domingo, 13 de enero de 2013

UN CUENTO MORAL


La mañana del 26 de febrero de este mismo año, tres o cuatro horas después de que los empleados municipales apagaran el alumbrado público a pesar de la oscuridad de un día tan encapotado, y mientras la nieve seguía fundiéndose en charcos de agua sucia bajo la creciente afluencia de viandantes y tráfico rodado, un perro, un gato y una zarigüeya llamados, respectivamente, Tim, Guau y Resuello se reunieron en el bar de la esquina, con el propósito de discutir cuál de los tres sería, llegado el caso, mejor amante -o mejor y más conveniente compañía, si la Fortuna se aliaba con el transcurrir de años y rutinas-, para una ratita movediza, pizpireta e indiscutiblemente sexy que merodeaba por el barrio de unos días a esta parte.
Obviamente, Tim, Guau y Resuello -nombres de pila al capricho de sus propietarios- acordaron, antes que nada, hablar tan larga y pacientemente como fuera necesario, para que así cada uno pudiera exponer sus argumentos y razones, de tal modo que todos se hicieran una idea cabal de la situación en su conjunto, y atendiendo a los particulares explicaciones sin menoscabo de detalles. Al fin y al cabo, la felicidad de la ratita, y de uno de ellos, se decidiría en el devenir de la querella. Por eso no querían obviar ningún punto de vista ni discriminar ángulo alguno, por marginal que pudiera parecer. Este planteamiento de inicio, se inspiraba en las buenas intenciones con que todos acudieron a la cita, en la medida en que delata que todos confiaban en que, con este proceder, alguno de los tres rivales se decantaría -llevado por el buen juicio y después de sopesar los pros y los contras- por la idoneidad de uno de los otros dos, y en detrimento –sea dicho- de los propios intereses, permitiéndoles resolver la cuestión en una primera ronda de votaciones. Tim, por contravenir las opiniones manidas que atribuyen bonachonería a los de su especie, pensó en comenzar arguyendo que fue el primero en verla. Pero eso era algo que, sin ningún género de dudas, Guau se tomaría como un terrible agravio, herido en su orgullo de cazador diligente e implacable. ¡Maldita sea, cómo se atreve a refregarme en los bigotes el descuido de mi audacia! Mejor no comprometer la buena sintonía con golpes bajos en el orgullo del felino. Entonces el argumento bien podría volvérsele en su contra y, irreversiblemente, perdería su simpatía y, con ella, todo probabilidad de ganarlo para su causa, llegado el momento decisivo. Así que empezaron dubitativos y cautelosos, y a las primeras de cambio, un asunto generó ya singular polémica y les puso sobre aviso de que no encontrarían fácil solución a tan civilizada riña: estuvieron largo rato enfrascados en la evaluación de la seguridad de la ratita. Pero si Guau se relamía los bigotes era sólo por un acto reflejo característico de todos los de su especie, y el gesto no guardaba relación alguna con la interesada, porfió. Aquí fue donde Resuello intervino por primera vez confiado en que tal vez sí hubiera un brecha o un resquicio de oportunidad para su candidatura. Quiso sacar a colación y traer a la memoria la autoridad de los clásicos y mencionó a Esopo (aunque en honor a la verdad, la fábula de la rana y el escorpión es de autoría dudosa y aún fuente de disputas erúditas). Resuello se había mostrado tímido hasta el momento y en justicia a los hechos, puedo avanzar que, con todo, y después de unos pocos intentos fallidos de mostrarse más resuelto -y, por momentos, lucir donaire bravucón, que a todos extrañó-, su actitud disimulada remitió, porqué, como es bien sabido, resulta muy difícil de oponerse a la naturaleza de carácter que a cada cual gobierna. Sin embargo, todos reconocían que eso era parte de su encanto. Su fragilidad y cortesía, pudieran perfectamente ser aliados en la última curva, si pasaban las horas y las horas al mismo y fatigoso ritmo con que la nieve volvía a caer y insistentemente caer, más allá de las cortinas corridas del reservado donde se habían aposentado para no ser molestados por nadie.
Caía la nieve mansamente, y ellos continuaron así horas y horas, y whisky tras whisky. Al anochecer, llevados por el desánimo, el agotamiento y los excesos etílicos, habían probado con toda suerte de método; aunque sin mucho convencimiento y conscientes de un resabio de fracaso respecto a sus juiciosas intenciones iniciales, lo habían intentado a los dados, habían lanzado monedas al aire –aunque por voluntad de la aritmética en ningún momento se pusieron de acuerdo sobre la justa organización de las fases clasificatorias del certamen-. Lo intentaron, incluso, abriendo la votación a los otros clientes del bar –teniendo, entonces, que replantear y volver sobre los acuerdos, bases y estatutos que habían ido consolidando a lo largo de los lentos minutos en disputa y alerta- pero siempre aparecía una descuerdo, una objeción, algún matiz nuevo que, en opinión de alguno, invalidaba la tentativa.
Probablemente, aquella insistencia en encontrar una solución de consenso que satisficiera todas las partes, o al menos, mitigara el fracaso de los dos que inevitablemente se verían orillados del final de anises y perdices, obedecía a que les había tocado vivir en tiempos que transcurrían amables. Sí, sin duda aquellos eran tiempos benignos de mimos, caricias y galletas dietéticas para mascotas, cuando no chucherías de formas insospechadas y atractivos colores y aromas que eran la envidia de los niños de la casa. Con todo y con esas, algún que otro rumor habían oído de que algo en el signo de la historia estaba cambiando. Corrían voces, advertencias y tal vez noticia o leyenda de que no era necesario retroceder demasiado en el tiempo para recuperar la memoria de días en que no se discutía que, al caer la noche y al caer la nieve, y la noche otra vez, "las más bellas sonreían al más fiero de los vencedores". Persistieron y aquella noche cerraron el bar. Justo cuando casi el día empezaba a ganarle esquinas a la noche, y los empleados municipales salían de sus camas, salieron ellos por la puerta –no sin dificultad y después de apartar la nieve que la taponaba- abrazados y borrachos. Así deambularon un rato más. Aún y tambaleándose de un lado a otro de la calle, se resarcían de los tropiezos sin soltarse, y al levantar cabeza, casi espontáneamente, en un resuello recóndito encontraban fuerzas para empezar cantar fragmentos de canciones regionales, de zarzuelas o de habaneras que no terminaban nunca, ya fuera porqué desconocían el final, o lo olvidarán al momento o porque otra cancioncilla o tarantela irrumpía en su memoria sin darles tiempo de terminar la primera. De esta manera, avanzaban hacía el alba con esa camaradería tan propia de los que se pertenecen mutuamente. Aun y su aspecto fantasmal y astroso, era un gozo verlos en tal comunión. Irradiaba su satisfacción, la hermandad que les confería el consenso, haber dado con la solución después de vencer las dudas, las ambigüedades, las aceptadas desconfianzas. Exudaban los efluvios de un éxito incontestable entre los humores alchólicos. Avanzaban juntos con su definitiva y trágica solución apoyada en la confirmación que uno a otro se prestaban. Todo quedó concertado para ese mismo amanecer ya tan cercano. Justo a la salida del sol, en el callejón y para la cuál acordaron abolir cualquier norma, regla o fineza. Tan hartos y exangües estaban ya de tanta humillación bienhechora.