De regreso a casa, y desde mi enigmática mirada daltónica, quería hablarles de los improbables colores de los campos en el horizonte del retrovisor. La comida ha terminado tarde y ya oscurece, pero pude aún observar como se helaba la tarde en las estalactitas transparentes que colgaban de unas mesas intempestivas en el exterior del restaurante, un lugar escondido bajo las montañas de Bellmunt. La carretera está vacía a esas horas de nadie. Esa hora precisa en la que uno advierte que debería ir al optometrista porque aunque lee todavía sin demasiado esfuerzo, los ojos se rinden al intentar fijar límites precisos a los contornos de los rostros que pasean alrededor. La tierra de los breves cultivos ennegrece, pero aguarda un último refulgir de luz cobriza que les otorga una apariencia metálica y que convierte en un misterio la flor que los árboles grisáceos volverán a dar. En este paisaje navideño no hay nieve, pero si hay niebla. Una niebla alta que libera los perfiles de las ondulaciones del llano y lo corta con precisión horizontal como si alguien hubiera bajado una cortina blanca.
Sobre esto pensaba hablarles mientras conducía y advertía ya un aviso de algo triste que sé que hay en los medidos amaneramientos con los que conversaremos sobre vinos y gastronomía, sobre la educación de los críos -aún muy pequeños los de casi todos y los de algunos aún por venir o en vía de llegar muy pronto-. No es una tristeza trágica, porque no hay tensión, ni lucha encarnizada, ni gesto barroco en nuestra época que no tiene potencias divinas a las que enfrentarse. Al menos para nosotros que vivimos privados de Naturaleza y sentido de lo Sagrado. Para nosotros no.
Mi generación está en mitad de la treintena. La mayoría abandonamos la edad de los estudios y los trabajos pendencieros tras las barras de los bares, la simpatía con que nos sacábamos unas perras al cuidado de los sobrinos menores, las horas de lectura de alquiler para oscuras editoriales de renombre y las colocaciones veraniegas en las que se confundían trabajo y ocio, noche y día y celebración -mucho más agotadora en el recuerdo de lo que nunca fue-. Lo dejamos atrás, pero casi ninguno lo hizo para tomar el mando. Jamás hemos sitiado plaza alguna y los puestos de vanguardia aún no nos pertenecen. En algunas noches lúcidas, en las que hablaremos de vino, niños y de crisis económica, alguno observará que eso ya no habrá de ocurrir. Ahora no reuniremos y el abrazo, no lo duden será calido. Pero no alegre. A Juan le han dicho que le despedirán en pocos meses. Ana está en situación parecida, aunque que le ha costado horrores hacerse un hueco en su agenda de trabajo para estar hoy aquí. Desconoce los domingos. Y yo añoro con disimulado desconsuelo la manera displicente que tenía Mar de dejar caer las sandalias en el suelo y recogerse con los brazos las rodillas cruzadas sobre la silla de la terraza en la que nos sentábamos. No serán nuestros los puestos de vanguardia porque ya no basta con la lógica de la demografía y la inefable certeza del relevo generacional como el devenir mismo de las estaciones. La herencia que primero se retrasó, ahora se nos representa vacía, pueril –o senil- como un arma cargada de nostalgia. El poder y el sueño de transformación están en otro lugar. Ni en las aulas, ni en las fábricas; tampoco en los escaños, ni en la empresa. Nuestra identidad es espuria e incompleta. Y toda identidad es una invención contra la incertidumbre. Mar se sirve una copa y asegura que el heroísmo se halla en los detalles más banales: levantarse con dolor de espalda y llevar a los hijos al pediatra, ayudarles con los deberes y en hacer cena decente. Es una lucha cuerpo a cuerpo, sin apenas armadura, en una historia animal que no desdeña el drama ni la evidencia de los amores y los odios en el espejo de la muerte que los hijos imponen, cuando todo va bien, a nuestra mirada. Más pronto que tarde se alzarán para proclamar que eso que los cuento es sólo que nos hacemos mayores. Pero yo no estoy de acuerdo. Algo está ocurriendo que nos despoja de lo que debería ser responsabilidad nuestra. Desconocemos casi todo de la ley que nos gobierna y nos constriñe. La Naturaleza vuelve a presentarse como la manifestación de lo Sagrado. Las vidas son un misterio como una maleza impenetrable en la que se revela la Voluntad ajena y nos agachamos asustados, copa de vino en mano. Demasiado asustados por lo desconocido para pavonearnos por este escenario en los actos que creíamos tener asignados para, por lo menos, fracasar sonoramente.
miércoles, 4 de enero de 2012
CRISIS FINANCIERA, UN UMBRAL (1ra parte)
CRISIS FINANCIERA, TEOLOGÍA (2nda parte)
Cada vez que oigo hablar de mercados financieros, me doy cuenta de que entramos en otra edad de la superstición. Especialistas en economía leen signos esotéricos e interpretan oráculos en las encuestas y estadísticas, en los índices demográficos, en siglas del todo impermeables al buen juicio y en los productos bursátiles -los complejos y los que vienen en tetrabrik.
Escondidos en la bravuconería del tecnicismo -como el médico soberbio que no admite su desconcierto- auguran nubarrones en cielos cenicientos, a la vez que afirman su sinsentido despachando que los ciclos son impredecibles, los mercados son infalibles pero inefables. Vuelvo a la idea porque tiene miga: infalibles e inefable -tal cual-. Así las cosas, no le estañará -amigo, hipócrita y desconcertado lector- que prediga que volveremos a la superstición, porqué vivimos aplastados bajo el peso del misterio, o sea, las leyes inescrutables del mercado. Es por ello que así a lo tonto me voy a Grecia -coqueta casualidad- y aventuro el nuevo advenimiento de lo trágico: la tragedia retomará su sentido arcaico y genuino, en el que los hombres se muestran desdichados por la materialización de la ley, que les es ajena e incomprensible. Observen el aire de familia: los antiguos podían maldecir su condición y su suerte, pero no dudaban de la existencia de un orden rector que explicaba sus pesares, aunque las razones no les fueran reveladas, totalmente opacas al entendimiento. En eso consiste la tragedia. Es incomprensión, además de desmesura; desproporción entre falta y castigo, pero no es incertidumbre, en tanto en cuanto , presupone la existencia de la Ley. Esta puede parecer injusta, e incluso caprichosa, pero nunca ausente. Shakespeare y Faulkner aún fueron trágicos porqué se refirieron a eso con su historia de ruido y de furia contada por necios. Al otorgar la voz a los desconcertados, imbricaban su relato con el de les atenienses. Pero es una brillante jugarreta, porque en términos de estricta historia de las mentalidades, cuando Occidente dio por finalizada la ardua tarea de prescindir de Dios -ese necio- se liberó del misterio para entrar primero en la edad confiada de la Razón y después en la banalidad o la nostalgia. Es decir, fracasó la razón en su afán sistémico, y al derrumbarse pudo apreciarse su magnífico logro: un escenario vacío. La empresa inconcebible de liquidar al tramoyista había sido un éxito, sí. Más que rápido la ciudadanía regente se nos antojó poca cosa sino un esfuerzo de responsabilidad desmedido. Así fue, seguramente, porqué como imaginó Arthur Koestler, el cerebro humano consta de dos mitades: una pequeña parte ética y racional, y otra dominante, mucho mayor, que se le impone en su irracionalidad, violencia y empeño territorial; muestra rasgos animalizados, se yergue temblorosa de miedos y vive gobernada por el deseo y el instinto. La primera concibió la democracia y las ideologías, que han sido el aparato más sofisticado y duradero de la edad del optimismo y, a la vez, la expresión más llamativa de su fracaso. Instrumentalizada por el relativismo de los idiotas, creyó en el gobierno de los iguales antes que en la igualdad ante la ley y las oportunidades. El Dios trágico de la incertidumbre de Hamlet, el sospechoso de estupidez, era sin embargo una divinidad demiúrgica. Estúpida, pero origen de todo poder y orden conocido. Ahora, en cambio, la estulticia que procede de la soberanía del pueblo corona princesas con el cetro del mando del televisor y con tal gesto abandona cualquier autorictas que pudiera poseer. De esta ausencia de poder ciudadano, inhabilitado por omisión, procede la nueva omnipresente trascendencia de los Mercados. Es cierto que vienen a sustituir ese vacío, como en los primeros tiempos lo hicieron las ideologías. Estas fueron fruto de la confianza en los productos humanos y tal vez podamos aceptar que se mostraron insuficientes e ingenuas en su afán global, sustitutivo y teológico. Pero su caducidad no implica que periclitara la necesidad de las ideas, del pensamiento para hacer frente a la disgregación de la soberanía intelectual y política que amenaza el individuo contemporáneo. A diferencia de las ideologías y los hombres, los Mercados se han mostrado muy eficaces en la tarea de suplantar divinidades. Comparten atributos de omnipresencia e invisibilidad, sus caminos son en todo caso inescrutables. Sirva de ejemplo el cinismo desnudo con que se propone enfrentar la crisis con los mismos instrumentos que la generaron. Pero más vale callar, porque como dijo el cluniense Raoul Glaber, “no se puede ver a Dios directamente”. Por esta razón, la Naturaleza -el medio- recuperará la apariencia de un bosque selvático donde se pueden encontrar las huellas de lo Sagrado. Por analogías místicas podemos intuir su voluntad, aunque no esclarecerla, y podemos levantar un arte moral de sacrificio y penitencia, de humildad y de obediencia: recortes y austeridad. ¿A qué les va sonando el sainete?
Entonces, para nosotros que fuimos laicos y ateos, relativistas y espontáneos -y sexys-, vuelve la superstición y la tragedia en su sentido primigenio. Recuperaremos el misterio de lo sagrado y el universo creado volverá a hablarnos encarnado en el paisaje de campos ennegrecidos y en el ciclo de las estaciones. El poder, estático, no será para nosotros. No sé -¿quién osaría?- si los hombres de la Iglesia volverán, como Glaber en el año 1000 en occidente, a escribir sobre “cadáveres amontonados en los osarios y multitudes hambrientas como lobos persiguiéndose mutuamente para devorarse los unos a los otros”. Pero si sé que con el misterio vuelve la miseria para confirmar la indignidad del hombre y el acaparador poder de Dios y los mercados. Ya hemos vuelto a la superstición.
Entonces, para nosotros que fuimos laicos y ateos, relativistas y espontáneos -y sexys-, vuelve la superstición y la tragedia en su sentido primigenio. Recuperaremos el misterio de lo sagrado y el universo creado volverá a hablarnos encarnado en el paisaje de campos ennegrecidos y en el ciclo de las estaciones. El poder, estático, no será para nosotros. No sé -¿quién osaría?- si los hombres de la Iglesia volverán, como Glaber en el año 1000 en occidente, a escribir sobre “cadáveres amontonados en los osarios y multitudes hambrientas como lobos persiguiéndose mutuamente para devorarse los unos a los otros”. Pero si sé que con el misterio vuelve la miseria para confirmar la indignidad del hombre y el acaparador poder de Dios y los mercados. Ya hemos vuelto a la superstición.
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