miércoles, 4 de enero de 2012

CRISIS FINANCIERA, TEOLOGÍA (2nda parte)

Cada vez que oigo hablar de mercados financieros, me doy cuenta de que entramos en otra edad de la superstición. Especialistas en economía leen signos esotéricos e interpretan oráculos en las encuestas y estadísticas, en los índices demográficos, en siglas del todo impermeables al buen juicio y en los productos bursátiles -los complejos y los que vienen en tetrabrik
Escondidos en la bravuconería del tecnicismo -como el médico soberbio que no admite su desconcierto- auguran nubarrones en cielos cenicientos, a la vez que afirman su sinsentido despachando que los ciclos son impredecibles, los mercados son infalibles pero inefables. Vuelvo a la idea porque tiene miga:  infalibles e inefable -tal cual-. Así las cosas, no le estañará -amigo, hipócrita y desconcertado lector- que prediga que volveremos a la superstición, porqué vivimos aplastados bajo el peso del misterio, o sea, las leyes inescrutables del mercado. Es por ello que así a lo tonto me voy a Grecia -coqueta casualidad- y aventuro el nuevo advenimiento de lo trágico: la tragedia retomará su sentido arcaico y genuino, en el que los hombres se muestran desdichados por la materialización de la ley, que les es ajena e incomprensible. Observen el aire de familia: los antiguos podían maldecir su condición y su suerte, pero no dudaban de la existencia de un orden rector que explicaba sus pesares, aunque las razones no les fueran reveladas, totalmente opacas al entendimiento. En eso consiste la tragedia. Es incomprensión, además de desmesura; desproporción entre falta y castigo, pero no es incertidumbre, en tanto en cuanto , presupone la existencia de la Ley. Esta puede parecer injusta, e incluso caprichosa, pero nunca ausente. Shakespeare y Faulkner aún fueron trágicos porqué se refirieron a eso con su historia de ruido y de furia contada por necios. Al otorgar la voz a los desconcertados, imbricaban su relato con el de les atenienses. Pero es una brillante jugarreta, porque en términos de estricta historia de las mentalidades, cuando Occidente dio por finalizada la ardua tarea de prescindir de Dios -ese necio- se liberó del misterio para entrar primero en la edad confiada de la Razón y después en la banalidad o la nostalgia. Es decir, fracasó la razón en su afán sistémico, y al derrumbarse pudo apreciarse su magnífico logro: un escenario vacío. La empresa inconcebible de liquidar al tramoyista había sido un éxito, sí. Más que rápido la ciudadanía regente se nos antojó poca cosa sino un esfuerzo de responsabilidad desmedido. Así fue, seguramente, porqué como imaginó Arthur Koestler, el cerebro humano consta de dos mitades: una pequeña parte ética y racional, y otra dominante, mucho mayor, que se le impone en su irracionalidad, violencia y empeño territorial; muestra rasgos animalizados, se yergue temblorosa de miedos y vive gobernada por el deseo y el instinto. La primera concibió la democracia y las ideologías, que han sido el aparato más sofisticado y duradero de la edad del optimismo y, a la vez, la expresión más llamativa de su fracaso. Instrumentalizada por el relativismo de los idiotas, creyó en el gobierno de los iguales antes que en la igualdad ante la ley y las oportunidades. El Dios trágico de la incertidumbre de Hamlet, el sospechoso de estupidez, era sin embargo una divinidad demiúrgica. Estúpida, pero origen de todo poder y orden conocido. Ahora, en cambio, la estulticia que procede de la soberanía del pueblo corona princesas con el cetro del mando del televisor y con tal gesto abandona cualquier autorictas que pudiera poseer. De esta ausencia de poder ciudadano, inhabilitado por omisión, procede la nueva omnipresente trascendencia de los Mercados. Es cierto que vienen a sustituir ese vacío, como en los primeros tiempos lo hicieron las ideologías. Estas fueron fruto de la confianza en los productos humanos y tal vez podamos aceptar que se mostraron insuficientes e ingenuas en su afán global, sustitutivo y teológico. Pero su caducidad no implica que periclitara la necesidad de las ideas, del pensamiento para hacer frente a la disgregación de la soberanía intelectual y política que amenaza el individuo contemporáneo. A diferencia de las ideologías y los hombres, los Mercados se han mostrado muy eficaces en la tarea de suplantar divinidades. Comparten atributos de omnipresencia e invisibilidad, sus caminos son en todo caso inescrutables. Sirva de ejemplo el cinismo desnudo con que se propone enfrentar la crisis con los mismos instrumentos que la generaron. Pero más vale callar, porque como dijo el cluniense Raoul Glaber, “no se puede ver a Dios directamente”. Por esta razón, la Naturaleza -el medio- recuperará la apariencia de un bosque selvático donde se pueden encontrar las huellas de lo Sagrado. Por analogías místicas podemos intuir su voluntad, aunque no esclarecerla, y podemos levantar un arte moral de sacrificio y penitencia, de humildad y de obediencia: recortes y austeridad. ¿A qué les va sonando el sainete?
Entonces, para nosotros que fuimos laicos y ateos, relativistas y espontáneos -y sexys-, vuelve la superstición y la tragedia en su sentido primigenio. Recuperaremos el misterio de lo sagrado y el universo creado volverá a hablarnos encarnado en el paisaje de campos ennegrecidos y en el ciclo de las estaciones. El poder, estático, no será para nosotros. No sé -¿quién osaría?- si los hombres de la Iglesia volverán, como Glaber en el año 1000 en occidente, a escribir sobre “cadáveres amontonados en los osarios y multitudes hambrientas como lobos persiguiéndose mutuamente para devorarse los unos a los otros”. Pero si sé que con el misterio vuelve la miseria para confirmar la indignidad del hombre y el acaparador poder de Dios y los mercados. Ya hemos vuelto a la superstición.