De regreso a casa, y desde mi enigmática mirada daltónica, quería hablarles de los improbables colores de los campos en el horizonte del retrovisor. La comida ha terminado tarde y ya oscurece, pero pude aún observar como se helaba la tarde en las estalactitas transparentes que colgaban de unas mesas intempestivas en el exterior del restaurante, un lugar escondido bajo las montañas de Bellmunt. La carretera está vacía a esas horas de nadie. Esa hora precisa en la que uno advierte que debería ir al optometrista porque aunque lee todavía sin demasiado esfuerzo, los ojos se rinden al intentar fijar límites precisos a los contornos de los rostros que pasean alrededor. La tierra de los breves cultivos ennegrece, pero aguarda un último refulgir de luz cobriza que les otorga una apariencia metálica y que convierte en un misterio la flor que los árboles grisáceos volverán a dar. En este paisaje navideño no hay nieve, pero si hay niebla. Una niebla alta que libera los perfiles de las ondulaciones del llano y lo corta con precisión horizontal como si alguien hubiera bajado una cortina blanca.
Sobre esto pensaba hablarles mientras conducía y advertía ya un aviso de algo triste que sé que hay en los medidos amaneramientos con los que conversaremos sobre vinos y gastronomía, sobre la educación de los críos -aún muy pequeños los de casi todos y los de algunos aún por venir o en vía de llegar muy pronto-. No es una tristeza trágica, porque no hay tensión, ni lucha encarnizada, ni gesto barroco en nuestra época que no tiene potencias divinas a las que enfrentarse. Al menos para nosotros que vivimos privados de Naturaleza y sentido de lo Sagrado. Para nosotros no.
Mi generación está en mitad de la treintena. La mayoría abandonamos la edad de los estudios y los trabajos pendencieros tras las barras de los bares, la simpatía con que nos sacábamos unas perras al cuidado de los sobrinos menores, las horas de lectura de alquiler para oscuras editoriales de renombre y las colocaciones veraniegas en las que se confundían trabajo y ocio, noche y día y celebración -mucho más agotadora en el recuerdo de lo que nunca fue-. Lo dejamos atrás, pero casi ninguno lo hizo para tomar el mando. Jamás hemos sitiado plaza alguna y los puestos de vanguardia aún no nos pertenecen. En algunas noches lúcidas, en las que hablaremos de vino, niños y de crisis económica, alguno observará que eso ya no habrá de ocurrir. Ahora no reuniremos y el abrazo, no lo duden será calido. Pero no alegre. A Juan le han dicho que le despedirán en pocos meses. Ana está en situación parecida, aunque que le ha costado horrores hacerse un hueco en su agenda de trabajo para estar hoy aquí. Desconoce los domingos. Y yo añoro con disimulado desconsuelo la manera displicente que tenía Mar de dejar caer las sandalias en el suelo y recogerse con los brazos las rodillas cruzadas sobre la silla de la terraza en la que nos sentábamos. No serán nuestros los puestos de vanguardia porque ya no basta con la lógica de la demografía y la inefable certeza del relevo generacional como el devenir mismo de las estaciones. La herencia que primero se retrasó, ahora se nos representa vacía, pueril –o senil- como un arma cargada de nostalgia. El poder y el sueño de transformación están en otro lugar. Ni en las aulas, ni en las fábricas; tampoco en los escaños, ni en la empresa. Nuestra identidad es espuria e incompleta. Y toda identidad es una invención contra la incertidumbre. Mar se sirve una copa y asegura que el heroísmo se halla en los detalles más banales: levantarse con dolor de espalda y llevar a los hijos al pediatra, ayudarles con los deberes y en hacer cena decente. Es una lucha cuerpo a cuerpo, sin apenas armadura, en una historia animal que no desdeña el drama ni la evidencia de los amores y los odios en el espejo de la muerte que los hijos imponen, cuando todo va bien, a nuestra mirada. Más pronto que tarde se alzarán para proclamar que eso que los cuento es sólo que nos hacemos mayores. Pero yo no estoy de acuerdo. Algo está ocurriendo que nos despoja de lo que debería ser responsabilidad nuestra. Desconocemos casi todo de la ley que nos gobierna y nos constriñe. La Naturaleza vuelve a presentarse como la manifestación de lo Sagrado. Las vidas son un misterio como una maleza impenetrable en la que se revela la Voluntad ajena y nos agachamos asustados, copa de vino en mano. Demasiado asustados por lo desconocido para pavonearnos por este escenario en los actos que creíamos tener asignados para, por lo menos, fracasar sonoramente.
miércoles, 4 de enero de 2012
CRISIS FINANCIERA, UN UMBRAL (1ra parte)
CRISIS FINANCIERA, TEOLOGÍA (2nda parte)
Cada vez que oigo hablar de mercados financieros, me doy cuenta de que entramos en otra edad de la superstición. Especialistas en economía leen signos esotéricos e interpretan oráculos en las encuestas y estadísticas, en los índices demográficos, en siglas del todo impermeables al buen juicio y en los productos bursátiles -los complejos y los que vienen en tetrabrik.
Escondidos en la bravuconería del tecnicismo -como el médico soberbio que no admite su desconcierto- auguran nubarrones en cielos cenicientos, a la vez que afirman su sinsentido despachando que los ciclos son impredecibles, los mercados son infalibles pero inefables. Vuelvo a la idea porque tiene miga: infalibles e inefable -tal cual-. Así las cosas, no le estañará -amigo, hipócrita y desconcertado lector- que prediga que volveremos a la superstición, porqué vivimos aplastados bajo el peso del misterio, o sea, las leyes inescrutables del mercado. Es por ello que así a lo tonto me voy a Grecia -coqueta casualidad- y aventuro el nuevo advenimiento de lo trágico: la tragedia retomará su sentido arcaico y genuino, en el que los hombres se muestran desdichados por la materialización de la ley, que les es ajena e incomprensible. Observen el aire de familia: los antiguos podían maldecir su condición y su suerte, pero no dudaban de la existencia de un orden rector que explicaba sus pesares, aunque las razones no les fueran reveladas, totalmente opacas al entendimiento. En eso consiste la tragedia. Es incomprensión, además de desmesura; desproporción entre falta y castigo, pero no es incertidumbre, en tanto en cuanto , presupone la existencia de la Ley. Esta puede parecer injusta, e incluso caprichosa, pero nunca ausente. Shakespeare y Faulkner aún fueron trágicos porqué se refirieron a eso con su historia de ruido y de furia contada por necios. Al otorgar la voz a los desconcertados, imbricaban su relato con el de les atenienses. Pero es una brillante jugarreta, porque en términos de estricta historia de las mentalidades, cuando Occidente dio por finalizada la ardua tarea de prescindir de Dios -ese necio- se liberó del misterio para entrar primero en la edad confiada de la Razón y después en la banalidad o la nostalgia. Es decir, fracasó la razón en su afán sistémico, y al derrumbarse pudo apreciarse su magnífico logro: un escenario vacío. La empresa inconcebible de liquidar al tramoyista había sido un éxito, sí. Más que rápido la ciudadanía regente se nos antojó poca cosa sino un esfuerzo de responsabilidad desmedido. Así fue, seguramente, porqué como imaginó Arthur Koestler, el cerebro humano consta de dos mitades: una pequeña parte ética y racional, y otra dominante, mucho mayor, que se le impone en su irracionalidad, violencia y empeño territorial; muestra rasgos animalizados, se yergue temblorosa de miedos y vive gobernada por el deseo y el instinto. La primera concibió la democracia y las ideologías, que han sido el aparato más sofisticado y duradero de la edad del optimismo y, a la vez, la expresión más llamativa de su fracaso. Instrumentalizada por el relativismo de los idiotas, creyó en el gobierno de los iguales antes que en la igualdad ante la ley y las oportunidades. El Dios trágico de la incertidumbre de Hamlet, el sospechoso de estupidez, era sin embargo una divinidad demiúrgica. Estúpida, pero origen de todo poder y orden conocido. Ahora, en cambio, la estulticia que procede de la soberanía del pueblo corona princesas con el cetro del mando del televisor y con tal gesto abandona cualquier autorictas que pudiera poseer. De esta ausencia de poder ciudadano, inhabilitado por omisión, procede la nueva omnipresente trascendencia de los Mercados. Es cierto que vienen a sustituir ese vacío, como en los primeros tiempos lo hicieron las ideologías. Estas fueron fruto de la confianza en los productos humanos y tal vez podamos aceptar que se mostraron insuficientes e ingenuas en su afán global, sustitutivo y teológico. Pero su caducidad no implica que periclitara la necesidad de las ideas, del pensamiento para hacer frente a la disgregación de la soberanía intelectual y política que amenaza el individuo contemporáneo. A diferencia de las ideologías y los hombres, los Mercados se han mostrado muy eficaces en la tarea de suplantar divinidades. Comparten atributos de omnipresencia e invisibilidad, sus caminos son en todo caso inescrutables. Sirva de ejemplo el cinismo desnudo con que se propone enfrentar la crisis con los mismos instrumentos que la generaron. Pero más vale callar, porque como dijo el cluniense Raoul Glaber, “no se puede ver a Dios directamente”. Por esta razón, la Naturaleza -el medio- recuperará la apariencia de un bosque selvático donde se pueden encontrar las huellas de lo Sagrado. Por analogías místicas podemos intuir su voluntad, aunque no esclarecerla, y podemos levantar un arte moral de sacrificio y penitencia, de humildad y de obediencia: recortes y austeridad. ¿A qué les va sonando el sainete?
Entonces, para nosotros que fuimos laicos y ateos, relativistas y espontáneos -y sexys-, vuelve la superstición y la tragedia en su sentido primigenio. Recuperaremos el misterio de lo sagrado y el universo creado volverá a hablarnos encarnado en el paisaje de campos ennegrecidos y en el ciclo de las estaciones. El poder, estático, no será para nosotros. No sé -¿quién osaría?- si los hombres de la Iglesia volverán, como Glaber en el año 1000 en occidente, a escribir sobre “cadáveres amontonados en los osarios y multitudes hambrientas como lobos persiguiéndose mutuamente para devorarse los unos a los otros”. Pero si sé que con el misterio vuelve la miseria para confirmar la indignidad del hombre y el acaparador poder de Dios y los mercados. Ya hemos vuelto a la superstición.
Entonces, para nosotros que fuimos laicos y ateos, relativistas y espontáneos -y sexys-, vuelve la superstición y la tragedia en su sentido primigenio. Recuperaremos el misterio de lo sagrado y el universo creado volverá a hablarnos encarnado en el paisaje de campos ennegrecidos y en el ciclo de las estaciones. El poder, estático, no será para nosotros. No sé -¿quién osaría?- si los hombres de la Iglesia volverán, como Glaber en el año 1000 en occidente, a escribir sobre “cadáveres amontonados en los osarios y multitudes hambrientas como lobos persiguiéndose mutuamente para devorarse los unos a los otros”. Pero si sé que con el misterio vuelve la miseria para confirmar la indignidad del hombre y el acaparador poder de Dios y los mercados. Ya hemos vuelto a la superstición.
miércoles, 9 de noviembre de 2011
UNA SEMANA Y ALGO MÁS
09 noviembre.
“Y yo qué sé lo que significa el poema, no lo he leído porque no me gusta, porque es una mierda”. Anónimo de ayer en alguna aula de este país.
Querido Ramón,
Me acuerdo de esos días en los que siempre salía en tu defensa cuando algún compañero de la facultad te acusaba, entre risas, de ser un pedante. Siempre dije que no lo eras, que simplemente te adiestrabas. Ahora, en cambio, y a pesar del trato continuado, sigue sorprendiéndome la altivez de mis muchos alumnos, a los que tanto les cuesta descubrir el punto de coincidencia entre libertad de expresión, el lenguaje y el pensamiento crítico. Pero hay que comprender que el lugar común de nuestra época es la democracia de masas, o lo que viene a ser lo mismo, la democracia de los apolíticos.
Llevamos años fomentando la noción de que lo importante es la exposición de nuestras opiniones, cuyo valor reside en que sean nuestras, independientemente de que las expresemos con corrección. La elocuencia se ha convertido en un fósil inservible, cuando no sospechoso. Sin embargo, la pobreza de recursos lingüísticos sugiere, más que nada, una carencia del pensamiento. Ni las ideas adquieren valor por ser nuestras, ni mucho menos serán, por ello, originales. Más bien al contrario. Lo espontáneo suele ser universal por ser humano, demasiado humano, comúnmente humano. Humano y trivial, y cómo no, tribal. La confusión que nos lleva a creer que libertad de expresión significa que toda opinión vale lo mismo, es equivalente a la que confunde pensamiento original con espontaneidad. Eso explica lo que dice Tony Judd. Cada vez que un profesor, todo acopio de buenas intenciones, anima a sus alumnos a expresarse sin la cortapisa de la atención a la forma del lenguaje con el propósito de favorecer el pensamiento libre, celebra un canto de despedida a la política y la democracia.
Mi único matiz, una duda razonable de que el docente tenga algún protagonismo en todo esto, aunque al final -eso sí- uno tiende a evitar ser tachado de colaboracionista. Palabra fea, al menos en la Europa que conoció los fascismos. Tal vez nada pueda el maestrillo, pero sólo le cabe intentar ser oposición, resistencia, alternativa.
Cada día estoy más persuadido de que educar es poco más que enseñar a poner comas y promover la vergüenza y el llanto de los que se equivocan. Tony Judd acaba este bolero: "En clase de alemán seguían insultos a los errores. El profesor Joe nos aterrorizaba, pero lo adorábamos". Yo no tengo tanta sangre fría, pero me conmueve oír a un "proge" que se posiciona de acuerdo con mis pesadillas.
06 noviembre
I. Dice Josep Ramoneda, “El instinto de conservación no es natural, es cultural. El terrorista suicida es la demostración”. Los que no acuden a las urnas y los que se proclaman apolíticos, también.
(Nota de la libreta a los sucesos de Londres y los huevos de los indignados en el Parlament).
II. Cuando se dice que el camino de la indignación no es la violencia, se acierta. Pero la violencia siempre aguarda. Algunos han olvidado que la principal razón por la que inventamos la socialdemocracia es el egoísmo y el interés propio. Cuánta más desigualdad y menor redistribución, más escasas son las razones para no ver a la bella esposa del vecino, la comodidad de su segunda residencia.
La socialdemocracia es el pacto de no agresión al salir de la oficina, ya muy tarde y muy de noche y muy cansados. Nació cuando nos dimos cuenta de hay una enorme violencia en la distancia entre lo que yo tengo y lo que tu eres, porque quién tiene se permite no ser sólo lo que posee.
03 noviembre
Desayuno con Martha Mackennzie (Presidenta de los estudiantes de Oxford) en la contracubierta de "El País".A propósito de los disturbios de Londres del pasado verano dice que se sintió sobrecogida al advertir "que la sociedad es muy frágil, que se mantiene en pie porque la gente cree en al ley y en el respeto mutuo, pero vi que rápido se puede desintegrar".Yo más bien pensé que deberíamos replantearnos la psicología de las masas. La masa sigue siendo una marea, pero una marea cuya única unidad compartida es el individualismo. De ninguna manera se pudo considerar una revuelta, puesto que no hubo signo de subversión, es decir, de inversión del orden. Al contrario, se tomaron las calles como consecuencia del malestar social, cierto; pero sólo encontraron una forma de expresión: los televisores de plasma y las bambas de diseño. No fue una revuelta, sino la apoteosis del orden dado. El síntoma más exacto de qué clase de sujeto histórico -ya me disculparan, o mejor no lo hagan- la religión planetaria del consumo, que algunos se atreven a llamar liberal.Así que, dulce Mackenzie, debo decirle que nada se desintegró, a no ser que consideremos la posibilidad de desintegrarse por implosión.
“Y yo qué sé lo que significa el poema, no lo he leído porque no me gusta, porque es una mierda”. Anónimo de ayer en alguna aula de este país.
Querido Ramón,
Me acuerdo de esos días en los que siempre salía en tu defensa cuando algún compañero de la facultad te acusaba, entre risas, de ser un pedante. Siempre dije que no lo eras, que simplemente te adiestrabas. Ahora, en cambio, y a pesar del trato continuado, sigue sorprendiéndome la altivez de mis muchos alumnos, a los que tanto les cuesta descubrir el punto de coincidencia entre libertad de expresión, el lenguaje y el pensamiento crítico. Pero hay que comprender que el lugar común de nuestra época es la democracia de masas, o lo que viene a ser lo mismo, la democracia de los apolíticos.
Llevamos años fomentando la noción de que lo importante es la exposición de nuestras opiniones, cuyo valor reside en que sean nuestras, independientemente de que las expresemos con corrección. La elocuencia se ha convertido en un fósil inservible, cuando no sospechoso. Sin embargo, la pobreza de recursos lingüísticos sugiere, más que nada, una carencia del pensamiento. Ni las ideas adquieren valor por ser nuestras, ni mucho menos serán, por ello, originales. Más bien al contrario. Lo espontáneo suele ser universal por ser humano, demasiado humano, comúnmente humano. Humano y trivial, y cómo no, tribal. La confusión que nos lleva a creer que libertad de expresión significa que toda opinión vale lo mismo, es equivalente a la que confunde pensamiento original con espontaneidad. Eso explica lo que dice Tony Judd. Cada vez que un profesor, todo acopio de buenas intenciones, anima a sus alumnos a expresarse sin la cortapisa de la atención a la forma del lenguaje con el propósito de favorecer el pensamiento libre, celebra un canto de despedida a la política y la democracia.
Mi único matiz, una duda razonable de que el docente tenga algún protagonismo en todo esto, aunque al final -eso sí- uno tiende a evitar ser tachado de colaboracionista. Palabra fea, al menos en la Europa que conoció los fascismos. Tal vez nada pueda el maestrillo, pero sólo le cabe intentar ser oposición, resistencia, alternativa.
Cada día estoy más persuadido de que educar es poco más que enseñar a poner comas y promover la vergüenza y el llanto de los que se equivocan. Tony Judd acaba este bolero: "En clase de alemán seguían insultos a los errores. El profesor Joe nos aterrorizaba, pero lo adorábamos". Yo no tengo tanta sangre fría, pero me conmueve oír a un "proge" que se posiciona de acuerdo con mis pesadillas.
06 noviembre
I. Dice Josep Ramoneda, “El instinto de conservación no es natural, es cultural. El terrorista suicida es la demostración”. Los que no acuden a las urnas y los que se proclaman apolíticos, también.
(Nota de la libreta a los sucesos de Londres y los huevos de los indignados en el Parlament).
II. Cuando se dice que el camino de la indignación no es la violencia, se acierta. Pero la violencia siempre aguarda. Algunos han olvidado que la principal razón por la que inventamos la socialdemocracia es el egoísmo y el interés propio. Cuánta más desigualdad y menor redistribución, más escasas son las razones para no ver a la bella esposa del vecino, la comodidad de su segunda residencia.
La socialdemocracia es el pacto de no agresión al salir de la oficina, ya muy tarde y muy de noche y muy cansados. Nació cuando nos dimos cuenta de hay una enorme violencia en la distancia entre lo que yo tengo y lo que tu eres, porque quién tiene se permite no ser sólo lo que posee.
03 noviembre
Desayuno con Martha Mackennzie (Presidenta de los estudiantes de Oxford) en la contracubierta de "El País".A propósito de los disturbios de Londres del pasado verano dice que se sintió sobrecogida al advertir "que la sociedad es muy frágil, que se mantiene en pie porque la gente cree en al ley y en el respeto mutuo, pero vi que rápido se puede desintegrar".Yo más bien pensé que deberíamos replantearnos la psicología de las masas. La masa sigue siendo una marea, pero una marea cuya única unidad compartida es el individualismo. De ninguna manera se pudo considerar una revuelta, puesto que no hubo signo de subversión, es decir, de inversión del orden. Al contrario, se tomaron las calles como consecuencia del malestar social, cierto; pero sólo encontraron una forma de expresión: los televisores de plasma y las bambas de diseño. No fue una revuelta, sino la apoteosis del orden dado. El síntoma más exacto de qué clase de sujeto histórico -ya me disculparan, o mejor no lo hagan- la religión planetaria del consumo, que algunos se atreven a llamar liberal.Así que, dulce Mackenzie, debo decirle que nada se desintegró, a no ser que consideremos la posibilidad de desintegrarse por implosión.
sábado, 8 de octubre de 2011
EL HOMBRE SIN ATRIBUTOS (o de la política)
Pocas cosas han tenido tanto valor en estos últimos meses como los fantasmas desaliñados de los indignados que recorren las calles si no de Europa, de Madrid y Barcelona, tal vez Nueva York. Y es bien cierto que, hijos -con ira et sine studio- del rock, la televisión y la minifalda del 68, avanzan como equilibristas por un hilo de pescar sin saber si caerán del lado de la política o del relativismo salvaje. En el peor de los casos, al negar la política, se habla de ella, algo a lo que ya no estábamos acostumbrados, más aún cuando en nuestras comunidades hemos hecho todo lo posible para orillar la presencia de los muertos de nuestro día a día. Pero al pisar la calle para algo que no sea un botellón -o un atracón de paella-, contradicen el natural comportamiento que se espera de los ciudadanos según la visión hegemónica del mundo que nos hemos dado en occidente. Nuestras democracias de masas -construidas sobre la base del mito del Progreso y del Igualitarismo- suelen más bien resolver el conflicto de la divergencia con el imaginario del multiculturalismo. Y es bien cierto que el multiculturalismo es la metáfora que más concisamente nos define. Pero no -o no tanto- en el multiculturalismo que imaginamos colorido de negros, blancos y mestizos, entre musulmanes, católicos y ateos, que en toda forma de combinación pizpireta se mezclan con dipsómanos, abstemios, partidarios de Hermes o del pantalón pitillo. Este no, sino ese que hace coincidir con gran francachela cósmica, y en un mismo planeta, a los Steiners con las Esteban y con los Albiol. Con estos y con el noventa por ciento de la humanidad que prefiere a los segundos, ya sea como tema de conversación en los momentos de asueto o como papeleta escogida llegado el caso de acudir a las urnas ¡Eso si es diversidad! De modo que si en democracia hay que hablar de política y de crisis, habrá que hablar de estos. Porque hay una ética irremediablemente ambigua en la esperanza ilustrada que se arroga la presunción de que el ser humano escogerá la verdad, la bondad y la belleza, si se le ofrecen las condiciones favorables; una ética que no es otra que el cimiento fundamental del pensamiento sobre la viabilidad de la democracia y su justificación primera. Porque es de ahí de donde nace la única objeción que se le puede hacer a la sentencia, recurrente en estos días, de que nuestra crisis es simplemente que la economía y los intangibles mercados le han ganado la batalla a la política. De hecho, sorprende que a alguien le quede alguna duda. Pero el argumento, con ser cierto, comete pecado de omisión. Si hemos vivido -y seguimos en ello- bajo el totalitarismo de la indiferencia que ha finiquitado la política, es por el triunfo del neoliberalismo cultural que se construye sobre la negación de la verdad, ese pez escurridizo que obsesionó a Kant y de cuya captura -o del arrojo empleado en el intento- debiera depender nuestro acceso a la sociedad de los mayores. Tal cuál como sacarse el carnet de conducir, ganarse el reconocimiento entre los cazadores del poblado o votar –al menos cada cuatro años. Mi amigo J. opina que, en este sentido, alguna presa deberíamos exigir a ese 30% de púberes de barba recia que no le dan al título de la ESO ni con escopeta de doble mirilla -también llamada escuela inclusiva.De varias generalidades nos habla nuestra crisis. Para empezar está el egoísmo perezoso. Luego, y en mayor medida, nos advierte sobre la disolución de los conceptos de verdad, valor y cultura -no lo duden, nuestro país odia la cultura, por no decir que aborrece hasta la violencia cualquier cosa que huela a intelectual. Y al final, hace evidente la subversión de la premisa igualitaria "un hombre, un voto" por "cualquier hombre, cualquier voto". Cuando de las tres nace la Indiferencia que todo lo puede, vence quién luce mejor músculo, porque nadie le ofrece resistencia. Porque los mercados serán neutrales, pero no indiferentes; casi anónimos, pero no desinteresados ni inconscientes, en absoluto carentes de apetitos. Por un lado, la nuestra es una crisis de delegación, "¿para eso les pagamos sueldos vitalicios y estratosféricos?, proclama lo que queda del Pueblo. Por el otro, la erótica de las piscinas que tan bien expresan las imagenes de mis imputados favoritos: Camps y Alabedra.
Dos ausencias políticas explican nuestra crisis. Dos ausencias que han dejado a la política "eterizada sobre el cielo", lista para ser embalsamada. La primera corresponde al ciudadano que, un viernes de invierno de hace un año, maldecía a los políticos en el bar de la estación y en la tele aparecía un portavoz asegurando que contra la crisis no cabían sino medidas sociales. Corresponde a ese mismo ciudadano que, en un lunes de invierno de hace un año maldecía a los políticos, mientras en la tele un portavoz anunciaba un plan de austeridad. La segunda ausencia es la de la izquierda política, desaparecida desde hace más de un lustro de toda plaza de poder en Europa. Salvo en España, lo cual es broma, los partidos socialdemócratas no están en los gobiernos, ni se les oye, ni se les espera. Todo discurso político que hayamos podido escuchar pertenece a la voz hegemónica de los conservadores, o mucho más exacto, a los neoliberales -prácticamente lo contrario al liberalismo del que dicen ser albaceas o herederos-. Es decir, una voz que pertenece al ámbito del silencio -algo evidente cuando quien habla es Rajoy-. Palabrería que pertenece al Silencio mucho más que al discurso y a la crítica. Y es así porque el único liberalismo que conocen pertenece a lo económico, pero jamás al pensamiento. Esa es la única visión o representación del mundo que nos ofrecen. Única y cercenada visión de lo humano. Silencio porque su propuesta política es abolir definitivamente la política. La política desaparece en manos de la común indiferencia y de la propia política que en manos del partido liberal europeo sólo requiere del Estado para presumir de semáforos, Aves o reparto de bulas cuando recetan ayunos. Un harakiri colectivo y ritual que no devolverá ningún honor a lo que nunca debió ser oficio, porque siempre fue una dignidad moral y un atributo consustancial al ser humano. Después de la caída del muro de Berlín sólo un elemento puede permitirnos distinguir entre izquierdas y derechas: la apuesta por la supervivencia de la política; Europa será Política o no será. Al fin y al cabo, les aseguro que en China saben aún más de liberalizar mercados y encoger derechos.
Me pregunto acerca del tipo que en el bar maldecía ¿No es acaso demasiado miserablemente ingenuo protestar contra los muertos? Pero contra todo pronóstico, los indignados tendrán y podrán decidir. Basta con que sean muchos y luego sólo nos quedará esperar a ver si, como dice el último gestor cultural que ha llegado a la oficina, es verdad que tenemos la tele que nos merecemos. Y quién dice tele dice trigo, o circo, o lo qué fuera menester.
sábado, 1 de octubre de 2011
EL MAPA Y EL TERRITORIO
Casi como en un anunció televisivo de humeante chocolate a la taza, uno acaba el día razonablemente satisfecho. Incluso bastante satisfecho. Acaba las últimas páginas de una buena novela –incluso una muy buena novela. Leída en un tiempo prudencial, la contracubierta en el regazo le observa e indica que septiembre ha ido bien. El estudio está ordenado, más lecturas de las previstas y las horas de trabajo han sido fructíferas, le han reportado, incluso, algún obsequio inesperado. Y ella sigue ahí. No voy a hablar de ella, pero sería una omisión grave no mencionarla al menos. Y aun que es cierto que los mercados siguen con su aburrido, estúpido e inmoral chantaje, y una pinchazo en el muslo como una descarga eléctrica me recuerda los dolores del pasado invierno y anuncia los que vendrán, el día acaba bien. Incluso ese calambre agorero parece hoy nada más que una advertencia senequista, “escasa es la porción de vida que la mayoría de los hombres viven”, la única que habrá de conducirnos con cierta lucidez a las cuentas finalmente rendidas. Y yo llevo casi veinte días cumpliendo con las amables exigencias que me insufló el agosto reposado y optimista. De uno en uno se presentan los días, y abandono Houellebecq con apenas un inapreciable calor que sospecho nació de la victoria ligera en esos días, de uno en uno. Y entonces, de nuevo, la pregunta que en agosto casi no me incomodaba, ni sentí apenas mía y que ahora me interpela sin que sepa qué tendrá que ver conmigo para producirme malestar. Lo que debiera ser nada más que una preocupación intelectual o, en todo caso, una llamada a la acción se transforma, repentinamente y tal vez sólo porque la noche avanza, en un embargo de desolación que se disgrega y esparce como si quisiera engullir el mundo entero tal que niebla, hasta el confín más indiferente del paisaje. Y no han sido los adolescentes que bajo mi balcón desconocen casi todo, pero gritan como si en alta mar les azotará la tormenta y de la voz de alerta debiera volar un cable salvador, cuando ya la noche ha caído, y es otoño, y lo demás es silencio. Y gritan porqué saben desconocer que no parece haber nada más ni alternativa al pulso entre el oscurantismo religioso y el relativismo campeón que nos empujan a la borrachera o a la genuflexión. O a ambas. Ahí el uno con su persistente testarudez en negar al individuo. El otro, un himno al individualismo gratuito, ridículo y grotesco. Este es el edificante espectáculo de las democracias de masas con que nos hemos regalado. Dos caras de la misma indiferencia diferida y conquistada por delegación. En el altar mayor de Esade suelen olvidar que en la cultura del esfuerzo casi todo esfuerzo es entender y que en sus sociedades del conocimiento lo importante es olvidar. Luego está un elegante cinismo, pura resignación de viejos que creieron emanziparse en días lejanos de brumas atávicas. Y cuando ya todo se calma; cuando acaba el baile y termina la verbena de final de verano en el vecino "Casal d'avis", y en la acera los jovenes apuran el trago gravado a un 10% addicional para financiar la sanidad inimaginable de los primeros, entonces, Houellebecq remata: “El triunfo de la vegetación es absoluto”.
jueves, 28 de octubre de 2010
DE COLORES Y CONSERVADORES

Juan suele empezar sus clases de literatura proponiendo un ejercicio muy simple. Dice a sus alumnos más jóvenes que cierren los ojos y que mentalmente recreen los siguientes enunciados. Primero, deben representarse la frase “al sortir el sol” y, a continuación, “Al primer traspuntar d’un ventós solixent d’alta cella vermella”[1]. Es entonces cuando les dice que, en realidad, los dos enunciados significan lo mismo. El aula irrumpe en protestas. El contraste entre las dos imágenes que los alumnos acaban de “ver” es demasiado pronunciado para aceptar que son iguales -¡Por favor, alguno ni tan siquiera reparó en que en la segunda también había un “sol”! - Mequetrefes que no levantan palmo y medio, acaban de descubrir qué es literatura. Por esta razón, sorprenden las escasas ocasiones en que los críticos literarios -ensimismados en el impresionismo o la historia de la literatura mal entendedida - pronuncian claramente que la literatura nace de las tensiones que la forma del discurso provoca en los significados. “Hay que entender la forma como generador de contenidos. Porque es imposible decir lo mismo de formas diferentes”, ha explicado, recientemente Damián Tabarovsky (Buenos Aires, 1967). Eso es exactamente lo que han descubierto los alumnos: La forma, el modo de decir. La variación formal provee de alternativas de sentido. “Flaubert fundó esa línea en Madame Bovary. Fue el primero en ver que el problema era la sintaxis y no el tema”. La imagen de Flaubert es elocuente, digna de estampita. El santo mártir inmolado en el altar de la escritura, cuya obra, laboriosa y pacientemente, consiste en revestirse con las dignidades formales de la poesía, no en unos escasos versos, ni tan siquiera en un poemario, sino a lo largo de centenares de páginas de prosa narrativa a las que exigía los mismos rigores que a una partitura. Una sola página que costó meses escribir, desechada por una disonancia, una nota malsonante. Aceptamos que Baudelaire y Flaubert inventaron, para la literatura, la modernidad y con ella la modernidad misma. Pero si el primero nos brinda los temas, el segundo dicta los hábitos de artista en medio de tanto descalabro. Abolidos los cánones clásicos, en la primera página en blanco que conocimos, Flaubert decide que la literatura será música o no será. Música. Lenguaje sin fondo. Aunque he visto a hombres fornidos llorar al oír el adagietto de la quinta de Mahler, y he visto a otros agitarse excitados en más de un concierto de rock. ¿Llorar sin motivo? ¿Aspavientos sin tema? No exactamente. La literatura procede de la ruptura con el modo ordinario, común y gregario de decir. Si decir de un modo distinto es, consustancialmente, decir otra cosa, la literatura es tierra fértil de provisión de significados, en ningún modo ajena a traerse lo referencial bajo el brazo. Cuando Adán, el casquivano, renueva el acto de creación y dominio del mundo al nombrar sus piezas, levanta monumentos cuya principal función es permanecer. Flaubert, al componer, les pone dinamita en los cimientos y los entrega a la historia en un gesto que no puede ser más democrático a la vez que elitista ¿Por qué sino Mallarme, al inaugurar el festín de lo caleidoscópico con una cierta alegría de fuegos de artificio, sigue con rictus de pastor protestante y el ceño severo de un erasmista?
Esta formulación de lo literario aparece implícita desde el formalismo ruso, pero a menudo se ha entendido mal (los formalistas se entendieron mal incluso a si mismos). Porque tratando de forma y contenido, no se trata de lo uno o lo otro, sino de lo uno y lo otro. La variación o el cambio, I will show you fear in a handful of dust[2], obliga a detener la atención sobre aquello a lo que ya estábamos acostumbrados y que, por supuesto, no discutíamos. Así empieza “La Tierra Baldía” y como observarán, no dice exactamente lo mismo que el refrán*:
Abril es el mes más cruel, criando / lilas de la tierra muerta, mezclando / memoria y deseo, removiendo / turbias raíces con lluvia de primavera.El invierno nos mantenía calientes, cubriendo / tierra con nieve olvidadiza, nutriendo / un poco de vida con tubérculos secos / El verano nos sorprendió, llegando por encima del Satrnbergersee con una tormenta.
Como una tormenta. Así irrumpe lo literario en el apacible hogar del lenguaje doméstico. En su “Carta a Lord Chandos”, H. von Hofmannsthal explica que el resultado de su experiencia con la escritura le obliga ha revisar todo lo que daba por supuesto, “las distintas palabras flotaban alrededor de mi”. Ni las palabras, ni las cosas, ni las personas “lograba aprehenderlas con la mirada simplificadora de la costumbre”. Pone en crisis el decir corriente y habitual porque “incluso en las conversaciones familiares y cotidianas se me volvieron dudosos todos los juicios que suelen emitirse con ligereza y seguridad sonámbula”.
La literatura se enfrenta a “las pocas y escasas palabras que un hombre necesita para pasar pacífica y eficientemente por la vida”, reconocen los protagonistas analfabetos con los que Faulkner compone el retrato moral de la miseria que sigue habitando en Occidente. Palabras provisionales convertidas en costumbre. Eficientes pero tristes como el cálido simulacro de bienestar que ofrece la colcha de nieve en el invierno de Eliot. Al alejarnos de lo familiar mediante su efecto de extrañamiento y la ruptura de nuestras expectativas, nos obliga a detenernos de nuevo sobre lo conocido, pone en suspense la atención, pero, sobretodo, nos fuerza a suspender el juicio. La literatura es variación y perversión en su sentido más genuino, es decir, una maniobra alrededor del prejuicio. El extrañamiento es el acto a través del cual el lenguaje se perfora a si mismo en busca de una oportunidad para volver a significar; se inmola como una abeja al clavar el aguijón. En defensa propia, para salvaguardar su dignidad primera: intentar decir el mundo en medio hostil. Porque la literatura mata autores a la vez que resulta irreducible a lo colectivo. Da voz individual a la vez que propone un continuo despertenecerse de lo familiar, del abrigo de lo sabido. Cuando Juan Benet, coqueto y cap calent, declaró que, a diferencia de Faulkner, Joyce “cogió el rábano por las hojas”, nos indicaba que la tensión formal es tan ineludible como ridículo es lucir músculo y entender la forma como un fin. Por esta razón, el “Ulises” se parece cada día más al peor Cortázar, mientras que seguimos maravillados por la lectura de “Los muertos”. La sutileza narrativa más refinada al servicio del silencio que nos permite entender esas vidas minúsculas sobre las que cae la nieve, la misma nieve que cae “sobre las cruces y las lápidas agrietadas, sobre las lanzas de la verja, sobre las áridas espinas” mientras el espíritu de Frey que “se desvanecía lentamente mientras oía caer la nieve mansamente sobre el universo y mansamente caer sobre los vivos y los muertos”.
La conmoción que me siguen causando los últimos 'versos' de "Dublineses", son mi recordatorio permanente de que el experimentalismo es la versión más pobre e ingenua de la lección formalista. Del experimentalismo interesa el efecto. La experimentación no pude ser causa, jamás debe ser intencional, sino resultado. La novedad sólo puede ser el efecto de intentar hacer buena literatura y morir en el intento. Toda buena literatura es, en este sentido, experimental. Y no hay novela experimental alguna que pueda considerarse buena literatura. De ahí que buena parte del arte de los performancers sea un arte conservador bajo la vitola de la vanguardia, de la posmodernidad. Los posmodernos son experimentalitas con bambas de diseño, cada día más parecidos a si mismos y satisfechos con la invención del caballo de juguete. Un arte para convencidos, arte de credo, celebratorio. Aquí la variación es broma. Permanente recreación de un mismo gesto y formas tan antiguas como variables los colores –y humores-. Artistas que se proponen a si mismos como contenido y sentido. No por nada, es lo que queda más a mano. Estetización del artista en el mismo sentido que estetiza mi peluquero. Si la Ilustración fue el pensar desprejuiciado, lo posmoderno es el desaprender desangustiado, es decir, la apoteosis del ego. Cuando el formalismo -probablemente al tratar de explicarse- puso el acento en que la literaliedad era cuestión nacida de la variación formal y, en su empeño, empezó a descuidar las razones que justificaban la aventura, dieron un pase a puerta vacía para que Stalin decidiera incluso cuáles son las flores más adecuadas para decorar rotondas ¡Qué el más cachas o el más simpático se ocupe del sentido! Cuando el performancer -nuestro ego andante o equestre- encaja y resuelve por omisión y renuncia el puzzle entre forma y sentido, se vuelve medieval –con botafumeiro incluido-. Afirma la ausencia de sentido y de repente su Arte vuelve a ser celebración del orden cerrado del universo. Su mitología: la espontaneidad, única liturgia del relativismo. Los caminos del totalitarismo son inescrutables.
[1] Primer verso del “Nabí” de Josep Carner: [Al primer traspuntar de un ventoso sol reciente de alta ceja roja].
[2] [Te mostraré el miedo en un puñado de polvo] T.S. Eliot en “La tierra baldía”.
* “La primavera la sang altera”. Donde el refrán alude al vigor vital y al desorden que este puede ocasionar, el poema de Eliot connota un sentido vinculado con la traición. La primavera renueva el deseo de vivir cuando ya habíamos aprendido y aceptado el valor de la renuncia. La brevedad de las tormentas de verano permite preveer que los deseos retomados fracasarán irremediablemete, como irremediables son los ciclos estacionales.
Esta formulación de lo literario aparece implícita desde el formalismo ruso, pero a menudo se ha entendido mal (los formalistas se entendieron mal incluso a si mismos). Porque tratando de forma y contenido, no se trata de lo uno o lo otro, sino de lo uno y lo otro. La variación o el cambio, I will show you fear in a handful of dust[2], obliga a detener la atención sobre aquello a lo que ya estábamos acostumbrados y que, por supuesto, no discutíamos. Así empieza “La Tierra Baldía” y como observarán, no dice exactamente lo mismo que el refrán*:
Abril es el mes más cruel, criando / lilas de la tierra muerta, mezclando / memoria y deseo, removiendo / turbias raíces con lluvia de primavera.El invierno nos mantenía calientes, cubriendo / tierra con nieve olvidadiza, nutriendo / un poco de vida con tubérculos secos / El verano nos sorprendió, llegando por encima del Satrnbergersee con una tormenta.
Como una tormenta. Así irrumpe lo literario en el apacible hogar del lenguaje doméstico. En su “Carta a Lord Chandos”, H. von Hofmannsthal explica que el resultado de su experiencia con la escritura le obliga ha revisar todo lo que daba por supuesto, “las distintas palabras flotaban alrededor de mi”. Ni las palabras, ni las cosas, ni las personas “lograba aprehenderlas con la mirada simplificadora de la costumbre”. Pone en crisis el decir corriente y habitual porque “incluso en las conversaciones familiares y cotidianas se me volvieron dudosos todos los juicios que suelen emitirse con ligereza y seguridad sonámbula”.
La literatura se enfrenta a “las pocas y escasas palabras que un hombre necesita para pasar pacífica y eficientemente por la vida”, reconocen los protagonistas analfabetos con los que Faulkner compone el retrato moral de la miseria que sigue habitando en Occidente. Palabras provisionales convertidas en costumbre. Eficientes pero tristes como el cálido simulacro de bienestar que ofrece la colcha de nieve en el invierno de Eliot. Al alejarnos de lo familiar mediante su efecto de extrañamiento y la ruptura de nuestras expectativas, nos obliga a detenernos de nuevo sobre lo conocido, pone en suspense la atención, pero, sobretodo, nos fuerza a suspender el juicio. La literatura es variación y perversión en su sentido más genuino, es decir, una maniobra alrededor del prejuicio. El extrañamiento es el acto a través del cual el lenguaje se perfora a si mismo en busca de una oportunidad para volver a significar; se inmola como una abeja al clavar el aguijón. En defensa propia, para salvaguardar su dignidad primera: intentar decir el mundo en medio hostil. Porque la literatura mata autores a la vez que resulta irreducible a lo colectivo. Da voz individual a la vez que propone un continuo despertenecerse de lo familiar, del abrigo de lo sabido. Cuando Juan Benet, coqueto y cap calent, declaró que, a diferencia de Faulkner, Joyce “cogió el rábano por las hojas”, nos indicaba que la tensión formal es tan ineludible como ridículo es lucir músculo y entender la forma como un fin. Por esta razón, el “Ulises” se parece cada día más al peor Cortázar, mientras que seguimos maravillados por la lectura de “Los muertos”. La sutileza narrativa más refinada al servicio del silencio que nos permite entender esas vidas minúsculas sobre las que cae la nieve, la misma nieve que cae “sobre las cruces y las lápidas agrietadas, sobre las lanzas de la verja, sobre las áridas espinas” mientras el espíritu de Frey que “se desvanecía lentamente mientras oía caer la nieve mansamente sobre el universo y mansamente caer sobre los vivos y los muertos”.
La conmoción que me siguen causando los últimos 'versos' de "Dublineses", son mi recordatorio permanente de que el experimentalismo es la versión más pobre e ingenua de la lección formalista. Del experimentalismo interesa el efecto. La experimentación no pude ser causa, jamás debe ser intencional, sino resultado. La novedad sólo puede ser el efecto de intentar hacer buena literatura y morir en el intento. Toda buena literatura es, en este sentido, experimental. Y no hay novela experimental alguna que pueda considerarse buena literatura. De ahí que buena parte del arte de los performancers sea un arte conservador bajo la vitola de la vanguardia, de la posmodernidad. Los posmodernos son experimentalitas con bambas de diseño, cada día más parecidos a si mismos y satisfechos con la invención del caballo de juguete. Un arte para convencidos, arte de credo, celebratorio. Aquí la variación es broma. Permanente recreación de un mismo gesto y formas tan antiguas como variables los colores –y humores-. Artistas que se proponen a si mismos como contenido y sentido. No por nada, es lo que queda más a mano. Estetización del artista en el mismo sentido que estetiza mi peluquero. Si la Ilustración fue el pensar desprejuiciado, lo posmoderno es el desaprender desangustiado, es decir, la apoteosis del ego. Cuando el formalismo -probablemente al tratar de explicarse- puso el acento en que la literaliedad era cuestión nacida de la variación formal y, en su empeño, empezó a descuidar las razones que justificaban la aventura, dieron un pase a puerta vacía para que Stalin decidiera incluso cuáles son las flores más adecuadas para decorar rotondas ¡Qué el más cachas o el más simpático se ocupe del sentido! Cuando el performancer -nuestro ego andante o equestre- encaja y resuelve por omisión y renuncia el puzzle entre forma y sentido, se vuelve medieval –con botafumeiro incluido-. Afirma la ausencia de sentido y de repente su Arte vuelve a ser celebración del orden cerrado del universo. Su mitología: la espontaneidad, única liturgia del relativismo. Los caminos del totalitarismo son inescrutables.
[1] Primer verso del “Nabí” de Josep Carner: [Al primer traspuntar de un ventoso sol reciente de alta ceja roja].
[2] [Te mostraré el miedo en un puñado de polvo] T.S. Eliot en “La tierra baldía”.
* “La primavera la sang altera”. Donde el refrán alude al vigor vital y al desorden que este puede ocasionar, el poema de Eliot connota un sentido vinculado con la traición. La primavera renueva el deseo de vivir cuando ya habíamos aprendido y aceptado el valor de la renuncia. La brevedad de las tormentas de verano permite preveer que los deseos retomados fracasarán irremediablemete, como irremediables son los ciclos estacionales.
viernes, 18 de junio de 2010
LAS TEORÍAS SALVAJES

Los lavabos de la facultad de letras siguen siendo de lo más decoroso que uno puede encontrar en materia de urinarios en el centro de Barcelona. Si no fuera por el rancio olor del dialogismo grafiteado en el interior de las puertas, ajeno a toda métrica, uno llegaría a creer que a las humanidades les queda aún una oportunidad postrera. Como cantaban los Smiths, la barbarie empieza en casa.
Ya allí, para apaciguar otro orden de ansias en el estómago, como el ansia de una deuda olvidada, abandoné toda resistencia a la nostalgia. Me zambullí en la luz fluorescente del cubículo soterrado que aquí llaman cafetería -son gente de vocación civilizada-. Con un líquido al que, con refinado gusto por la ironía, denominan “café” –son también de natural austeros-, dos estudiantes de último curso celebran que dedicarán el verano ha quemarse las cejas como lectores editoriales. En fin, por lo visto, en este país, cada uno celebra lo que le da gana. Al menos, se sabrán a salvo de melanomas estivales.
Sin embargo, aunque van armados hasta los dientes con teoría literaria, también son presa de la angustia. Con clarividencia, observan que, al final, su trabajo consistirá en dirimir qué novela es la buena, cuál la mala. Se trata de una tarea bien simple, la mayoría de las veces; las reconocerán por la ausencia de sujetos y por la rosa en el ojal. Los asesinos juveniles intoxicados con Coca-cola ya figuran en la vitrina de fósiles irredentos de la era blogger ¡Cuánta nostalgia de Kerouac y Camus en cada hora frente a la MTV! Estaban mal escritos, no lo desmentiré, pero ¡Cuánta ternura había en ese matar de aburrimiento! Pero de tarde en tarde la cosa se complica, un cuerpo extraño asoma entre la pila de originales. Y entonces, esa tarea al alcance de primates, se vuelve una empresa imposible. Entonces, decidir-se –porque eso se decide más que se discierne- exige aceptar que ves a oscuras, puesto que la sombra de Gide desechando La recherche sigue intimidando al más pintado con la amenaza del ridículo secular e imperecedero. Además, en estos menesteres, todo juicio es interino. Por escasas que sean las luces que a uno alumbran, comprenderá que, una vez cometida la osadía, sólo el tiempo otorga, a los nuevos, la oportunidad de competir, lomo contra lomo, con los viejos. Es el Tiempo quien impide que los últimos se escabullan de jugarse, con aquellos, fortuna y derecho de descansar desde hoy, durante los tiempos venideros y hasta el final de los días, apoyados en sus cubiertas.
Con semejante losa encima, los jóvenes estudiantes siguen conversando acerca del método. El Método es un objeto antipático, pero muy saludable si llega el momento de echarle las culpas a alguien. El Método viene a ser a las ciencias, algo así como el Mercado a los políticos. Yo jamás di con uno, son muy escurridizos –sí, los políticos también, insinúa Alabedra-.
No hace tanto, también tuve que agarrarme a un clavo ardiendo para enfrentar idéntica situación. En los cines Verdi habían proyectado Alta Fidelidad, la película basada en la novela de Nick Hornby. Me gustó. Anagrama había publicado la traducción de su última novela, Cómo ser buenos, y la leí para publicar una reseña. Como llevaba a Barthes por florete y a Faulkner por montera, no me gustó. Con todo, al recordarla ahora a propósito de nuestros dos estudiantes, no me parece un completo desatino.
Mi calvo ardiendo fue Bouvard y Pécuchet. Y es que la novela de Hornby era la crónica de una derrota, y la obra inacabada de Flaubert viene a ser el relato semillero de casi todas las derrotas modernas –digo casi por educación, que no convencimiento-. Al menos de todas las derrotas que empiezan invirtiendo el cuento: “Un hombre y un piso se conocen…”.
Ya allí, para apaciguar otro orden de ansias en el estómago, como el ansia de una deuda olvidada, abandoné toda resistencia a la nostalgia. Me zambullí en la luz fluorescente del cubículo soterrado que aquí llaman cafetería -son gente de vocación civilizada-. Con un líquido al que, con refinado gusto por la ironía, denominan “café” –son también de natural austeros-, dos estudiantes de último curso celebran que dedicarán el verano ha quemarse las cejas como lectores editoriales. En fin, por lo visto, en este país, cada uno celebra lo que le da gana. Al menos, se sabrán a salvo de melanomas estivales.
Sin embargo, aunque van armados hasta los dientes con teoría literaria, también son presa de la angustia. Con clarividencia, observan que, al final, su trabajo consistirá en dirimir qué novela es la buena, cuál la mala. Se trata de una tarea bien simple, la mayoría de las veces; las reconocerán por la ausencia de sujetos y por la rosa en el ojal. Los asesinos juveniles intoxicados con Coca-cola ya figuran en la vitrina de fósiles irredentos de la era blogger ¡Cuánta nostalgia de Kerouac y Camus en cada hora frente a la MTV! Estaban mal escritos, no lo desmentiré, pero ¡Cuánta ternura había en ese matar de aburrimiento! Pero de tarde en tarde la cosa se complica, un cuerpo extraño asoma entre la pila de originales. Y entonces, esa tarea al alcance de primates, se vuelve una empresa imposible. Entonces, decidir-se –porque eso se decide más que se discierne- exige aceptar que ves a oscuras, puesto que la sombra de Gide desechando La recherche sigue intimidando al más pintado con la amenaza del ridículo secular e imperecedero. Además, en estos menesteres, todo juicio es interino. Por escasas que sean las luces que a uno alumbran, comprenderá que, una vez cometida la osadía, sólo el tiempo otorga, a los nuevos, la oportunidad de competir, lomo contra lomo, con los viejos. Es el Tiempo quien impide que los últimos se escabullan de jugarse, con aquellos, fortuna y derecho de descansar desde hoy, durante los tiempos venideros y hasta el final de los días, apoyados en sus cubiertas.
Con semejante losa encima, los jóvenes estudiantes siguen conversando acerca del método. El Método es un objeto antipático, pero muy saludable si llega el momento de echarle las culpas a alguien. El Método viene a ser a las ciencias, algo así como el Mercado a los políticos. Yo jamás di con uno, son muy escurridizos –sí, los políticos también, insinúa Alabedra-.
No hace tanto, también tuve que agarrarme a un clavo ardiendo para enfrentar idéntica situación. En los cines Verdi habían proyectado Alta Fidelidad, la película basada en la novela de Nick Hornby. Me gustó. Anagrama había publicado la traducción de su última novela, Cómo ser buenos, y la leí para publicar una reseña. Como llevaba a Barthes por florete y a Faulkner por montera, no me gustó. Con todo, al recordarla ahora a propósito de nuestros dos estudiantes, no me parece un completo desatino.
Mi calvo ardiendo fue Bouvard y Pécuchet. Y es que la novela de Hornby era la crónica de una derrota, y la obra inacabada de Flaubert viene a ser el relato semillero de casi todas las derrotas modernas –digo casi por educación, que no convencimiento-. Al menos de todas las derrotas que empiezan invirtiendo el cuento: “Un hombre y un piso se conocen…”.
Sin duda, esa era la primera condición que debía cumplir cualquier relato que aspirase a la indignidad de ser novela. Hornby la cumplía perfectamente. Es decir, anudaba las derrotas del conocimiento con los fracasos de su panzudo escudero, el cotidiano existir. Evidenciar la colosal banalidad del tiempo que en suerte les correspondió. Un tiempo que liquida toda autoridad a la capacidad de elección porque no hay certezas sobre las que apoyarla. Donde toda elección es a tientas o a capricho porque nada se sabe de la peripecia que habría de conducirnos a la entrepierna de Ginebra, ni disponemos de pista alguna que haga plausible la consecución de una hazaña de la que no se vislumbra ni el carácter ni el perfil. Algo así como un juego de detectives sin ladrón en el que todo el mundo persigue a todo el mundo.
Bouvard y Pécuchet arranca con un encuentro fortuito en el boulevard Bourdon, donde dos copistas de oficina se sientan en el mismo banco y a la misma hora. Reaccionan con perplejidad y regocijo al reconocerse como almas gemelas y juzgan inauditas las coincidencias que les adornan. Tanto más cuando jalean que a ambos se les ocurrió bordar sus nombres en el fondo del sombrero para no confundirlos con el resto de sombreros de la oficina. Pero olvidan que la confusión exige que los sombreros en nada se diferencien del resto, con lo cual no hay motivo alguno que haga excepcional las coincidencias que comparten. Ya nada nos impide pensar en una multitud de copistas recorriendo la ciudad y sentándose, a pares, en la gran francachela de la identidad singular.
La novela de Hornby ofrece una escena análoga. Un matrimonio se cita en un restaurante exótico para intentar una reconciliación después de que ella lo abandonase por las dudas que le acarreó haberse acostado con otro hijo de vecino. Así, la separación obedece al dictado de un intento crítico –tiempo para pensar, cuáles fueron las razones que subyacen a la acción-. Y rápidamente se desliza hacia las dudas acerca de la particularidad de su matrimonio con respecto a las parejas que les rodean, sin hallar otro rasgo distintivo que la salsa escogida para aderezar el curry que comen indistintamente. El chutney de mango es “la etiqueta con el nombre del niño en el chándal del colegio”. Es lo único que evita que, al regresar del aseo, se sienten en una mesa con el cónyuge de un matrimonio completamente distinto, cuya esposa estará en el aseo repasándose los ojos y la consciencia. Como pan y peces, una multiplicación de matrimonios y oficinistas acuden a la retórica del sentido común, al gesto y a la palabra gastada. Instrumentos inválidos para el conocimiento que relegan a los protagonistas de ambas novelas a la condición del paciente copista de un canon ineficiente. Una norma incapaz de oponer resistencia al dictado exterior cuando llega el momento de decidir qué hacer, cómo actuar, cómo ser buenos. Acorralados por la inacción. Angustiados por la fe en un código secreto portador de la verdad de la vida y del que alguna vez pensaron llegar a ser herederos, guardianes o albaceas: la singularidad, esa tierra prometida por la publicidad.
Así que ambas novelas son colecciones de innumerables, aunque vecinas, formas de perder. Pero en Flaubert interesa la antesala de la derrota, que ahí es decir mal, fallar como escolares en el 'dictum' del mundo y con ello empezar la más formidable aventura de la modernidad: desconocer. Para entendernos, si Hornby hace el bosquejo de tipos atónitos, Flaubert afila la navaja con el la hoja de una partitura y escribe el diccionario de los tópicos.
Volvamos a nuestros copistas…perdón, a nuestros estudiantes a la busca de un método. Tal vez, deberían buscar sonoros fracasos, pero sobretodo novelas que incorporen en cada línea la pregunta sobre la solvencia del lenguaje para resarcirse de la pérdida que habita en el recorte de ambición que hay en el sentido compartido de las palabras de la tribu; tal vez, buscar donde el lenguaje desconfíe de si mismo y se extreme y se ensaye y rehuya la tranquilidad de que, tal vez, la cámara cinematográfica sabrá serle cómplice. Esa era mi segunda condición. Y es que les he contado todo esto porque estoy leyendo Las teorías salvajes de Pola Oloxirac, y no sé muy bien aún que hacer con ella. Desde luego, esta portentosa argentina de apenas treinta años, blogger y cultísima, reúne requisitos por doquier. En sus páginas los fracasos no quieren dejar a nadie indemne. Como quien no quiere la cosa, se cobra, como victima primera, la inteligiblilidad. El idioma es sometido a un tercer grado que le da un aire de familia gongorino. La espesura de su lengua teje una textura verbal que de ninguna forma se resolvería en cine. Hasta ahí, la prosodia llega a cotas destacadísimas de poesía sin querer ser poesía. Pero algo me dice que se olvidó de contar, del placer de narrar y ser leído. Algo que con mayor facilidad puede permitirse el verso. Y es que el alejamiento se produce por asfixia, con una fuerza centrífuga de referencias externas al relato que hubieran sonrojado a esos señores que pasean por el claustro y que tienen el mal hábito de dividir las páginas escritas en dos partes, reservando la más amplia para las notas a pie de página. La novela es gongorina y algo más. Aquí no basta con saber de cíclopes, métrica homérica e fonética diacrónica. Añadan filosofía, informática, antropología, costureros a gogó, argot porteño, y revistas de tendencias. Aquí sí se invirtió el cuento, y lo culto y lo elitista se escribe con material de derrumbe adolescente incomprensible para cualquier adolescente.Tal vez olvidé un tercer requisito. Entretanto, Wilder y Hitchcock, se cuentan chistes en la tumba. De todos modos, por si acaso, yo le echaría una ojeada. Al fin y al cabo, Wilder, Faulkner y Flaubert son demasiado para bregar siendo uno solo. Y, obviamente, si otro animal esquivo cae en las manos de nuestros estudiantes, no lo duden, publíquenlo. Qué ya vendrá el Tiempo a enmendarles si acaso fuera necesario.
Bouvard y Pécuchet arranca con un encuentro fortuito en el boulevard Bourdon, donde dos copistas de oficina se sientan en el mismo banco y a la misma hora. Reaccionan con perplejidad y regocijo al reconocerse como almas gemelas y juzgan inauditas las coincidencias que les adornan. Tanto más cuando jalean que a ambos se les ocurrió bordar sus nombres en el fondo del sombrero para no confundirlos con el resto de sombreros de la oficina. Pero olvidan que la confusión exige que los sombreros en nada se diferencien del resto, con lo cual no hay motivo alguno que haga excepcional las coincidencias que comparten. Ya nada nos impide pensar en una multitud de copistas recorriendo la ciudad y sentándose, a pares, en la gran francachela de la identidad singular.
La novela de Hornby ofrece una escena análoga. Un matrimonio se cita en un restaurante exótico para intentar una reconciliación después de que ella lo abandonase por las dudas que le acarreó haberse acostado con otro hijo de vecino. Así, la separación obedece al dictado de un intento crítico –tiempo para pensar, cuáles fueron las razones que subyacen a la acción-. Y rápidamente se desliza hacia las dudas acerca de la particularidad de su matrimonio con respecto a las parejas que les rodean, sin hallar otro rasgo distintivo que la salsa escogida para aderezar el curry que comen indistintamente. El chutney de mango es “la etiqueta con el nombre del niño en el chándal del colegio”. Es lo único que evita que, al regresar del aseo, se sienten en una mesa con el cónyuge de un matrimonio completamente distinto, cuya esposa estará en el aseo repasándose los ojos y la consciencia. Como pan y peces, una multiplicación de matrimonios y oficinistas acuden a la retórica del sentido común, al gesto y a la palabra gastada. Instrumentos inválidos para el conocimiento que relegan a los protagonistas de ambas novelas a la condición del paciente copista de un canon ineficiente. Una norma incapaz de oponer resistencia al dictado exterior cuando llega el momento de decidir qué hacer, cómo actuar, cómo ser buenos. Acorralados por la inacción. Angustiados por la fe en un código secreto portador de la verdad de la vida y del que alguna vez pensaron llegar a ser herederos, guardianes o albaceas: la singularidad, esa tierra prometida por la publicidad.
Así que ambas novelas son colecciones de innumerables, aunque vecinas, formas de perder. Pero en Flaubert interesa la antesala de la derrota, que ahí es decir mal, fallar como escolares en el 'dictum' del mundo y con ello empezar la más formidable aventura de la modernidad: desconocer. Para entendernos, si Hornby hace el bosquejo de tipos atónitos, Flaubert afila la navaja con el la hoja de una partitura y escribe el diccionario de los tópicos.
Volvamos a nuestros copistas…perdón, a nuestros estudiantes a la busca de un método. Tal vez, deberían buscar sonoros fracasos, pero sobretodo novelas que incorporen en cada línea la pregunta sobre la solvencia del lenguaje para resarcirse de la pérdida que habita en el recorte de ambición que hay en el sentido compartido de las palabras de la tribu; tal vez, buscar donde el lenguaje desconfíe de si mismo y se extreme y se ensaye y rehuya la tranquilidad de que, tal vez, la cámara cinematográfica sabrá serle cómplice. Esa era mi segunda condición. Y es que les he contado todo esto porque estoy leyendo Las teorías salvajes de Pola Oloxirac, y no sé muy bien aún que hacer con ella. Desde luego, esta portentosa argentina de apenas treinta años, blogger y cultísima, reúne requisitos por doquier. En sus páginas los fracasos no quieren dejar a nadie indemne. Como quien no quiere la cosa, se cobra, como victima primera, la inteligiblilidad. El idioma es sometido a un tercer grado que le da un aire de familia gongorino. La espesura de su lengua teje una textura verbal que de ninguna forma se resolvería en cine. Hasta ahí, la prosodia llega a cotas destacadísimas de poesía sin querer ser poesía. Pero algo me dice que se olvidó de contar, del placer de narrar y ser leído. Algo que con mayor facilidad puede permitirse el verso. Y es que el alejamiento se produce por asfixia, con una fuerza centrífuga de referencias externas al relato que hubieran sonrojado a esos señores que pasean por el claustro y que tienen el mal hábito de dividir las páginas escritas en dos partes, reservando la más amplia para las notas a pie de página. La novela es gongorina y algo más. Aquí no basta con saber de cíclopes, métrica homérica e fonética diacrónica. Añadan filosofía, informática, antropología, costureros a gogó, argot porteño, y revistas de tendencias. Aquí sí se invirtió el cuento, y lo culto y lo elitista se escribe con material de derrumbe adolescente incomprensible para cualquier adolescente.Tal vez olvidé un tercer requisito. Entretanto, Wilder y Hitchcock, se cuentan chistes en la tumba. De todos modos, por si acaso, yo le echaría una ojeada. Al fin y al cabo, Wilder, Faulkner y Flaubert son demasiado para bregar siendo uno solo. Y, obviamente, si otro animal esquivo cae en las manos de nuestros estudiantes, no lo duden, publíquenlo. Qué ya vendrá el Tiempo a enmendarles si acaso fuera necesario.
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