jueves, 1 de abril de 2010

DIOS II (segunda part.)


Continuación del artículo anterior: Dios I

Sin embargo, la banalidad persiste. Todos los pueblos conocen la necesidad de dar un relato más satisfactorio que convincente del lugar del hombre en el mundo. Al principio fue Nyx (la noche) y Ereb, su hermano -cantan las Musas deleitando a Zeus, su padre- “con voz unísona de aquello que es, que ha de ser y será”. La angustia nacida del vacío ocasionado por la desaparición de la fe religiosa resulta poco menos que desgarradora. Por el contrario, ¡Cuán tranquilizadora la concepción tradicional en la que Jahvé aparece depositando cuidadosamente las figurillas humanas en el pesebre de la creación! Lo hace con delicadeza, casi con mimo. En mi casa, la reproducíamos todos los años cuando llegan los días señalados del calendario beato. Se trata, tal vez, de la representación simbólica más enraizada y atávica del imaginario colectivo occidental. Se la traga a pies juntillas, el homeópata apóstata cuando, apostólicamente, perjura que el cáncer es un estado de ánimo. Los niños saben que Dios existe cuando en Navidades renuevan el gesto Creador con musgo, harina y papel de aluminio. O en su versión paródica: cuando el zagal levanta el brazo, piedra en mano, y experimenta la satisfacción de quién todo lo puede, antes de ejecutar un Apocalipsis en un laborioso y ahora perplejo e indefenso hormiguero.
Por lo tanto, ¿Cuál es la situación del hombre cuando experimenta el choque entre la intuición de la extinción divina y la pervivencia de una dimensión religiosa que abomina perder? Se produce un choque de colosos. Duby y Steiner lo han explicado muy bien y por variados caminos. Las principales ideas que vertebran las civilizaciones humanas –ésta lo es- se caracterizan por ofrecer una pertinaz, obstinada, testaruda resistencia. Y de entre todas ellas, la concepción antropológica de un deus ex machina se lleva la palma. Lo sabe la lagartija en su torpe escapada a la pata coja, como un equilibrista sin vara. Y es que el hombre sin Dios es como un niño con un eterno porqué en la boca: puro abismo y papá al psicólogo. A la angustia por el vacío ocasionado por la pérdida de una explicación global, le sigue el gesto de restitución, un intento de hallar una religión substituta y vicaria, en terminología de Steiner. Por eso se metamorfosea. Que no nos den gato por liebre, exclaman los extremistas islámicos, los fetichistas del pie o los partidarios de la corteza de limón en el gintónic. Conozco a gente –por lo general, buenas personas aunque parezca increíble- que te invitan a cenar y te relatan, como si les fuera en ello la vida, la aventura de cómo eligieron el color de cuarto de baño o la exacta distribución de los electrodomésticos de la cocina. Y tienen razón, pobres infieles. Siempre les respondo con un gesto de aprobación, tendrían que ver ustedes sus ojos implorantes (y además, me da miedo que me pongan una bomba bajo el chasis si expreso objeción, renuencia o duda).
Siempre pesa más el miedo que la abulia, y por eso siempre queda otra vuelta de tuerca tras la mampara de ese dios transformista. Se transforma porque hay que conciliar la evidencia de Ruanda, Tahití -o Ernest Maragall- con la necesidad de echarle las culpas al clero y, a ser posible, hacer chistes de sotanas.

La historia mayúscula certificó que Dios no existe, pero en la minúscula, más que desaparecer se trasviste. Teníamos noticias de esa afición al carmín. Los cronistas medievales dieron cuenta de cuantas calamidades pudieren evidenciar la noción de un Dios glorioso frente a un hombre entregado al horror. Poco después, el gótico fue capaz de levantar Santa Maria del Mar en Barcelona (mamá suele ser más comprensiva), y en el s. XV se convierte en un niño de pañales al que toda tía soltera pellizcaría los mofletes. Así que las transformaciones no son nuevas, pero la última es simplemente espectacular. La obra de un genio enfermizo, diría Mortadelo. Dejó de ser ya el Dios piadoso de los cristianos, ya el atronador coloso del Antiguo Testamento, el iracundo proveedor de plagas y hambrunas: se metamorfoseó en un rubicundo holgazán. Más displicente, caprichoso y desmañado que olvidadizo.

Ciertamente los dioses viven todavía / pero allá arriba, sobre nuestras cabezas, en un mundo distinto. / Allí actúan sin tregua, y no parece que les inquiete si vivimos o no.

En los versos de Novalis, los dioses se han largado y sólo tenemos constancia de su presencia porque olvidaron cerrar la puerta y sus voces aún se entreoyen, aunque del todo incomprensibles. El dios ausente de los románticos retoma en esos versos el aire de familia con el dios de la modernidad televisada. Es el Dios resultante de la extinción no tolerada. Baja la guardia, y no por piedad sino por indolencia. Se volvió pijo. Acostumbrado a que le planchen las camisas –convenientemente rotas, de marca y dobladillo del revés- y a no dar palo en el agua, resulta odioso. No madruga, ni coge el metro, ni pisa la calle en el frío amanecer otoñal. Desayuna tarde en la cama y sin desperezarse resuelve el fatigoso trámite de la creación en un santiamén, arrojándonos malamente al mundo. No es un castigo, es abulia y prisa, porque nada sabe de ganarse el pan con el sudor de la frente. Y queda el hombrecillo transpuesto en su balbuceo. En pocos años se preguntará el porqué. El ‘caganer’ entusiasma a los japoneses porque es de universal abolengo su condición. Tal desaliño conductual –célebre expresión entre pedagogos- invita a pensar que, mientras tanto, el viejo rejuvenecido se habrá largado en su descapotable a jugar una partida de tenis, en una pista donde el sol reluce hermoso y las rubias aplauden enfundadas en pantaloncitos blancos. ¿Y aún se preguntan en quién se inspiran los arrogantes adolescentes que inundan las aulas con su salobre autoestima de testosterona? ¿De quién se acuerdan cuando se bajan los pantalones a media nalga y cabalgan sus motos de triste cilindrada –rodilla en el suelo- por una carretera de cantos afilados? No hace muchos años era Lear, vencido pero muy mayor, quien enseñaba los calzoncillos al respetable, antes de abandonar el escenario y la vida, dejando, como único testimonio, una cagarruta que se llevaba todos los aplausos. Salgo a la calle, buenos días y ¡vayan con Dios!

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