sábado, 1 de octubre de 2011
EL MAPA Y EL TERRITORIO
Casi como en un anunció televisivo de humeante chocolate a la taza, uno acaba el día razonablemente satisfecho. Incluso bastante satisfecho. Acaba las últimas páginas de una buena novela –incluso una muy buena novela. Leída en un tiempo prudencial, la contracubierta en el regazo le observa e indica que septiembre ha ido bien. El estudio está ordenado, más lecturas de las previstas y las horas de trabajo han sido fructíferas, le han reportado, incluso, algún obsequio inesperado. Y ella sigue ahí. No voy a hablar de ella, pero sería una omisión grave no mencionarla al menos. Y aun que es cierto que los mercados siguen con su aburrido, estúpido e inmoral chantaje, y una pinchazo en el muslo como una descarga eléctrica me recuerda los dolores del pasado invierno y anuncia los que vendrán, el día acaba bien. Incluso ese calambre agorero parece hoy nada más que una advertencia senequista, “escasa es la porción de vida que la mayoría de los hombres viven”, la única que habrá de conducirnos con cierta lucidez a las cuentas finalmente rendidas. Y yo llevo casi veinte días cumpliendo con las amables exigencias que me insufló el agosto reposado y optimista. De uno en uno se presentan los días, y abandono Houellebecq con apenas un inapreciable calor que sospecho nació de la victoria ligera en esos días, de uno en uno. Y entonces, de nuevo, la pregunta que en agosto casi no me incomodaba, ni sentí apenas mía y que ahora me interpela sin que sepa qué tendrá que ver conmigo para producirme malestar. Lo que debiera ser nada más que una preocupación intelectual o, en todo caso, una llamada a la acción se transforma, repentinamente y tal vez sólo porque la noche avanza, en un embargo de desolación que se disgrega y esparce como si quisiera engullir el mundo entero tal que niebla, hasta el confín más indiferente del paisaje. Y no han sido los adolescentes que bajo mi balcón desconocen casi todo, pero gritan como si en alta mar les azotará la tormenta y de la voz de alerta debiera volar un cable salvador, cuando ya la noche ha caído, y es otoño, y lo demás es silencio. Y gritan porqué saben desconocer que no parece haber nada más ni alternativa al pulso entre el oscurantismo religioso y el relativismo campeón que nos empujan a la borrachera o a la genuflexión. O a ambas. Ahí el uno con su persistente testarudez en negar al individuo. El otro, un himno al individualismo gratuito, ridículo y grotesco. Este es el edificante espectáculo de las democracias de masas con que nos hemos regalado. Dos caras de la misma indiferencia diferida y conquistada por delegación. En el altar mayor de Esade suelen olvidar que en la cultura del esfuerzo casi todo esfuerzo es entender y que en sus sociedades del conocimiento lo importante es olvidar. Luego está un elegante cinismo, pura resignación de viejos que creieron emanziparse en días lejanos de brumas atávicas. Y cuando ya todo se calma; cuando acaba el baile y termina la verbena de final de verano en el vecino "Casal d'avis", y en la acera los jovenes apuran el trago gravado a un 10% addicional para financiar la sanidad inimaginable de los primeros, entonces, Houellebecq remata: “El triunfo de la vegetación es absoluto”.