miércoles, 23 de julio de 2014

ALGUNOS POCOS DÍAS

 
Avanzado junio 2014.

I

Definitivamente establecer un criterio crítico razonable no es tan complicado; sólo me interesan dos formas de arte (y literatura): el que nace de la temblorosa consciencia de que el animal humano ha de morir y el que da la espalda a esa certeza para recrearse en la alta orfebrería. Curiosamente muy a menudo coinciden, pero mucho más curioso es aún que la mayor parte de la producción estética contemporánea no pertenece a ninguna de las dos.
No es el caso de Don Delillo. En él, la convergencia no es total, pero un relato como "El ángel esmeralda", pertenece -sin ningún género de duda- a la primera categoría.

II
Telenoticias mediodía. Una señora de Horta se muestra ante las cámaras estremecida por las nuevas rutas turísticas por los barrios de Barcelona. Ha descubierto que los turistas nipones la miran como si viviera en las favelas de Río, y de paso, que esa mirada no es muy diferente de la pròpia cuando sestea viendo documentales de Masáis en la televisión nuestra.
 

III
Hace pocas semanas que hemos dejado atrás lo que la gente del país llama "frío de verdad". Mi cuerpo anda todavía timorato al abrirse paso entre los primeros calores. Una excursión a Barcelona siempre me resulta conveniente antes de zambullirme en el verano, puesto que ahí el clima es infinitamente más amable que en mi "ciudad de provincias con mercado". Ayuda a hacer la transición, puesto que en el interior carecemos de primavera, y mis contracturas agradecen las transiciones. Más en estos tiempos.  Además, me gusta Barcelona porque agradezco pasear rodeado de desconocidos y convertirme en uno de ellos, aun y a riesgo de convertirse en multitud. La multitud, no es algo a lo que yo, generalmente, haga ascos. Claro está que no me agrada el llamado "turismo de masas" que se ha apoderado de todo el centro de Barcelona, pero no me engaño en el sentido de que sé que formo parte de esa misma marea cada vez que tomo un vuelo low cost para visitar alguna capital europea. 
Otra cosa es la avidez consumidora que se lanza con ese espíritu deportivo tan característico de nuestra época contra las tiendas y comercios como un río desbordado que todo lo anega, creando un sin fin de meandros y afluentes artificiales que inundan los bajos de los edificios al menos hasta la Diagonal. Pero el ocio intransitivo de escaparates se encuentran en todas partes y es compartido visitantes y autóctonos. Eso que hace que Benidorm sea una bendición para tres cuartas partes de la población europea senior no es algo exclusivo de Barcelona. 
Luego está -ya lo sabemos- mi rigidez de cadera y los doloridos tobillos, nada avezados a la finta, al slalom, la carrera de obstáculos. No puedo sortearlos muy bien, y debería avanzar con una disculpa permanente en la boca a la vez que impongo un paso regular, indiferente, nada gentil. 

Hoy la excusa ha sido el teatro -ya hablaremos en otro momento-. ¡Qué lástima que el teatro termine tan tarde! Qué difícil comer algo decente al terminar la función, aunque sea cerca de las Ramblas, la calle que no duerme. 

No hay que confundir las nostalgias benignas con los odios del presente. Es lógico que los que alguna vez nos hemos sentido barceloneses añoremos la ciudad de antes. Todos disponemos de un almacén de tiempos pretéritos. Hay muchos y para todos los gustos, y es que resulta muy complicado sustraerse al mito de la caída. Se trata de una alegoría poderosa, más incluso que las muchas religiones particulares que la interpretan, cada cual con sus instrumentos. Y es poderosa, precisamente, porque todas lo comparten. De hecho, lo contienen de un modo fundacional. Diría que es algo estructural en la experiencia de la construcción de la identidad. Es uno de los mitos que más claramente satisfacen una necesidad psicológica universal: si el desastre que me rodea es accidental, entonces hay una posibilidad de resarcirse. Sin caída no hay redención; sin redención toda religión es un juguete inútil; y sin juguete metafísco no hay identidad. ¡Hay que tenerlos como un toro para decirle al enfermo terminal que no hay esperanza ni horizonte; mucho mejor pensar que los humanos, como los miura, pacen estrellas, si no aquí, en el más allá.  
Mi caída tiene una cronología precisa en la expulsión de los bosques sagrados y geométricos del Ensanche. Su mitología se adentra en el barrio de Gracia y las calles más luminosas del Raval; tiene paradas en los cines Verdi y Renoir; cenas frugales con copa en Salambo, escapadas al teatro, varietés en el Llantiol, visitas a Llovet en el CCCB y la pizarra de platillos del Portolés.