miércoles, 4 de enero de 2012

CRISIS FINANCIERA, UN UMBRAL (1ra parte)

De regreso a casa, y desde mi enigmática mirada daltónica, quería hablarles de los improbables colores de los campos en el horizonte del retrovisor. La comida ha terminado tarde y ya oscurece, pero pude aún observar como se helaba la tarde en las estalactitas transparentes que colgaban de unas mesas intempestivas en el exterior del restaurante, un lugar escondido bajo las montañas de Bellmunt. La carretera está vacía a esas horas de nadie. Esa hora precisa en la que uno advierte que debería ir al optometrista porque aunque lee todavía sin demasiado esfuerzo, los ojos se rinden al intentar fijar límites precisos a los contornos de los rostros que pasean alrededor. La tierra de los breves cultivos ennegrece, pero aguarda un último refulgir de luz cobriza que les otorga una apariencia metálica y que convierte en un misterio la flor que los árboles grisáceos volverán a dar. En este paisaje navideño no hay nieve, pero si hay niebla. Una niebla alta que libera los perfiles de las ondulaciones del llano y lo corta con precisión horizontal como si alguien hubiera bajado una cortina blanca.
Sobre esto pensaba hablarles mientras conducía y advertía ya un aviso de algo triste que sé que hay en los medidos amaneramientos con los que conversaremos sobre vinos y gastronomía, sobre la educación de los críos -aún muy pequeños los de casi todos y los de algunos aún por venir o en vía de llegar muy pronto-. No es una tristeza trágica, porque no hay tensión, ni lucha encarnizada, ni gesto barroco en nuestra época que no tiene potencias divinas a las que enfrentarse. Al menos para nosotros que vivimos privados de Naturaleza y sentido de lo Sagrado. Para nosotros no.

Mi generación está en mitad de la treintena. La mayoría abandonamos la edad de los estudios y los trabajos pendencieros tras las barras de los bares, la simpatía con que nos sacábamos unas perras al cuidado de los sobrinos menores, las horas de lectura de alquiler para oscuras editoriales de renombre y las colocaciones veraniegas en las que se confundían trabajo y ocio, noche y día y celebración -mucho más agotadora en el recuerdo de lo que nunca fue-. Lo dejamos atrás, pero casi ninguno lo hizo para tomar el mando. Jamás hemos sitiado plaza alguna y los puestos de vanguardia aún no nos pertenecen. En algunas noches lúcidas, en las que hablaremos de vino, niños y de crisis económica, alguno observará que eso ya no habrá de ocurrir. Ahora no reuniremos y el abrazo, no lo duden será calido. Pero no alegre. A Juan le han dicho que le despedirán en pocos meses. Ana está en situación parecida, aunque que le ha costado horrores hacerse un hueco en su agenda de trabajo para estar hoy aquí. Desconoce los domingos. Y yo añoro con disimulado desconsuelo la manera displicente que tenía Mar de dejar caer las sandalias en el suelo y recogerse con los brazos las rodillas cruzadas sobre la silla de la terraza en la que nos sentábamos. No serán nuestros los puestos de vanguardia porque ya no basta con la lógica de la demografía y la inefable certeza del relevo generacional como el devenir mismo de las estaciones. La herencia que primero se retrasó, ahora se nos representa vacía, pueril –o senil- como un arma cargada de nostalgia. El poder y el sueño de transformación están en otro lugar. Ni en las aulas, ni en las fábricas; tampoco en los escaños, ni en la empresa. Nuestra identidad es espuria e incompleta. Y toda identidad es una invención contra la incertidumbre. Mar se sirve una copa y asegura que el heroísmo se halla en los detalles más banales: levantarse con dolor de espalda y llevar a los hijos al pediatra, ayudarles con los deberes y en hacer cena decente. Es una lucha cuerpo a cuerpo, sin apenas armadura, en una historia animal que no desdeña el drama ni la evidencia de los amores y los odios en el espejo de la muerte que los hijos imponen, cuando todo va bien, a nuestra mirada. Más pronto que tarde se alzarán para proclamar que eso que los cuento es sólo que nos hacemos mayores. Pero yo no estoy de acuerdo. Algo está ocurriendo que nos despoja de lo que debería ser responsabilidad nuestra. Desconocemos casi todo de la ley que nos gobierna y nos constriñe. La Naturaleza vuelve a presentarse como la manifestación de lo Sagrado. Las vidas son un misterio como una maleza impenetrable en la que se revela la Voluntad ajena y nos agachamos asustados, copa de vino en mano. Demasiado asustados por lo desconocido para pavonearnos por este escenario en los actos que creíamos tener asignados para, por lo menos, fracasar sonoramente.