viernes, 9 de abril de 2010

DE VERANEO CON BERNHARD















Lo tengo en el estante desde hace algunos días. Sé que es un animal paciente, enemigo de las prisas. Apenas si lo he tocado. Sólo con un gesto maquinal -la costumbre que muchos de ustedes compartirán- cuando al regresar de la librería, volví a hojear por encima El sótano, leí unas líneas de El frío. Sé que, en cuanto me adentre de nuevo entre sus páginas, me eterizará con su aliento tóxico y, a un tiempo, encendrado. Así que yo tampoco tengo prisa. Sin embargo, sé que en cuanto me decida –a pesar de ser tarde y de noche y en invierno-, cuando hunda las manos en ese lodazal, las sacaré repletas no de joyas, pero si de párrafos rotundos como el verbo de una novia despechada. Se lo cuento para que luego no me vengan con reproches. Muy al cuidado de no recomendarles su lectura, hago humilde acuso de recibo de Thomas Bernhard. Anagrama ha reunido sus cinco novelas autobiográficas en un volumen, con motivo del vigésimo aniversario de su fallecimiento.
Permitirán que les hable de la novela dando un rodeo. Con un correlato paisajístico, diría un pedante de vocación taxidermista. Me llevé el librito de fin de semana en enero. Cerca de mi casa, en Can Cuca han retirado las mesas de su amable y recogida terraza. Y ahora ¿dónde guarecerse? Donde la memoria conoce antes que el conocimiento recuerde, subrayó a lápiz Benet en una página doblada de Faulkner. Y yo hago memoria de Port de la Selva. En verano, esta costa luce una medida jovialidad. Tres periódicos por leer y desayuno eterno frente al agua para practicantes de placeres del s. XX. No hay lugar mejor en la tierra para quien se niega a viajar, y sólo acepta el leve chantaje del veraneo -un lugar para quienes Formentera resulta un destino teñido de excesos exóticos-. Una amiga recuerda -siempre que tiene ocasión- que, en la playa de Les Clisques, leyó La bella estate de un tirón. Se tumbó a la hora de la siesta y cerró el libro con el último rayo de sol. Con esa alegria me llevó a Bernhard al mar. En verano, este mar con apariencia de lago presume de turquesas imposibles. Pero en invierno, no. Ahora sé, aunque no recordaba, pero no olvidaré, que no hay lugar en la tierra tan inhóspito como esta bahía en invierno. Bernhard permanece en la maleta. De repente, el mediterráneo se acuerda que aquí es, a la vez, Pirineo. La escala de grises se apodera del conjunto, en el mar laguna reverberan los gélidos picos circundantes que se abisman en el agua como acantilados submarinos, coronados por la amenaza del monestir de Sant Pere de Rodes, recordatorio de inviernos monásticos sin gas natural. Refleja el agua el negativo de la orografía que, en verano, impide que el oleaje del Cap de Creus salpique el ombligo de los bañistas cuando se adentran comedidos en el mar. Pero en invierno no ¿Dónde guarecerse y leer hasta bien entrada la noche? Y no tengo excusa. No hace tanto como para haber olvidado que, con unos amigos, pasamos aquí unos días de febrero, no muchos. A alguien se le ocurrió, poseído de juvenil insensatez, que nos vendrían bien unos días de asueto, aislados del mundo. Regresamos todos porque no llevábamos pistolas. En invierno, el paisaje se conjura para mostrarse carcelario, y el lago -agua sin fuga- parece el lugar idóneo para un oráculo intempestivo, presagio retrospectivo de la suerte histórica de Benjamín en Portbou, porque las fronteras siempre parecen estar cerradas. No hay salida. De esa guisa, me niego a leer a Bernhard. Un entorno nada propicio para enfrentar el relato de un joven martirizado por la escuela católica, aquejado de enfermedad pulmonar crónica, y encerrado en el sótano de un almacén de ultramarinos como vía de perfección, camino de "una existencia útil ". Sé que la experiencia que con Bernhard me espera es prima hermana del desasosiego, de la frustración –espero con esta advertencia, ahorrársela a ustedes-. Algo así como si K. bajo los pináculos de La catedral, se encontrara un guardián borrachuzo en lugar de un vigilante hermeneuta y cabalista. Como en El proceso, es un buen tipo y no tiene ninguna intención de vetarnos la entrada ni silenciar ninguna contraseña. Le gusta la cháchara y sólo por el placer de la conversación, nos desvelará sus más oscuros secretos. Sin embargo, como en toda duana, exige una tasa. A K. le exige una renuncia a su propia naturaleza apocada. A nosotros, el borracho exige hablarnos muy cerca, a merced del esputo y la baba –ahórrenselo, sobretodo, a inocentes alumnos de ESO-. La suya es voz frustrada jugando al frontón: solipsismo y negación de las expectativa privadas, eso nos dice. Y en su bajo relieve, el horizonte histórico -la segunda guerra mundial y el nazismo-viene a confirmar la aploplejía del privado. Bernhard aborrecía el nacionalismo. La identidad como un coto donde dar caza al dialogismo. Pero la bestia no está en la mirilla de la escopeta. !Vuelve la bestia!- exclama el patriarca anciano de Los cuatro jinetes del Apocalipsis, de Minelli. Al saber que el nieto se alista como oficial en la SS, el viejo interrumpe el jolgorio y el baile con que festejan el rencuentro familiar, allá, en el exilio argentino (¿dónde guarecerse?). Ha regresado la bestia. Las mismas bestias que acorralaron a Benjamín, con la bendita colaboración del General Beato Bajo Palio. Cuando Bernhard escribe sobre Austria y Europa, retoma la voz de las memorias de Zweig en El mundo de ayer. Escritas en plena guerra, desde el exilio “en mi habitación de hotel sin ejemplares de mis libros, ni apuntes, ni cartas de amigos, sin información, interrumpida por la censura. Vivimos tan aislados como hace siglos, antes de la invención de los aviones, los trenes, el correo”. En ese aislamiento, presagio del monólogo ensimismado de Bernhard, relata la extinción de un mundo burgués que leía por la noche, se acostaba pronto y creía en el ángel del progreso. El día después, Bernhard escribe las consecuencias, sin libros, ni apuntes, ni cartas de amigos. Después de los tiros, la burocracia. Y el solipsimo. Neurosis con echura de partitura, de estilo, Grand Style con los mismos desechos con los que otros -y no los peores- sólo supieron levantar grandes superficies comerciales. Aún y así, a la vuelta, Bernhard sigue en el estante. Lo leeré en verano.

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