jueves, 19 de noviembre de 2015

JOYAS

   Dice mi amigo -que es un tipo que todo lo sabe- que a partir de cierta edad es del todo improbable que uno deje de ser como ha venido siendo; que es prácticamente imposible dejar de ser quien es. Siempre según él, del más inveterado al más candoroso psicoanalista sabe -y esconde- que, aún y haber cosechado un más que improbable éxito tras revolverse por los más profundos pastizales en la catacumbas de la consciencia y haber hundido la mano en sus hediondos lodazales, la industria habrá sido vana.
   Aún y aceptando la sospechosa posibilidad de haber extraído, y después limpiado, alguna piedra preciosa del filón oculto, difícilmente nos procurará sosiego, pero menos aún acarreará transformación alguna. Son demasiado exigentes los menesteres de los días repetidos para aprender a ser otro, iluminados por la verdad de esa joya que ha venido siendo nuestra piedra en el zapato hasta el día de hoy. Las piedras suelen querer siendo iguales a sí mismas, como bien sabe mi amigo.

miércoles, 29 de julio de 2015

Desiertos agostados.

Hoy es martes. Hoy, finalmente se produce un acontecimiento. Se juntan cerca de una docena de personas en el recodo que aparece al bajar una breve escalitana entre dos muros encalados de casetas en la Isleta del Moro. Llega una barquita hasta tocar un rellano de cemento que sirve de embarcadero a las escasisimas embarcaciones de pescadores de la población.
Dejan al sol un par de cestas de lona oscura, y dentro brillan las escamas de los jureles, algún pargo y un gallo de san pedro. Los salmonetes rojizos se asemejan al color de las lomas acantiladas que se lanzan al mar. Se precipitan al agua sedientas. En el embarcadero se forma un efímero mercadillo.