Dice mi amigo -que es un tipo que todo lo sabe- que a partir de cierta edad es del todo improbable que uno deje de ser como ha venido siendo; que es prácticamente imposible dejar de ser quien es. Siempre según él, del más inveterado al más candoroso psicoanalista sabe -y esconde- que, aún y haber cosechado un más que improbable éxito tras revolverse por los más profundos pastizales en la catacumbas de la consciencia y haber hundido la mano en sus hediondos lodazales, la industria habrá sido vana.
Aún y aceptando la sospechosa posibilidad de haber extraído, y después limpiado, alguna piedra preciosa del filón oculto, difícilmente nos procurará sosiego, pero menos aún acarreará transformación alguna. Son demasiado exigentes los menesteres de los días repetidos para aprender a ser otro, iluminados por la verdad de esa joya que ha venido siendo nuestra piedra en el zapato hasta el día de hoy. Las piedras suelen querer siendo iguales a sí mismas, como bien sabe mi amigo.