martes, 27 de abril de 2010

TURISTES

Des de Londres, el Times ens recorda que tot plegat sembla una paròdia, una opereta italiana –poseu togues on hi ha capes-. El jutge Varela fa un avís per navegants, la memòria de les víctimes del franquisme suspesa a l’aire. No és que les desaparicions siguin incertes, sinó que manca “la competència legal” per indagar-les. Però sobretot, la imputació de Garzón es revela com el símptoma més evident de la idiosincràsia de la pràctica política: no és la veritat que en guia l’acció, sinó el poder. És el mateix esperit que anima la cinquena pròrroga, en espera de la sisena ponència del TC. En la deserció, ens demostren que, si l’equilibri de forces és compromès, aleshores silenci, ocultació. L’acció d’uns i altres és pura fantasmagoria, quelcom que se’ns “apareix en forma d'ésser real, tot i ésser una cosa imaginada (Diec)”. La imatge és suggestiva. Passadissos llargs, llargues esperes, abandó de les funcions. Invisibilitat de les responsabilitats i l’esperança que el temps porti l’oblit, abans que arribi la pròxima escomesa electoral. El fantasma és el retrat moral de l’estament polític i judicial –poseu togues als llençols-. La invisibilitat que Sáenz de Santamaría ambiciona. Però, tant sols hi ha quelcom pitjor que la corrupció per a la credibilitat de les institucions democràtiques, això és, l’intent desacomplexat d’eludir-la. Inquieta l’estratègia política del PP ¿Quin perfil d’electorat concep quan, enlloc de perseguir-la, l’oculta sota la catifa dels “defectes formals de procediment judicial”? L’aparell es posa en marxa, no per discutir la innocència dels imputats, sinó per fer-la invisible –poseu togues on hi ha sastres-. Per més que n’anomenin l’eròtica, el poder es un instrument més que una finalitat. En el mateix acte d’ocultació, concedeix que els majors del partit de l’expresident gimnasta no el cobegen només per lluïment de fireta, per fons d’acció social. Com a les Rambles, a la política hi anem en xancletes i camisa florejada. Amb tot -i en temps de crisi- la vida continua, però amb la inquietud que ens la juguen amb cartes marcades d’art de fuga. Mou el trilero, com si fóssim turistes de la democràcia.

Article publicat a la revista mà, abril 2010.

viernes, 9 de abril de 2010

DE VERANEO CON BERNHARD















Lo tengo en el estante desde hace algunos días. Sé que es un animal paciente, enemigo de las prisas. Apenas si lo he tocado. Sólo con un gesto maquinal -la costumbre que muchos de ustedes compartirán- cuando al regresar de la librería, volví a hojear por encima El sótano, leí unas líneas de El frío. Sé que, en cuanto me adentre de nuevo entre sus páginas, me eterizará con su aliento tóxico y, a un tiempo, encendrado. Así que yo tampoco tengo prisa. Sin embargo, sé que en cuanto me decida –a pesar de ser tarde y de noche y en invierno-, cuando hunda las manos en ese lodazal, las sacaré repletas no de joyas, pero si de párrafos rotundos como el verbo de una novia despechada. Se lo cuento para que luego no me vengan con reproches. Muy al cuidado de no recomendarles su lectura, hago humilde acuso de recibo de Thomas Bernhard. Anagrama ha reunido sus cinco novelas autobiográficas en un volumen, con motivo del vigésimo aniversario de su fallecimiento.
Permitirán que les hable de la novela dando un rodeo. Con un correlato paisajístico, diría un pedante de vocación taxidermista. Me llevé el librito de fin de semana en enero. Cerca de mi casa, en Can Cuca han retirado las mesas de su amable y recogida terraza. Y ahora ¿dónde guarecerse? Donde la memoria conoce antes que el conocimiento recuerde, subrayó a lápiz Benet en una página doblada de Faulkner. Y yo hago memoria de Port de la Selva. En verano, esta costa luce una medida jovialidad. Tres periódicos por leer y desayuno eterno frente al agua para practicantes de placeres del s. XX. No hay lugar mejor en la tierra para quien se niega a viajar, y sólo acepta el leve chantaje del veraneo -un lugar para quienes Formentera resulta un destino teñido de excesos exóticos-. Una amiga recuerda -siempre que tiene ocasión- que, en la playa de Les Clisques, leyó La bella estate de un tirón. Se tumbó a la hora de la siesta y cerró el libro con el último rayo de sol. Con esa alegria me llevó a Bernhard al mar. En verano, este mar con apariencia de lago presume de turquesas imposibles. Pero en invierno, no. Ahora sé, aunque no recordaba, pero no olvidaré, que no hay lugar en la tierra tan inhóspito como esta bahía en invierno. Bernhard permanece en la maleta. De repente, el mediterráneo se acuerda que aquí es, a la vez, Pirineo. La escala de grises se apodera del conjunto, en el mar laguna reverberan los gélidos picos circundantes que se abisman en el agua como acantilados submarinos, coronados por la amenaza del monestir de Sant Pere de Rodes, recordatorio de inviernos monásticos sin gas natural. Refleja el agua el negativo de la orografía que, en verano, impide que el oleaje del Cap de Creus salpique el ombligo de los bañistas cuando se adentran comedidos en el mar. Pero en invierno no ¿Dónde guarecerse y leer hasta bien entrada la noche? Y no tengo excusa. No hace tanto como para haber olvidado que, con unos amigos, pasamos aquí unos días de febrero, no muchos. A alguien se le ocurrió, poseído de juvenil insensatez, que nos vendrían bien unos días de asueto, aislados del mundo. Regresamos todos porque no llevábamos pistolas. En invierno, el paisaje se conjura para mostrarse carcelario, y el lago -agua sin fuga- parece el lugar idóneo para un oráculo intempestivo, presagio retrospectivo de la suerte histórica de Benjamín en Portbou, porque las fronteras siempre parecen estar cerradas. No hay salida. De esa guisa, me niego a leer a Bernhard. Un entorno nada propicio para enfrentar el relato de un joven martirizado por la escuela católica, aquejado de enfermedad pulmonar crónica, y encerrado en el sótano de un almacén de ultramarinos como vía de perfección, camino de "una existencia útil ". Sé que la experiencia que con Bernhard me espera es prima hermana del desasosiego, de la frustración –espero con esta advertencia, ahorrársela a ustedes-. Algo así como si K. bajo los pináculos de La catedral, se encontrara un guardián borrachuzo en lugar de un vigilante hermeneuta y cabalista. Como en El proceso, es un buen tipo y no tiene ninguna intención de vetarnos la entrada ni silenciar ninguna contraseña. Le gusta la cháchara y sólo por el placer de la conversación, nos desvelará sus más oscuros secretos. Sin embargo, como en toda duana, exige una tasa. A K. le exige una renuncia a su propia naturaleza apocada. A nosotros, el borracho exige hablarnos muy cerca, a merced del esputo y la baba –ahórrenselo, sobretodo, a inocentes alumnos de ESO-. La suya es voz frustrada jugando al frontón: solipsismo y negación de las expectativa privadas, eso nos dice. Y en su bajo relieve, el horizonte histórico -la segunda guerra mundial y el nazismo-viene a confirmar la aploplejía del privado. Bernhard aborrecía el nacionalismo. La identidad como un coto donde dar caza al dialogismo. Pero la bestia no está en la mirilla de la escopeta. !Vuelve la bestia!- exclama el patriarca anciano de Los cuatro jinetes del Apocalipsis, de Minelli. Al saber que el nieto se alista como oficial en la SS, el viejo interrumpe el jolgorio y el baile con que festejan el rencuentro familiar, allá, en el exilio argentino (¿dónde guarecerse?). Ha regresado la bestia. Las mismas bestias que acorralaron a Benjamín, con la bendita colaboración del General Beato Bajo Palio. Cuando Bernhard escribe sobre Austria y Europa, retoma la voz de las memorias de Zweig en El mundo de ayer. Escritas en plena guerra, desde el exilio “en mi habitación de hotel sin ejemplares de mis libros, ni apuntes, ni cartas de amigos, sin información, interrumpida por la censura. Vivimos tan aislados como hace siglos, antes de la invención de los aviones, los trenes, el correo”. En ese aislamiento, presagio del monólogo ensimismado de Bernhard, relata la extinción de un mundo burgués que leía por la noche, se acostaba pronto y creía en el ángel del progreso. El día después, Bernhard escribe las consecuencias, sin libros, ni apuntes, ni cartas de amigos. Después de los tiros, la burocracia. Y el solipsimo. Neurosis con echura de partitura, de estilo, Grand Style con los mismos desechos con los que otros -y no los peores- sólo supieron levantar grandes superficies comerciales. Aún y así, a la vuelta, Bernhard sigue en el estante. Lo leeré en verano.

jueves, 1 de abril de 2010

DIOS II (segunda part.)


Continuación del artículo anterior: Dios I

Sin embargo, la banalidad persiste. Todos los pueblos conocen la necesidad de dar un relato más satisfactorio que convincente del lugar del hombre en el mundo. Al principio fue Nyx (la noche) y Ereb, su hermano -cantan las Musas deleitando a Zeus, su padre- “con voz unísona de aquello que es, que ha de ser y será”. La angustia nacida del vacío ocasionado por la desaparición de la fe religiosa resulta poco menos que desgarradora. Por el contrario, ¡Cuán tranquilizadora la concepción tradicional en la que Jahvé aparece depositando cuidadosamente las figurillas humanas en el pesebre de la creación! Lo hace con delicadeza, casi con mimo. En mi casa, la reproducíamos todos los años cuando llegan los días señalados del calendario beato. Se trata, tal vez, de la representación simbólica más enraizada y atávica del imaginario colectivo occidental. Se la traga a pies juntillas, el homeópata apóstata cuando, apostólicamente, perjura que el cáncer es un estado de ánimo. Los niños saben que Dios existe cuando en Navidades renuevan el gesto Creador con musgo, harina y papel de aluminio. O en su versión paródica: cuando el zagal levanta el brazo, piedra en mano, y experimenta la satisfacción de quién todo lo puede, antes de ejecutar un Apocalipsis en un laborioso y ahora perplejo e indefenso hormiguero.
Por lo tanto, ¿Cuál es la situación del hombre cuando experimenta el choque entre la intuición de la extinción divina y la pervivencia de una dimensión religiosa que abomina perder? Se produce un choque de colosos. Duby y Steiner lo han explicado muy bien y por variados caminos. Las principales ideas que vertebran las civilizaciones humanas –ésta lo es- se caracterizan por ofrecer una pertinaz, obstinada, testaruda resistencia. Y de entre todas ellas, la concepción antropológica de un deus ex machina se lleva la palma. Lo sabe la lagartija en su torpe escapada a la pata coja, como un equilibrista sin vara. Y es que el hombre sin Dios es como un niño con un eterno porqué en la boca: puro abismo y papá al psicólogo. A la angustia por el vacío ocasionado por la pérdida de una explicación global, le sigue el gesto de restitución, un intento de hallar una religión substituta y vicaria, en terminología de Steiner. Por eso se metamorfosea. Que no nos den gato por liebre, exclaman los extremistas islámicos, los fetichistas del pie o los partidarios de la corteza de limón en el gintónic. Conozco a gente –por lo general, buenas personas aunque parezca increíble- que te invitan a cenar y te relatan, como si les fuera en ello la vida, la aventura de cómo eligieron el color de cuarto de baño o la exacta distribución de los electrodomésticos de la cocina. Y tienen razón, pobres infieles. Siempre les respondo con un gesto de aprobación, tendrían que ver ustedes sus ojos implorantes (y además, me da miedo que me pongan una bomba bajo el chasis si expreso objeción, renuencia o duda).
Siempre pesa más el miedo que la abulia, y por eso siempre queda otra vuelta de tuerca tras la mampara de ese dios transformista. Se transforma porque hay que conciliar la evidencia de Ruanda, Tahití -o Ernest Maragall- con la necesidad de echarle las culpas al clero y, a ser posible, hacer chistes de sotanas.

La historia mayúscula certificó que Dios no existe, pero en la minúscula, más que desaparecer se trasviste. Teníamos noticias de esa afición al carmín. Los cronistas medievales dieron cuenta de cuantas calamidades pudieren evidenciar la noción de un Dios glorioso frente a un hombre entregado al horror. Poco después, el gótico fue capaz de levantar Santa Maria del Mar en Barcelona (mamá suele ser más comprensiva), y en el s. XV se convierte en un niño de pañales al que toda tía soltera pellizcaría los mofletes. Así que las transformaciones no son nuevas, pero la última es simplemente espectacular. La obra de un genio enfermizo, diría Mortadelo. Dejó de ser ya el Dios piadoso de los cristianos, ya el atronador coloso del Antiguo Testamento, el iracundo proveedor de plagas y hambrunas: se metamorfoseó en un rubicundo holgazán. Más displicente, caprichoso y desmañado que olvidadizo.

Ciertamente los dioses viven todavía / pero allá arriba, sobre nuestras cabezas, en un mundo distinto. / Allí actúan sin tregua, y no parece que les inquiete si vivimos o no.

En los versos de Novalis, los dioses se han largado y sólo tenemos constancia de su presencia porque olvidaron cerrar la puerta y sus voces aún se entreoyen, aunque del todo incomprensibles. El dios ausente de los románticos retoma en esos versos el aire de familia con el dios de la modernidad televisada. Es el Dios resultante de la extinción no tolerada. Baja la guardia, y no por piedad sino por indolencia. Se volvió pijo. Acostumbrado a que le planchen las camisas –convenientemente rotas, de marca y dobladillo del revés- y a no dar palo en el agua, resulta odioso. No madruga, ni coge el metro, ni pisa la calle en el frío amanecer otoñal. Desayuna tarde en la cama y sin desperezarse resuelve el fatigoso trámite de la creación en un santiamén, arrojándonos malamente al mundo. No es un castigo, es abulia y prisa, porque nada sabe de ganarse el pan con el sudor de la frente. Y queda el hombrecillo transpuesto en su balbuceo. En pocos años se preguntará el porqué. El ‘caganer’ entusiasma a los japoneses porque es de universal abolengo su condición. Tal desaliño conductual –célebre expresión entre pedagogos- invita a pensar que, mientras tanto, el viejo rejuvenecido se habrá largado en su descapotable a jugar una partida de tenis, en una pista donde el sol reluce hermoso y las rubias aplauden enfundadas en pantaloncitos blancos. ¿Y aún se preguntan en quién se inspiran los arrogantes adolescentes que inundan las aulas con su salobre autoestima de testosterona? ¿De quién se acuerdan cuando se bajan los pantalones a media nalga y cabalgan sus motos de triste cilindrada –rodilla en el suelo- por una carretera de cantos afilados? No hace muchos años era Lear, vencido pero muy mayor, quien enseñaba los calzoncillos al respetable, antes de abandonar el escenario y la vida, dejando, como único testimonio, una cagarruta que se llevaba todos los aplausos. Salgo a la calle, buenos días y ¡vayan con Dios!