano que, en un lunes de invierno de hace un año maldecía a los políticos, mientras en la tele un portavoz anunciaba un plan de austeridad. La segunda ausencia es la de la izquierda política, desaparecida desde hace más de un lustro de toda plaza de poder en Europa. Salvo en España, lo cual es broma, los partidos socialdemócratas no están en los gobiernos, ni se les oye, ni se les espera. Todo discurso político que hayamos podido escuchar pertenece a la voz hegemónica de los conservadores, o mucho más exacto, a los neoliberales -prácticamente lo contrario al liberalismo del que dicen ser albaceas o herederos-. Es decir, una voz que pertenece al ámbito del silencio -algo evidente cuando quien habla es Rajoy-. Palabrería que pertenece al Silencio mucho más que al discurso y a la crítica. Y es así porque el único liberalismo que conocen pertenece a lo económico, pero jamás al pensamiento. Esa es la única visión o representación del mundo que nos ofrecen. Única y cercenada visión de lo humano. Silencio porque su propuesta política es abolir definitivamente la política. La política desaparece en manos de la común indiferencia y de la propia política que en manos del partido liberal europeo sólo requiere del Estado para presumir de semáforos, Aves o reparto de bulas cuando recetan ayunos. Un harakiri colectivo y ritual que no devolverá ningún honor a lo que nunca debió ser oficio, porque siempre fue una dignidad moral y un atributo consustancial al ser humano. Después de la caída del muro de Berlín sólo un elemento puede permitirnos distinguir entre izquierdas y derechas: la apuesta por la supervivencia de la política; Europa será Política o no será. Al fin y al cabo, les aseguro que en China saben aún más de liberalizar mercados y encoger derechos.
Me pregunto acerca del tipo que en el bar maldecía ¿No es acaso demasiado miserablemente ingenuo protestar contra los muertos? Pero contra todo pronóstico, los indignados tendrán y podrán decidir. Basta con que sean muchos y luego sólo nos quedará esperar a ver si, como dice el último gestor cultural que ha llegado a la oficina, es verdad que tenemos la tele que nos merecemos. Y quién dice tele dice trigo, o circo, o lo qué fuera menester.

sábado, 1 de octubre de 2011

EL MAPA Y EL TERRITORIO

Casi como en un anunció televisivo de humeante chocolate a la taza, uno acaba el día razonablemente satisfecho. Incluso bastante satisfecho. Acaba las últimas páginas de una buena novela –incluso una muy buena novela. Leída en un tiempo prudencial, la contracubierta en el regazo le observa e indica que septiembre ha ido bien. El estudio está ordenado, más lecturas de las previstas y las horas de trabajo han sido fructíferas, le han reportado, incluso, algún obsequio inesperado. Y ella sigue ahí. No voy a hablar de ella, pero sería una omisión grave no mencionarla al menos. Y aun que es cierto que los mercados siguen con su aburrido, estúpido e inmoral chantaje, y una pinchazo en el muslo como una descarga eléctrica me recuerda los dolores del pasado invierno y anuncia los que vendrán, el día acaba bien. Incluso ese calambre agorero parece hoy nada más que una advertencia senequista, “escasa es la porción de vida que la mayoría de los hombres viven”, la única que habrá de conducirnos con cierta lucidez a las cuentas finalmente rendidas. Y yo llevo casi veinte días cumpliendo con las amables exigencias que me insufló el agosto reposado y optimista. De uno en uno se presentan los días, y abandono Houellebecq con apenas un inapreciable calor que sospecho nació de la victoria ligera en esos días, de uno en uno. Y entonces, de nuevo, la pregunta que en agosto casi no me incomodaba, ni sentí apenas mía y que ahora me interpela sin que sepa qué tendrá que ver conmigo para producirme malestar. Lo que debiera ser nada más que una preocupación intelectual o, en todo caso, una llamada a la acción se transforma, repentinamente y tal vez sólo porque la noche avanza, en un embargo de desolación que se disgrega y esparce como si quisiera engullir el mundo entero tal que niebla, hasta el confín más indiferente del paisaje. Y no han sido los adolescentes que bajo mi balcón desconocen casi todo, pero gritan como si en alta mar les azotará la tormenta y de la voz de alerta debiera volar un cable salvador, cuando ya la noche ha caído, y es otoño, y lo demás es silencio. Y gritan porqué saben desconocer que no parece haber nada más ni alternativa al pulso entre el oscurantismo religioso y el relativismo campeón que nos empujan a la borrachera o a la genuflexión. O a ambas. Ahí el uno con su persistente testarudez en negar al individuo. El otro, un himno al individualismo gratuito, ridículo y grotesco. Este es el edificante espectáculo de las democracias de masas con que nos hemos regalado. Dos caras de la misma indiferencia diferida y conquistada por delegación. En el altar mayor de Esade suelen olvidar que en la cultura del esfuerzo casi todo esfuerzo es entender y que en sus sociedades del conocimiento lo importante es olvidar. Luego está un elegante cinismo, pura resignación de viejos que creieron emanziparse en días lejanos de brumas atávicas. Y cuando ya todo se calma; cuando acaba el baile y termina la verbena de final de verano en el vecino "Casal d'avis", y en la acera los jovenes apuran el trago gravado a un 10% addicional para financiar la sanidad inimaginable de los primeros, entonces, Houellebecq remata: “El triunfo de la vegetación es absoluto”.