sábado, 29 de diciembre de 2012

NAVIDAD


Dios existe, como bien sabrán si en alguna ocasión han entrado en un museo, han hecho cola entre turistas y palomas en la Piazza San Marco; si se han casado o han asistido al bautizo del bebé de algún pariente ni siquiera cercano. Ningún otro monumento humano ha levantado tantas piedras, ni ha hecho correr la misma sangre. Mis amigos con hijos han recogido musgo y recortado estrellas de papel de envolver. Seguimos leyendo novelas porque aprendimos que los libros son sagrados y de alguna manera encierran verdad. Verdad que, de tanto en tanto, revelan o más bien insinúan. De dónde procede esa experiencia, a menudo libresca, de habernos acostado arropados por la ingenua intuición de haber comprendido algo -una brecha tal vez de entendimiento- y despertar en la evidencia de la futilidad, del infatigable resbaladez con que colean las respuestas del ser. La crítica es un invento rabínico y paleocristiano.
No se puede entender fenómeno cultural alguno desde el escritor de la Biblia hebrea hasta Houellebecq sin conocer el implacable dominio de lo religioso en la historia de las mentalidades y sus infinitas variaciones representativas. Resulta incluso improbable explicar, con vocación lógica, el trazo precario y a dedo del perfil de un caballo en la profunda oscuridad de las grutas de Gargas o Altamira sin acudir a la dimensión religiosa que contiene la vocación humana.
Dios, sus apócrifos y sus comentaristas son el fenómeno universal que habita en lo más profundo de lo que compartimos todos aquellos que pertenecemos a la especie. No hay civilización, por muy exiguas o opulentas que sean sus condiciones, que no haya alumbrado la idea y haya renunciado a su dimensión transcendente. Si Dios no existe, ya me dirán qué merece ser nombrado como tal -como existente- en este mundo que es todo fluir, todo mudar, perecer. Incluso en la nuestra, con su inflamable individualismo, el memento mori acuclilla individuos escolarizados en los gimnasios y en los aparadores iluminados de Hermes. Sin dioses no hay pertenencia, no poseemos identidad. Los ídolos no se negocian. Y yo ni tan siquiera les revelaré los míos. Tal es el celo del aprecio que les tengo.  

Y con todo, es probable que estemos ante un cambio de Era. El transmutar de un mundo a otro casi en nada parecido, aunque sea herencia del primero. Tengo para mí que cerramos ciclo de no menos de tres siglos y no creo siquiera que estemos en condiciones de vislumbrar por el cerrojo de la puerta los perfiles del que vendrá. Me atrevo a afirmar que el sueño de los humanistas que concretó la Ilustración acabó en la Edad de la Indiferencia -el último giro de la historia de los buenos copistas, Bouvard y Pécuchet- es, ahora, solo ruinas tras las alas del Ángel de la escolarización universal.  La humanidad ya lee y sigue sin ver. No veo en la fe que el pedagogo deposita en los soportes informáticos el umbral de un nuevo mundo; solo fastos fúnebres y liquidación de la última observancia ritual. Un mundo de dioses minúsculos, a escala de los destinos del egoísmo y en que las redes sociales se me antojan capítulo postrero o epílogo del "Diccionario de los tópicos" del buen Flaubert, prescriptor de nuestra modernidad.  Observo la euforia en las tiendas de Apple del planeta, veo acumularse ensayos sobre la interfaz digital, pero percibo estos fenómenos como máscaras sobre tristes esperanzas en lo que ya certificó su fracaso. No son el alumbramiento de un nuevo hombre, sino la última paródia del Ángel del progreso. Fe para olvidadizos. Un trasunto más de la modernidad en la postmodernidad.
Desconozco si mañana lo religioso persistirá y de qué manera. Solo lo sospecho. Nuestra época ha visto languidecer las catedrales de occidente. Pero sospecho, a la sombra del fracaso Rosseau, que no ha sido agnosticismo, solo amnesia. En nuestro mundo de liquidación, en todo caso, se experimenta como si los dioses principales  andarán en acaballas, en paciente y secular espera de la defunción de los escasos feligreses ya mayores. Pero siguen coleando, y a la barbarie de la incultura suele seguirle el temor. Por si acaso, me gustará asistir al desenlace; perderse esos estertores no es digno de un hombre con un mínimo proyecto de cultura. Creo que me pasaré por la iglesia de la esquina. Natividad, renacimento; no me digan que no es como para echarse a llorar. El más grande relato jamás contado. El mío es un agnosticimo concienzudo.

 

lunes, 24 de diciembre de 2012

TOT ESTÀ CLAR


Avui Mario Draghi diu que alguna cosa ha canviat als països del sud, als territoris de la disbauxa permanent. Assegura que cal observar símptomes que indiquen que la situació vira cap a una sensible milloria. D'aquesta manera, amb italiana finesa, s'apunta a justificar els programes de desmantellament de la socialdemocràcia per part del Partit Popular europeu a España, Itàlia i Grècia. El dolor ocasionat per l'austeritat és col·lateral i necessari. També una purga, penitència, expiació. La terminologia teològica resulta pertinent ara que la infal·libilitat dels Mercats assoleix la categoria de religió a escala planetària. Són inefables i hermètics, alhora que incontestables. L'hegemonia del discurs és, a hores d'ara, total. Contra qualsevol indicador -atur, pobresa, protesta i fractura social- Draghi s'afegeix veladament a la idea que la direcció és la correcta i, consegüentment, justa.
Resulten especialment significatives les dues dades que assenyala per argumentar, contra pronòstic, l'optimisme del Banc Central: les exportacions augmenten i s'ha millorat la competitivitat. Tot assenyalant-les, aixeca el vel de Maya per mostrar-nos quins plans té la Troika per a Europa. Potser caldria agrair a Draghi que s'hagi expressat amb tanta claredat. Per acabar d'afinar i ajustar-se a la veritat, tant sols manca algun detall. Però gens irrellevant. Això és que aquests dos índex no haurien de considerar-se de manera aïllada. Les comes, les conjuncions i les elisions són vitals. Draghi ha obviat els silencis i els connectors que articulen els arguments del pensament. És aleshores que es revelen les intencions: que és la rebaixa dels costos de producció -obtinguda amb la precarització del treball i l'augment de la desocupació- el que millora la competitivitat. Al seu temps, aquesta s'afavoreix l'augment de les exportacions. Y les exportacions, en les quals tot ho confiem, constitueixen el nus gordià del programa mai dissenyat. La conseqüència implícita no pot ser altra que la renúncia -ara explícita- al mercat intern, atès que de consumidors n'hi pot haver a qualsevol altra banda.
Mai fins ara un dirigent europeu ho havia dit tan clar. El preu que cal pagar per recuperar l'economia general i obtenir un PIB més amable és, paradoxalment, la misèria i l'increment de la desigualtat interna. Girem la mirada cap a l'Àsia amb un doble objectiu: trobar els compradors que aquí ja falten i aprendre del seu model estructural. La primera corrent de pensament sociopolític que genuïnament pertany al s.XXI: Democràcia i Mercat no estan irreversiblement units. Així, és clar, ja no cal l'artefacte ideològic que més eficaçment ha garantit l'extensió del benestar fins el moment: les classes mitjanes. En el mateix concepte hi habita la virtut de la redistribució. A Occident, la disminució de la desigualtat ha estat sinòmin d'estabilitat i de pau social durant el darrer terç allargassat del segle vintè. Després de l'enfondrament, en les dues guerres grans, dels anys pacífics de l'aburriment i la seguretat de Zweig, Europa va construir d'entre les runes l'estabilitat socialdemócrata. Mai ha tingut bona premsa. Sempre sospitosa d'ensopiment. En tot cas, perfectible. De l'hemisferi animal, territorial, conservador, desenes de milers de vots per a Reagan, Thatcher, Aznar aquí. I avui, una caricatura del liberalisme recorre Europa, i diu quelcom sinistre; alguna burla com que la competitivitat del país serà a costa de la competitivitat del país. Botiguers del món, alceu-vos!

sábado, 14 de julio de 2012

CRISIS ECONÓMICA, LA DESERCIÓN.

 

Rajoy es aplaudido en el Congreso de los diputados. Acaba de decirnos que los Mercados son soberandos y que nada se puede hacer. No hay lugar para la política. Y sus correligionarios le aplauden la valentía. Pero no se me ocurre actitud más opuesta a la audacia y al coraje que la que exhibe el Presidente que la de negar la validez o utilidad de su oficio. Desfachatez, ese es el término que merece la inacción de Rajoy y sus secuaces ministeriales. Lo es cuando cruza los límites de lo admisible en un gobernante, opta por ver desde la barrera, salvaguarda parcelas de poder inútil más allá de dar satisfacción a la red clientelar y condena a los sectores mayoritarios de la sociedad a una vida indigna.
He leído a Ramoneda, me apuntó al tiro y añado: la función principal que da sentido al responsable político no es otra que trabajar en la defensa de las condiciones sociales necesarias para que sea posible una vida digna, en igualdad y alejada del fantasma de la exclusión y la humillación. El que niega su libertad para actuar de acuerdo con estos principios ostenta un poder ilegítimo y debería retirarse inmediatamente. "Los españoles no podemos elegir si hacemos sacrificios. No tenemos esa libertad". Eludir el propio programa electoral se ha convertido en costumbre para el gobierno. Amparados en el fatalismo del dictum europeo y los mercados, lo juzgan "inevitable". Aceptemos que así lo creen. En su reconocimiento habita el sinsentido y no tienen otra salida que retirar-se después de una educada y discreta disculpa. Cualquier otra alternativa es fraudulenta si es que queda algún recodo de credibilidad en las instituciones democráticas. Desde el s. XVIII, la democracias liberales se han construido y mantenido sustentadas en el ideario de la filosofía política de Locke, Rosseau o Jefferson, según la cual "las sociedades se mantienen unidas gracias al contrato social que une a gobernantes y gobernados, y que, en caso de abuso de poder o deserción, el pueblo tiene derecho a la revuelta". Aunque aquí la deserción es contumaz y vivimos tiempos de reculada, no parece que nada hayan entendido, ni quieran entender. Como consecuencia, nuestro "pacto social" está al borde del colapso.

Desfachatez porque gobiernan quienes renuncian a la gobernación. ¿O acaso nos hemos vuelto locos? ¿Cómo si no se explican los recortes y la presión fiscal sobre las economías medias y domésticas que, como auguran los editoriales ultra liberales de la prensa Norteamericana, redundarán en el caída del consumo y nos llevan a una quiebra sin remisión? Sin duda, el Alto Madrid ha trazado su estrategia de disimulo, y según su gloriosa ineptitud, pagaremos un elevado precio por nuestra competitividad. Cuando el PIB vuelva a subir, será a costa de la miseria interna y de la depreciación del trabajo. Lo que conocimos como trabajo basura se quedará en triste eufemismo. Este es el plan jamás trazado. Ya he oído en varios medios que el trabajo dejo de ser derecho para mudar en fortuna.

Pero las bondades de la insolencia se recrudecen en boca de este Ejecutivo deshilachado y aún bravucón de alta escuela valenciana. No contentos con la condena a la miseria, se parapetan en el ataque, invocan el miedo y criminalizan a los parados. En la que sea tal vez el ejercicio de obscenidad más repugnante de los últimos treinta años, ponen bajo el foco del sospecha a los ciudadanos más débiles. Lo hacen esos que han dilapidado veinte años de ayudas europeas que no se emplearon en la creación de un tejido productivo que hoy pueda ofrecer trabajo, sino en trenes de absurdo trazado, red financiera clientelar, infraestructuras improductivas y fiestas a gogó. Todo aliñado con la inspirada "Ley de Suelo" de Rato y Aznar, porque Dios proveerá y ancha es Castilla. Es probable que en los sesenta tuviéramos poco más que yeso, playa y sol. Pero desde 1985, el Estado ha recibido 120.000 millones de euros de ayudas al desarrollo. Como sugiere Juliana, al final Marshall pasó por aquí hasta tres veces.  Esos son los responsables directos de la particularidad de la crisis española. A frenar tal dispendio ya llegamos tarde y recibiremos acuso de recibo durante al menos las próximas tres décadas. En este sentido, lo único inevitable es hacerse alguna pregunta a propósito de la democracia de masas que perpetúa a los Fabra, ratifica a Camps, vitorea a Mourinho, honoró a Millet o sufre con Pantoja. Sólo son ejemplos.

Por lo tanto, ya sabemos lo que viene y que nos gobiernan ineptos y corruptos. Sin embargo, hay algún signo de esperanza. Dicen las encuestas que me desayuno que el 15-M va sumando simpatías y que casi un 80 % de la población se identifica ya con ellos. Me da a mí que este es un caudal que no debiera malbaratarse. Ya sé que se deslizan por la tentación de la apolítica, entreverados en la paradoja de que solo hay una salida política cuando ha sido, en gran medida, la política la responsable del desmán. Pero el entuerto se deshace si se atiende al hecho que más que la política ha sido su ausencia, que por costumbre humana y tal cual hace el bolero, con el mismo sustantivo hemos nombrado. En cualquier caso, la sensibilización se ha realizado y la oportunidad es singular.  Tal vez, el modelo intersticio esté en las consultas populares soberanistas que se realizaron en Catalunya. No me digan que ahora el único lobby legítimo de la democracia no coincidiría en tres o cuantro puntos de exigencia. Además, insinuaré a los escépticos que no es lo mismo un programa que la ciudadanía haya condicionado que el papel mojado que no leen más que los jefes de campaña. Al fin y al cabo, si a algo temen además de a los mercados, es a la tiranía demoscópica. Sean escépticos, somos gobernados a golpe de sondeo. Por eso y aunque la miseria nos espera, quizás pueda ser, al menos, más digna y libre de desfachatez que lo que se nos ofrece. Por si acaso ahí van mis sugerencias: lucha contra el fraude fiscal (el 75% de los impuestos evadidos corresponde a las grandes fortunas), ley de transparencia (anticorrupción), ley de partidos democratizados en sus mecanismos internos (renovación moral de la política y freno a la partidocracia e intereses creados), depuración judicial de responsabilidades y, sobre todo, la norma más elemental de la economía redistributiva que se conoce como "balanced budget multiplier" que en austero significa que más paga quien más tiene, no por capricho sino por liberal sensatez. Cuando se grava a quien menos tiene, decae el consumo; cuando se grava a los más ricos, sólo disminuye su ahorro. Fácil, fácil. Ahora ya saben porque siguen ahí.  Aúnque me consta que ya estaban enterados. Pues eso, que a esos ni un rasguño, señora.

miércoles, 4 de enero de 2012

CRISIS FINANCIERA, UN UMBRAL (1ra parte)

De regreso a casa, y desde mi enigmática mirada daltónica, quería hablarles de los improbables colores de los campos en el horizonte del retrovisor. La comida ha terminado tarde y ya oscurece, pero pude aún observar como se helaba la tarde en las estalactitas transparentes que colgaban de unas mesas intempestivas en el exterior del restaurante, un lugar escondido bajo las montañas de Bellmunt. La carretera está vacía a esas horas de nadie. Esa hora precisa en la que uno advierte que debería ir al optometrista porque aunque lee todavía sin demasiado esfuerzo, los ojos se rinden al intentar fijar límites precisos a los contornos de los rostros que pasean alrededor. La tierra de los breves cultivos ennegrece, pero aguarda un último refulgir de luz cobriza que les otorga una apariencia metálica y que convierte en un misterio la flor que los árboles grisáceos volverán a dar. En este paisaje navideño no hay nieve, pero si hay niebla. Una niebla alta que libera los perfiles de las ondulaciones del llano y lo corta con precisión horizontal como si alguien hubiera bajado una cortina blanca.
Sobre esto pensaba hablarles mientras conducía y advertía ya un aviso de algo triste que sé que hay en los medidos amaneramientos con los que conversaremos sobre vinos y gastronomía, sobre la educación de los críos -aún muy pequeños los de casi todos y los de algunos aún por venir o en vía de llegar muy pronto-. No es una tristeza trágica, porque no hay tensión, ni lucha encarnizada, ni gesto barroco en nuestra época que no tiene potencias divinas a las que enfrentarse. Al menos para nosotros que vivimos privados de Naturaleza y sentido de lo Sagrado. Para nosotros no.

Mi generación está en mitad de la treintena. La mayoría abandonamos la edad de los estudios y los trabajos pendencieros tras las barras de los bares, la simpatía con que nos sacábamos unas perras al cuidado de los sobrinos menores, las horas de lectura de alquiler para oscuras editoriales de renombre y las colocaciones veraniegas en las que se confundían trabajo y ocio, noche y día y celebración -mucho más agotadora en el recuerdo de lo que nunca fue-. Lo dejamos atrás, pero casi ninguno lo hizo para tomar el mando. Jamás hemos sitiado plaza alguna y los puestos de vanguardia aún no nos pertenecen. En algunas noches lúcidas, en las que hablaremos de vino, niños y de crisis económica, alguno observará que eso ya no habrá de ocurrir. Ahora no reuniremos y el abrazo, no lo duden será calido. Pero no alegre. A Juan le han dicho que le despedirán en pocos meses. Ana está en situación parecida, aunque que le ha costado horrores hacerse un hueco en su agenda de trabajo para estar hoy aquí. Desconoce los domingos. Y yo añoro con disimulado desconsuelo la manera displicente que tenía Mar de dejar caer las sandalias en el suelo y recogerse con los brazos las rodillas cruzadas sobre la silla de la terraza en la que nos sentábamos. No serán nuestros los puestos de vanguardia porque ya no basta con la lógica de la demografía y la inefable certeza del relevo generacional como el devenir mismo de las estaciones. La herencia que primero se retrasó, ahora se nos representa vacía, pueril –o senil- como un arma cargada de nostalgia. El poder y el sueño de transformación están en otro lugar. Ni en las aulas, ni en las fábricas; tampoco en los escaños, ni en la empresa. Nuestra identidad es espuria e incompleta. Y toda identidad es una invención contra la incertidumbre. Mar se sirve una copa y asegura que el heroísmo se halla en los detalles más banales: levantarse con dolor de espalda y llevar a los hijos al pediatra, ayudarles con los deberes y en hacer cena decente. Es una lucha cuerpo a cuerpo, sin apenas armadura, en una historia animal que no desdeña el drama ni la evidencia de los amores y los odios en el espejo de la muerte que los hijos imponen, cuando todo va bien, a nuestra mirada. Más pronto que tarde se alzarán para proclamar que eso que los cuento es sólo que nos hacemos mayores. Pero yo no estoy de acuerdo. Algo está ocurriendo que nos despoja de lo que debería ser responsabilidad nuestra. Desconocemos casi todo de la ley que nos gobierna y nos constriñe. La Naturaleza vuelve a presentarse como la manifestación de lo Sagrado. Las vidas son un misterio como una maleza impenetrable en la que se revela la Voluntad ajena y nos agachamos asustados, copa de vino en mano. Demasiado asustados por lo desconocido para pavonearnos por este escenario en los actos que creíamos tener asignados para, por lo menos, fracasar sonoramente.

CRISIS FINANCIERA, TEOLOGÍA (2nda parte)

Cada vez que oigo hablar de mercados financieros, me doy cuenta de que entramos en otra edad de la superstición. Especialistas en economía leen signos esotéricos e interpretan oráculos en las encuestas y estadísticas, en los índices demográficos, en siglas del todo impermeables al buen juicio y en los productos bursátiles -los complejos y los que vienen en tetrabrik
Escondidos en la bravuconería del tecnicismo -como el médico soberbio que no admite su desconcierto- auguran nubarrones en cielos cenicientos, a la vez que afirman su sinsentido despachando que los ciclos son impredecibles, los mercados son infalibles pero inefables. Vuelvo a la idea porque tiene miga:  infalibles e inefable -tal cual-. Así las cosas, no le estañará -amigo, hipócrita y desconcertado lector- que prediga que volveremos a la superstición, porqué vivimos aplastados bajo el peso del misterio, o sea, las leyes inescrutables del mercado. Es por ello que así a lo tonto me voy a Grecia -coqueta casualidad- y aventuro el nuevo advenimiento de lo trágico: la tragedia retomará su sentido arcaico y genuino, en el que los hombres se muestran desdichados por la materialización de la ley, que les es ajena e incomprensible. Observen el aire de familia: los antiguos podían maldecir su condición y su suerte, pero no dudaban de la existencia de un orden rector que explicaba sus pesares, aunque las razones no les fueran reveladas, totalmente opacas al entendimiento. En eso consiste la tragedia. Es incomprensión, además de desmesura; desproporción entre falta y castigo, pero no es incertidumbre, en tanto en cuanto , presupone la existencia de la Ley. Esta puede parecer injusta, e incluso caprichosa, pero nunca ausente. Shakespeare y Faulkner aún fueron trágicos porqué se refirieron a eso con su historia de ruido y de furia contada por necios. Al otorgar la voz a los desconcertados, imbricaban su relato con el de les atenienses. Pero es una brillante jugarreta, porque en términos de estricta historia de las mentalidades, cuando Occidente dio por finalizada la ardua tarea de prescindir de Dios -ese necio- se liberó del misterio para entrar primero en la edad confiada de la Razón y después en la banalidad o la nostalgia. Es decir, fracasó la razón en su afán sistémico, y al derrumbarse pudo apreciarse su magnífico logro: un escenario vacío. La empresa inconcebible de liquidar al tramoyista había sido un éxito, sí. Más que rápido la ciudadanía regente se nos antojó poca cosa sino un esfuerzo de responsabilidad desmedido. Así fue, seguramente, porqué como imaginó Arthur Koestler, el cerebro humano consta de dos mitades: una pequeña parte ética y racional, y otra dominante, mucho mayor, que se le impone en su irracionalidad, violencia y empeño territorial; muestra rasgos animalizados, se yergue temblorosa de miedos y vive gobernada por el deseo y el instinto. La primera concibió la democracia y las ideologías, que han sido el aparato más sofisticado y duradero de la edad del optimismo y, a la vez, la expresión más llamativa de su fracaso. Instrumentalizada por el relativismo de los idiotas, creyó en el gobierno de los iguales antes que en la igualdad ante la ley y las oportunidades. El Dios trágico de la incertidumbre de Hamlet, el sospechoso de estupidez, era sin embargo una divinidad demiúrgica. Estúpida, pero origen de todo poder y orden conocido. Ahora, en cambio, la estulticia que procede de la soberanía del pueblo corona princesas con el cetro del mando del televisor y con tal gesto abandona cualquier autorictas que pudiera poseer. De esta ausencia de poder ciudadano, inhabilitado por omisión, procede la nueva omnipresente trascendencia de los Mercados. Es cierto que vienen a sustituir ese vacío, como en los primeros tiempos lo hicieron las ideologías. Estas fueron fruto de la confianza en los productos humanos y tal vez podamos aceptar que se mostraron insuficientes e ingenuas en su afán global, sustitutivo y teológico. Pero su caducidad no implica que periclitara la necesidad de las ideas, del pensamiento para hacer frente a la disgregación de la soberanía intelectual y política que amenaza el individuo contemporáneo. A diferencia de las ideologías y los hombres, los Mercados se han mostrado muy eficaces en la tarea de suplantar divinidades. Comparten atributos de omnipresencia e invisibilidad, sus caminos son en todo caso inescrutables. Sirva de ejemplo el cinismo desnudo con que se propone enfrentar la crisis con los mismos instrumentos que la generaron. Pero más vale callar, porque como dijo el cluniense Raoul Glaber, “no se puede ver a Dios directamente”. Por esta razón, la Naturaleza -el medio- recuperará la apariencia de un bosque selvático donde se pueden encontrar las huellas de lo Sagrado. Por analogías místicas podemos intuir su voluntad, aunque no esclarecerla, y podemos levantar un arte moral de sacrificio y penitencia, de humildad y de obediencia: recortes y austeridad. ¿A qué les va sonando el sainete?
Entonces, para nosotros que fuimos laicos y ateos, relativistas y espontáneos -y sexys-, vuelve la superstición y la tragedia en su sentido primigenio. Recuperaremos el misterio de lo sagrado y el universo creado volverá a hablarnos encarnado en el paisaje de campos ennegrecidos y en el ciclo de las estaciones. El poder, estático, no será para nosotros. No sé -¿quién osaría?- si los hombres de la Iglesia volverán, como Glaber en el año 1000 en occidente, a escribir sobre “cadáveres amontonados en los osarios y multitudes hambrientas como lobos persiguiéndose mutuamente para devorarse los unos a los otros”. Pero si sé que con el misterio vuelve la miseria para confirmar la indignidad del hombre y el acaparador poder de Dios y los mercados. Ya hemos vuelto a la superstición.