domingo, 13 de enero de 2013
UN CUENTO MORAL
La mañana del 26 de febrero de este mismo año, tres o cuatro horas después de que los empleados municipales apagaran el alumbrado público a pesar de la oscuridad de un día tan encapotado, y mientras la nieve seguía fundiéndose en charcos de agua sucia bajo la creciente afluencia de viandantes y tráfico rodado, un perro, un gato y una zarigüeya llamados, respectivamente, Tim, Guau y Resuello se reunieron en el bar de la esquina, con el propósito de discutir cuál de los tres sería, llegado el caso, mejor amante -o mejor y más conveniente compañía, si la Fortuna se aliaba con el transcurrir de años y rutinas-, para una ratita movediza, pizpireta e indiscutiblemente sexy que merodeaba por el barrio de unos días a esta parte.
Obviamente, Tim, Guau y Resuello -nombres de pila al capricho de sus propietarios- acordaron, antes que nada, hablar tan larga y pacientemente como fuera necesario, para que así cada uno pudiera exponer sus argumentos y razones, de tal modo que todos se hicieran una idea cabal de la situación en su conjunto, y atendiendo a los particulares explicaciones sin menoscabo de detalles. Al fin y al cabo, la felicidad de la ratita, y de uno de ellos, se decidiría en el devenir de la querella. Por eso no querían obviar ningún punto de vista ni discriminar ángulo alguno, por marginal que pudiera parecer. Este planteamiento de inicio, se inspiraba en las buenas intenciones con que todos acudieron a la cita, en la medida en que delata que todos confiaban en que, con este proceder, alguno de los tres rivales se decantaría -llevado por el buen juicio y después de sopesar los pros y los contras- por la idoneidad de uno de los otros dos, y en detrimento –sea dicho- de los propios intereses, permitiéndoles resolver la cuestión en una primera ronda de votaciones. Tim, por contravenir las opiniones manidas que atribuyen bonachonería a los de su especie, pensó en comenzar arguyendo que fue el primero en verla. Pero eso era algo que, sin ningún género de dudas, Guau se tomaría como un terrible agravio, herido en su orgullo de cazador diligente e implacable. ¡Maldita sea, cómo se atreve a refregarme en los bigotes el descuido de mi audacia! Mejor no comprometer la buena sintonía con golpes bajos en el orgullo del felino. Entonces el argumento bien podría volvérsele en su contra y, irreversiblemente, perdería su simpatía y, con ella, todo probabilidad de ganarlo para su causa, llegado el momento decisivo. Así que empezaron dubitativos y cautelosos, y a las primeras de cambio, un asunto generó ya singular polémica y les puso sobre aviso de que no encontrarían fácil solución a tan civilizada riña: estuvieron largo rato enfrascados en la evaluación de la seguridad de la ratita. Pero si Guau se relamía los bigotes era sólo por un acto reflejo característico de todos los de su especie, y el gesto no guardaba relación alguna con la interesada, porfió. Aquí fue donde Resuello intervino por primera vez confiado en que tal vez sí hubiera un brecha o un resquicio de oportunidad para su candidatura. Quiso sacar a colación y traer a la memoria la autoridad de los clásicos y mencionó a Esopo (aunque en honor a la verdad, la fábula de la rana y el escorpión es de autoría dudosa y aún fuente de disputas erúditas). Resuello se había mostrado tímido hasta el momento y en justicia a los hechos, puedo avanzar que, con todo, y después de unos pocos intentos fallidos de mostrarse más resuelto -y, por momentos, lucir donaire bravucón, que a todos extrañó-, su actitud disimulada remitió, porqué, como es bien sabido, resulta muy difícil de oponerse a la naturaleza de carácter que a cada cual gobierna. Sin embargo, todos reconocían que eso era parte de su encanto. Su fragilidad y cortesía, pudieran perfectamente ser aliados en la última curva, si pasaban las horas y las horas al mismo y fatigoso ritmo con que la nieve volvía a caer y insistentemente caer, más allá de las cortinas corridas del reservado donde se habían aposentado para no ser molestados por nadie.
Caía la nieve mansamente, y ellos continuaron así horas y horas, y whisky tras whisky. Al anochecer, llevados por el desánimo, el agotamiento y los excesos etílicos, habían probado con toda suerte de método; aunque sin mucho convencimiento y conscientes de un resabio de fracaso respecto a sus juiciosas intenciones iniciales, lo habían intentado a los dados, habían lanzado monedas al aire –aunque por voluntad de la aritmética en ningún momento se pusieron de acuerdo sobre la justa organización de las fases clasificatorias del certamen-. Lo intentaron, incluso, abriendo la votación a los otros clientes del bar –teniendo, entonces, que replantear y volver sobre los acuerdos, bases y estatutos que habían ido consolidando a lo largo de los lentos minutos en disputa y alerta- pero siempre aparecía una descuerdo, una objeción, algún matiz nuevo que, en opinión de alguno, invalidaba la tentativa.
Probablemente, aquella insistencia en encontrar una solución de consenso que satisficiera todas las partes, o al menos, mitigara el fracaso de los dos que inevitablemente se verían orillados del final de anises y perdices, obedecía a que les había tocado vivir en tiempos que transcurrían amables. Sí, sin duda aquellos eran tiempos benignos de mimos, caricias y galletas dietéticas para mascotas, cuando no chucherías de formas insospechadas y atractivos colores y aromas que eran la envidia de los niños de la casa. Con todo y con esas, algún que otro rumor habían oído de que algo en el signo de la historia estaba cambiando. Corrían voces, advertencias y tal vez noticia o leyenda de que no era necesario retroceder demasiado en el tiempo para recuperar la memoria de días en que no se discutía que, al caer la noche y al caer la nieve, y la noche otra vez, "las más bellas sonreían al más fiero de los vencedores". Persistieron y aquella noche cerraron el bar. Justo cuando casi el día empezaba a ganarle esquinas a la noche, y los empleados municipales salían de sus camas, salieron ellos por la puerta –no sin dificultad y después de apartar la nieve que la taponaba- abrazados y borrachos. Así deambularon un rato más. Aún y tambaleándose de un lado a otro de la calle, se resarcían de los tropiezos sin soltarse, y al levantar cabeza, casi espontáneamente, en un resuello recóndito encontraban fuerzas para empezar cantar fragmentos de canciones regionales, de zarzuelas o de habaneras que no terminaban nunca, ya fuera porqué desconocían el final, o lo olvidarán al momento o porque otra cancioncilla o tarantela irrumpía en su memoria sin darles tiempo de terminar la primera. De esta manera, avanzaban hacía el alba con esa camaradería tan propia de los que se pertenecen mutuamente. Aun y su aspecto fantasmal y astroso, era un gozo verlos en tal comunión. Irradiaba su satisfacción, la hermandad que les confería el consenso, haber dado con la solución después de vencer las dudas, las ambigüedades, las aceptadas desconfianzas. Exudaban los efluvios de un éxito incontestable entre los humores alchólicos. Avanzaban juntos con su definitiva y trágica solución apoyada en la confirmación que uno a otro se prestaban. Todo quedó concertado para ese mismo amanecer ya tan cercano. Justo a la salida del sol, en el callejón y para la cuál acordaron abolir cualquier norma, regla o fineza. Tan hartos y exangües estaban ya de tanta humillación bienhechora.
viernes, 11 de enero de 2013
FUEGO
Recuerdo que nos fuimos de la cala de La Creu y regresamos apresuradamente a mi casa provisional para seguir las noticias. Cerramos las ventanas porque el humo de los árboles calcinados llegó hasta l'Escala. Lo he recordado ahora que en poco más de quince días se cumplirán seis meses de los incendios que arrasaron buena parte de l'Alt Empordà. El caso es que mientras el país veraneaba, sufrimos viendo como las llamas se extendían hasta los límites de los bosques de la Garrotxa azuzados por el viento del norte. La televisión captó imágenes aéreas cargadas de impotencia; nos convirtieron en incapacitados testigos de una desbandada humana que se arrojó a los acantilados de la carretera de Colera. La gente abandonaba los vehículos para alcanzar el mar y huir de la emboscada ardiente que los circundaba. Como recordarán, el final fue trágico.
Recuerdo que, un par de días después, fuimos a visitar el paisaje calcinado. Entonces viví como un estúpido dilema la conveniencia de comprar unas botellas de vino de Capmany. Pero eso fue entonces. Y me doy cuenta de que no ha sido la onomástica ni el deseo de homenajear a las víctimas el principal motivo para releer unas notas de aquellos días en mis diarios. O tal vez sí. O más bien ha sido eso junto con otras varias circunstancias. Tal vez haya contribuido la sublime manifestación de la naturaleza devastando Australia y la hecatombe de ovejas merinas. De todos modos y en primer lugar, me ha sorprendido la presencia escasa del fuego en las anotaciones de entonces.
En todo caso, al revisarlas me pareció que si vienen a cuento ahora, ya entrado en 2013 y voy a recuperarlas. Ustedes verán si les parecen pertinentes.
El incendio está ahí, como telón de fondo y es cierto que -aunque yo no sea muy amigo de las alegorías- ya en eso momento la desgracia se nos ofrecía con todos los ingredientes para representar simbólicamente los tiempos de penurias que nos han tocado en suerte. Soy consciente que las recupero convertidas inevitablemente en metáfora. Metáfora y sobretodo elegía, más de una. Y es que no puedo disimularme el estupor ante aquella felicidad culpable que ahí se filtra y que por intensa parece antigua. Desde los días más invernales de este enero, desde la decrepitud del cuerpo doliente amenazado por el frio, he leído las notas como un oráculo de la desaparición del verano en el invierno, y también de la nítida visión de la desaparición de una determinada idea de Europa. Eso sí estaba ya entonces. Lo digo, como un fuego que iba a devastarlo todo.
L'Escala, 29 de junio 2012.
"A veces uno sospecha que un breve ejercicio de retrospección puede alumbrar algún territorio oscuro de la vorágine estúpida que llamamos "actualidad". Desde la terraza cada día más coqueta y culpable del bar Medusa de l'Escala -magnífico mirador del Alt Empordà ardiendo en panorámicas de cielo rojo y rodeado de gente que no puede ser más guapa y estupenda (aunque al menos yo no tiro fotos)-, estuve ayer leyendo uno de esos libritos también coquetos y culpables que La Central edita, Una aventura llamada Europa, de Z. Bauman. Se trata de la recopilación y zurcido de tres breves charlas que el filósofo líquido dio hacía el año 2004.
Bauman denunciaba por entonces que la deriva que la Unión Europea había tomado de Maastricht a esta parte hacía del todo imposible que Europa siguiera realizando una de sus funciones tradicionales: ser foco de expansión no sólo de barbarie postcolonial sino de civilización, "pero si estos tratados (entiéndase Maastricht, Lisboa...) son el equivalente moderno de la Declaración de los derechos humanos, de la Independencia nord-americana o del Manifiesto Comunista, más vale no hacerse demasiadas ilusiones respecto al siguiente capítulo de la aventura europea y su destino/vocación de ser fermento universal de la libertad y la democracia". Ciertamente, también los tratados posmodernos son culpables, aunque poco coquetos.
No me alargaré comentando tan patente ironía. Naturalmente cualquier observador del 2012 se percatará de que Europa no es "fermento de libertad y democracia" ni para sí misma. Italia presidida por una burocracia ajena a las urnas y el BCE con cotas de poder política nunca antes manifiestas con idéntico descaro son sólo los casos más flagrantes. Y sin embargo, lo que Europa significa en la historia de las ideas civilizadoras no puede desdeñarse. Ahora, en el momento decisivo, es cuando deberíamos recuperarlas para confrontación. Deberíamos porque este tsunami llamado crisis pone sobre la mesa un conflicto entre modelos políticos. La creciente liberalización de mercados convertidos en dogma político frente a la constatación socialdemócrata -y la memoria europea- de que el modelo asiático y la banalidad productiva de Wall Street nos han llevado al desastre por la vía de la desigualdad. Obviamente es verdad y hay que subrayar que el eurocentrismo tampoco es nada coqueto si se atiende a la historia de abusos pertrechados desde la superioridad militar, económica y tecnológica con los que hemos avasallado y explotado el corazón de las tinieblas. Sin embargo sí es bastante seductora en cuanto a ser la cuna de la cultura entendida en un sentido crítico. La Europa que alaba Tony Judt es el resultado de una larga evolución crítica en la que se entremezclan la necesidad de sobreponerse y protegerse de las amargas experiencias de lucha cainita en el continente y de la permanente presencia del pensamiento humanístico como base de prestigio de toda institución intelectual, política, educativa y social. En ningún otro lugar del planeta, la humanidad se concibió a sí misma como objeto problemático sujeto a la indagación constructiva -poética-. Ese es nuestro principal patrimonio. En Platón o Sócrates aprendimos que la cultura es un producto sin fundamento ex machina; que la cultura es una práctica sustentada "únicamente" en el diálogo -tanto interno como con el enemigo- en el pensamiento desprejuiciado. El ejemplo primogénito y esencial lo encontramos en los trágicos griegos y su capacidad para poner en la picota al conglomerado social ateniense. La tragedia consiste en ponerse a una mismo como colectivo social en escena para someterse a juicio ciudadano, autoinculparse y proponerse redención en nuevos sueños dorados y resurrectos en la Antártida. Crítica y proyecto. Pensamiento y poesía. Los limites imprecisos de lo que con posterioridad hemos llamado literatura clásica. Y Así hasta el humanismo y la Ilustración, pasando por Montainge, Voltaire y los laberintos kantianos de la paz perpetua. Así hasta Heidegger y la paradoja de que Europa tuvo que inventar o construir la idea de cultura a pesar de que lo propiamente humano -de esta rara especie que el lenguaje atraviesa- no es otra cosa que comprender un mundo anterior a nosotros y en perpetua mutación. Incertidumbre y construcción, esos son los principios fundacionales de los relatos míticos. También, claro está, del mito de Europa. Les hago memoria. La historia es tan bella que no temo aburrirles y además, la cuento en un plis:
"Cadmos emprende el viaje para encontrar a su hermana, Europa. Zeus la ha raptado disfrazado de toro ensortijado y pacedor de estrellas. En Delfos el oráculo nada le aclara, como es costumbre en gente guapa y coqueta, pero le ofrece un consejo: antes que buscar a la hermana -que no aparecerá- más vale que no agote sus fuerzas y las emplee en construir y fundar Tebas, la una nueva ciudad".
Europa no se encuentra, se construye. Dice el oráculo que no aceptemos el dogma. Lo otro es posible; yerra Rajoy cuando dice que carece de alternativa. Si podemos atribuir algún sentido a Europa, este se encuentra en su carácter constructivo, antinostágico, y a la vez alejado de la certezas. Una invitación a la aventura: la invención de la cultura y la política. Un lugar que nos pertenece y que debiéramos querer exportador y, aún, ejemplo. Un lugar muy lejano de ese que nos propone Alemania y el partido liberal europeo. Porque el que estos últimos proponen se asemeja más a la China que a Grecia. Y cuando digo China, estoy pensando, también, en ese taller del Eixample barcelonés donde los hombres y mujeres dormían bajo una tricotosa, agradecidos por el trabajo, secuestrados por esas divinidades misteriosas que llamamos mercados".
Repito, resonarán esas líneas como una elegía. Pero en el sueño de la devastación romántica y su estética de lo sublime hay siempre un resquicio para el alba de la regeneración. El fuego siempre ha sido, en la imaginación popular, liquidación: derrumbamiento, pero también purificación. Así que la metáfora es incompleta. No hemos saldado ni una cuenta. Sigue el títere con cabeza y como buen fantoche se pavonea sin ocultar ni una vergüenza. Escribí que el rescate blando era, a la vez, una suerte y un pesar. Nos alejaba, momentaneamente, del destino fatídico de Atenas, pero perpetuaba a los responsables del modelo económico de quienes hoy se largan a compadrear en la compañia Telefónica o similiar. Aun y el fracaso anunciado de las políticas de austeridad, con ese panorama incluso entiendo los escrúpulos de la Europa pudiente. Yo también tengo remilgos. Pero el estribillo tambien se canta del revés. Sería un año antes, no sé si en el Medusa o en el Café de Mar -es decir, frente al vermut o el desayuno- cuando advertí el auspicio de la desgracia en los sueldos menguantes de la Alemania de la plena ocupación. ¡Es la noticia más significativa del año! grité a mis ponderados y educados compañeros de terraza. Hoy, se confirma que el compromiso del gobierno Merkel con la gran banca nacional amenaza el norte con la recesión. Y eso sí es, seguramente, lo que me ha hecho recordar. La lógica implacable y nada paródica del eterno volver en esta nueva Europa en que la expiación no corre a cargo de los causantes y los cínicos. Eso sí estaba en mis notas y eso sí lo he recordado hoy, por ejemplo, a propósito de la infructuosa irresponsabilidad con que hemos construido la primerísima red de ferrocarriles de alta velocidad del mundo. Contenían también la crisis moral de la política que en los periódicos de hoy escenifica Duran y sobre quien Puigverd en la Vanguardia augura triste redención: "Saldrá del atolladero, pero quedará como un emblema de la vieja política. Una vieja política que la ciudadanía irritada por la crisis y asqueada por tantos chanchullos odia profundamente. Duran no podrá sacarse el estigma de encima. El tiempo es un gran escultor de la desmemoria, sí, pero la crisis ha inaugurado un tiempo nuevo".
Yo tengo mis dudas razonables. Observo indicios de renovada solidaridad ciudadana, pero no una regenerada cultura de la necesidad política. Veo lejano aún el día en que la mayoría discrimine entre el descrédito de esta clase política que Puigverd apostilla como vieja y la urgencia de una politización de la ciudadanía. En los asuntos públicos, no veo finiquitada la edad de la indiferencia política. El fracaso de un proyecto de trescientos años no se solventa en un lustro, y mucho me temo que a las penalidades continuadas les suceda el agradecimiento hacia cualquier forma de populismo presentada como Orden frente al Caos. Berlusconi ya amenaza con volver.
Y faltan meses para regresar al mar. Reconozco que vivo de prestado en el calendario estacional.
http://www.lavanguardia.com/opinion/articulos/20130111/54360764677/antoni-puigverd-duran-y-los-viejos-tiempos.html#ixzz2Hg2CLpW8
sábado, 29 de diciembre de 2012
NAVIDAD
Dios existe, como bien sabrán si en alguna ocasión han entrado en un museo, han hecho cola entre turistas y palomas en la Piazza San Marco; si se han casado o han asistido al bautizo del bebé de algún pariente ni siquiera cercano. Ningún otro monumento humano ha levantado tantas piedras, ni ha hecho correr la misma sangre. Mis amigos con hijos han recogido musgo y recortado estrellas de papel de envolver. Seguimos leyendo novelas porque aprendimos que los libros son sagrados y de alguna manera encierran verdad. Verdad que, de tanto en tanto, revelan o más bien insinúan. De dónde procede esa experiencia, a menudo libresca, de habernos acostado arropados por la ingenua intuición de haber comprendido algo -una brecha tal vez de entendimiento- y despertar en la evidencia de la futilidad, del infatigable resbaladez con que colean las respuestas del ser. La crítica es un invento rabínico y paleocristiano.
No se puede entender fenómeno cultural alguno desde el escritor de la Biblia hebrea hasta Houellebecq sin conocer el implacable dominio de lo religioso en la historia de las mentalidades y sus infinitas variaciones representativas. Resulta incluso improbable explicar, con vocación lógica, el trazo precario y a dedo del perfil de un caballo en la profunda oscuridad de las grutas de Gargas o Altamira sin acudir a la dimensión religiosa que contiene la vocación humana.
Dios, sus apócrifos y sus comentaristas son el fenómeno universal que habita en lo más profundo de lo que compartimos todos aquellos que pertenecemos a la especie. No hay civilización, por muy exiguas o opulentas que sean sus condiciones, que no haya alumbrado la idea y haya renunciado a su dimensión transcendente. Si Dios no existe, ya me dirán qué merece ser nombrado como tal -como existente- en este mundo que es todo fluir, todo mudar, perecer. Incluso en la nuestra, con su inflamable individualismo, el memento mori acuclilla individuos escolarizados en los gimnasios y en los aparadores iluminados de Hermes. Sin dioses no hay pertenencia, no poseemos identidad. Los ídolos no se negocian. Y yo ni tan siquiera les revelaré los míos. Tal es el celo del aprecio que les tengo.
Y con todo, es probable que estemos ante un cambio de Era. El transmutar de un mundo a otro casi en nada parecido, aunque sea herencia del primero. Tengo para mí que cerramos ciclo de no menos de tres siglos y no creo siquiera que estemos en condiciones de vislumbrar por el cerrojo de la puerta los perfiles del que vendrá. Me atrevo a afirmar que el sueño de los humanistas que concretó la Ilustración acabó en la Edad de la Indiferencia -el último giro de la historia de los buenos copistas, Bouvard y Pécuchet- es, ahora, solo ruinas tras las alas del Ángel de la escolarización universal. La humanidad ya lee y sigue sin ver. No veo en la fe que el pedagogo deposita en los soportes informáticos el umbral de un nuevo mundo; solo fastos fúnebres y liquidación de la última observancia ritual. Un mundo de dioses minúsculos, a escala de los destinos del egoísmo y en que las redes sociales se me antojan capítulo postrero o epílogo del "Diccionario de los tópicos" del buen Flaubert, prescriptor de nuestra modernidad. Observo la euforia en las tiendas de Apple del planeta, veo acumularse ensayos sobre la interfaz digital, pero percibo estos fenómenos como máscaras sobre tristes esperanzas en lo que ya certificó su fracaso. No son el alumbramiento de un nuevo hombre, sino la última paródia del Ángel del progreso. Fe para olvidadizos. Un trasunto más de la modernidad en la postmodernidad.
Desconozco si mañana lo religioso persistirá y de qué manera. Solo lo sospecho. Nuestra época ha visto languidecer las catedrales de occidente. Pero sospecho, a la sombra del fracaso Rosseau, que no ha sido agnosticismo, solo amnesia. En nuestro mundo de liquidación, en todo caso, se experimenta como si los dioses principales andarán en acaballas, en paciente y secular espera de la defunción de los escasos feligreses ya mayores. Pero siguen coleando, y a la barbarie de la incultura suele seguirle el temor. Por si acaso, me gustará asistir al desenlace; perderse esos estertores no es digno de un hombre con un mínimo proyecto de cultura. Creo que me pasaré por la iglesia de la esquina. Natividad, renacimento; no me digan que no es como para echarse a llorar. El más grande relato jamás contado. El mío es un agnosticimo concienzudo.
lunes, 24 de diciembre de 2012
TOT ESTÀ CLAR
Avui Mario Draghi diu que alguna cosa ha canviat als països del sud, als territoris de la disbauxa permanent. Assegura que cal observar símptomes que indiquen que la situació vira cap a una sensible milloria. D'aquesta manera, amb italiana finesa, s'apunta a justificar els programes de desmantellament de la socialdemocràcia per part del Partit Popular europeu a España, Itàlia i Grècia. El dolor ocasionat per l'austeritat és col·lateral i necessari. També una purga, penitència, expiació. La terminologia teològica resulta pertinent ara que la infal·libilitat dels Mercats assoleix la categoria de religió a escala planetària. Són inefables i hermètics, alhora que incontestables. L'hegemonia del discurs és, a hores d'ara, total. Contra qualsevol indicador -atur, pobresa, protesta i fractura social- Draghi s'afegeix veladament a la idea que la direcció és la correcta i, consegüentment, justa.
Resulten especialment significatives les dues dades que assenyala per argumentar, contra pronòstic, l'optimisme del Banc Central: les exportacions augmenten i s'ha millorat la competitivitat. Tot assenyalant-les, aixeca el vel de Maya per mostrar-nos quins plans té la Troika per a Europa. Potser caldria agrair a Draghi que s'hagi expressat amb tanta claredat. Per acabar d'afinar i ajustar-se a la veritat, tant sols manca algun detall. Però gens irrellevant. Això és que aquests dos índex no haurien de considerar-se de manera aïllada. Les comes, les conjuncions i les elisions són vitals. Draghi ha obviat els silencis i els connectors que articulen els arguments del pensament. És aleshores que es revelen les intencions: que és la rebaixa dels costos de producció -obtinguda amb la precarització del treball i l'augment de la desocupació- el que millora la competitivitat. Al seu temps, aquesta s'afavoreix l'augment de les exportacions. Y les exportacions, en les quals tot ho confiem, constitueixen el nus gordià del programa mai dissenyat. La conseqüència implícita no pot ser altra que la renúncia -ara explícita- al mercat intern, atès que de consumidors n'hi pot haver a qualsevol altra banda.
Mai fins ara un dirigent europeu ho havia dit tan clar. El preu que cal pagar per recuperar l'economia general i obtenir un PIB més amable és, paradoxalment, la misèria i l'increment de la desigualtat interna. Girem la mirada cap a l'Àsia amb un doble objectiu: trobar els compradors que aquí ja falten i aprendre del seu model estructural. La primera corrent de pensament sociopolític que genuïnament pertany al s.XXI: Democràcia i Mercat no estan irreversiblement units. Així, és clar, ja no cal l'artefacte ideològic que més eficaçment ha garantit l'extensió del benestar fins el moment: les classes mitjanes. En el mateix concepte hi habita la virtut de la redistribució. A Occident, la disminució de la desigualtat ha estat sinòmin d'estabilitat i de pau social durant el darrer terç allargassat del segle vintè. Després de l'enfondrament, en les dues guerres grans, dels anys pacífics de l'aburriment i la seguretat de Zweig, Europa va construir d'entre les runes l'estabilitat socialdemócrata. Mai ha tingut bona premsa. Sempre sospitosa d'ensopiment. En tot cas, perfectible. De l'hemisferi animal, territorial, conservador, desenes de milers de vots per a Reagan, Thatcher, Aznar aquí. I avui, una caricatura del liberalisme recorre Europa, i diu quelcom sinistre; alguna burla com que la competitivitat del país serà a costa de la competitivitat del país. Botiguers del món, alceu-vos!
sábado, 14 de julio de 2012
CRISIS ECONÓMICA, LA DESERCIÓN.
Rajoy es aplaudido en el Congreso de los diputados. Acaba de decirnos que los Mercados son soberandos y que nada se puede hacer. No hay lugar para la política. Y sus correligionarios le aplauden la valentía. Pero no se me ocurre actitud más opuesta a la audacia y al coraje que la que exhibe el Presidente que la de negar la validez o utilidad de su oficio. Desfachatez, ese es el
término que merece la inacción de Rajoy y sus secuaces
ministeriales. Lo es cuando cruza los límites de lo admisible en un gobernante, opta por ver desde la barrera, salvaguarda parcelas de poder inútil más allá de dar satisfacción a la red clientelar y condena a los sectores mayoritarios de la sociedad a una vida indigna.
He leído a Ramoneda, me apuntó al tiro y añado: la función principal
que da sentido al responsable político no es otra que trabajar en la defensa de
las condiciones sociales necesarias para que sea posible una vida digna, en
igualdad y alejada del fantasma de la exclusión y la humillación. El que niega
su libertad para actuar de acuerdo con estos principios ostenta un poder
ilegítimo y debería retirarse inmediatamente. "Los españoles no podemos
elegir si hacemos sacrificios. No tenemos esa libertad". Eludir el propio
programa electoral se ha convertido en costumbre para el gobierno. Amparados en
el fatalismo del dictum europeo y los
mercados, lo juzgan "inevitable". Aceptemos que así lo creen. En su reconocimiento
habita el sinsentido y no tienen otra salida que retirar-se después de una
educada y discreta disculpa. Cualquier otra alternativa es fraudulenta si es
que queda algún recodo de credibilidad en las instituciones democráticas. Desde
el s. XVIII, la democracias liberales se han construido y mantenido sustentadas
en el ideario de la filosofía política de Locke, Rosseau o Jefferson, según la
cual "las sociedades se mantienen unidas gracias al contrato social que une a gobernantes y gobernados, y que, en caso
de abuso de poder o deserción, el pueblo tiene derecho a la revuelta". Aunque
aquí la deserción es contumaz y vivimos tiempos de reculada, no parece que nada
hayan entendido, ni quieran entender. Como consecuencia, nuestro "pacto
social" está al borde del colapso.Desfachatez porque gobiernan quienes renuncian a la gobernación. ¿O acaso nos hemos vuelto locos? ¿Cómo si no se explican los recortes y la presión fiscal sobre las economías medias y domésticas que, como auguran los editoriales ultra liberales de la prensa Norteamericana, redundarán en el caída del consumo y nos llevan a una quiebra sin remisión? Sin duda, el Alto Madrid ha trazado su estrategia de disimulo, y según su gloriosa ineptitud, pagaremos un elevado precio por nuestra competitividad. Cuando el PIB vuelva a subir, será a costa de la miseria interna y de la depreciación del trabajo. Lo que conocimos como trabajo basura se quedará en triste eufemismo. Este es el plan jamás trazado. Ya he oído en varios medios que el trabajo dejo de ser derecho para mudar en fortuna.
Pero las bondades de la insolencia se recrudecen en boca de este Ejecutivo deshilachado y aún bravucón de alta escuela valenciana. No contentos con la condena a la miseria, se parapetan en el ataque, invocan el miedo y criminalizan a los parados. En la que sea tal vez el ejercicio de obscenidad más repugnante de los últimos treinta años, ponen bajo el foco del sospecha a los ciudadanos más débiles. Lo hacen esos que han dilapidado veinte años de ayudas europeas que no se emplearon en la creación de un tejido productivo que hoy pueda ofrecer trabajo, sino en trenes de absurdo trazado, red financiera clientelar, infraestructuras improductivas y fiestas a gogó. Todo aliñado con la inspirada "Ley de Suelo" de Rato y Aznar, porque Dios proveerá y ancha es Castilla. Es probable que en los sesenta tuviéramos poco más que yeso, playa y sol. Pero desde 1985, el Estado ha recibido 120.000 millones de euros de ayudas al desarrollo. Como sugiere Juliana, al final Marshall pasó por aquí hasta tres veces. Esos son los responsables directos de la particularidad de la crisis española. A frenar tal dispendio ya llegamos tarde y recibiremos acuso de recibo durante al menos las próximas tres décadas. En este sentido, lo único inevitable es hacerse alguna pregunta a propósito de la democracia de masas que perpetúa a los Fabra, ratifica a Camps, vitorea a Mourinho, honoró a Millet o sufre con Pantoja. Sólo son ejemplos.
Por lo tanto, ya sabemos lo que viene y que nos gobiernan ineptos y corruptos. Sin embargo, hay algún signo de esperanza. Dicen las encuestas que me desayuno que el 15-M va sumando simpatías y que casi un 80 % de la población se identifica ya con ellos. Me da a mí que este es un caudal que no debiera malbaratarse. Ya sé que se deslizan por la tentación de la apolítica, entreverados en la paradoja de que solo hay una salida política cuando ha sido, en gran medida, la política la responsable del desmán. Pero el entuerto se deshace si se atiende al hecho que más que la política ha sido su ausencia, que por costumbre humana y tal cual hace el bolero, con el mismo sustantivo hemos nombrado. En cualquier caso, la sensibilización se ha realizado y la oportunidad es singular. Tal vez, el modelo intersticio esté en las consultas populares soberanistas que se realizaron en Catalunya. No me digan que ahora el único lobby legítimo de la democracia no coincidiría en tres o cuantro puntos de exigencia. Además, insinuaré a los escépticos que no es lo mismo un programa que la ciudadanía haya condicionado que el papel mojado que no leen más que los jefes de campaña. Al fin y al cabo, si a algo temen además de a los mercados, es a la tiranía demoscópica. Sean escépticos, somos gobernados a golpe de sondeo. Por eso y aunque la miseria nos espera, quizás pueda ser, al menos, más digna y libre de desfachatez que lo que se nos ofrece. Por si acaso ahí van mis sugerencias: lucha contra el fraude fiscal (el 75% de los impuestos evadidos corresponde a las grandes fortunas), ley de transparencia (anticorrupción), ley de partidos democratizados en sus mecanismos internos (renovación moral de la política y freno a la partidocracia e intereses creados), depuración judicial de responsabilidades y, sobre todo, la norma más elemental de la economía redistributiva que se conoce como "balanced budget multiplier" que en austero significa que más paga quien más tiene, no por capricho sino por liberal sensatez. Cuando se grava a quien menos tiene, decae el consumo; cuando se grava a los más ricos, sólo disminuye su ahorro. Fácil, fácil. Ahora ya saben porque siguen ahí. Aúnque me consta que ya estaban enterados. Pues eso, que a esos ni un rasguño, señora.
miércoles, 4 de enero de 2012
CRISIS FINANCIERA, UN UMBRAL (1ra parte)
De regreso a casa, y desde mi enigmática mirada daltónica, quería hablarles de los improbables colores de los campos en el horizonte del retrovisor. La comida ha terminado tarde y ya oscurece, pero pude aún observar como se helaba la tarde en las estalactitas transparentes que colgaban de unas mesas intempestivas en el exterior del restaurante, un lugar escondido bajo las montañas de Bellmunt. La carretera está vacía a esas horas de nadie. Esa hora precisa en la que uno advierte que debería ir al optometrista porque aunque lee todavía sin demasiado esfuerzo, los ojos se rinden al intentar fijar límites precisos a los contornos de los rostros que pasean alrededor. La tierra de los breves cultivos ennegrece, pero aguarda un último refulgir de luz cobriza que les otorga una apariencia metálica y que convierte en un misterio la flor que los árboles grisáceos volverán a dar. En este paisaje navideño no hay nieve, pero si hay niebla. Una niebla alta que libera los perfiles de las ondulaciones del llano y lo corta con precisión horizontal como si alguien hubiera bajado una cortina blanca.
Sobre esto pensaba hablarles mientras conducía y advertía ya un aviso de algo triste que sé que hay en los medidos amaneramientos con los que conversaremos sobre vinos y gastronomía, sobre la educación de los críos -aún muy pequeños los de casi todos y los de algunos aún por venir o en vía de llegar muy pronto-. No es una tristeza trágica, porque no hay tensión, ni lucha encarnizada, ni gesto barroco en nuestra época que no tiene potencias divinas a las que enfrentarse. Al menos para nosotros que vivimos privados de Naturaleza y sentido de lo Sagrado. Para nosotros no.
Mi generación está en mitad de la treintena. La mayoría abandonamos la edad de los estudios y los trabajos pendencieros tras las barras de los bares, la simpatía con que nos sacábamos unas perras al cuidado de los sobrinos menores, las horas de lectura de alquiler para oscuras editoriales de renombre y las colocaciones veraniegas en las que se confundían trabajo y ocio, noche y día y celebración -mucho más agotadora en el recuerdo de lo que nunca fue-. Lo dejamos atrás, pero casi ninguno lo hizo para tomar el mando. Jamás hemos sitiado plaza alguna y los puestos de vanguardia aún no nos pertenecen. En algunas noches lúcidas, en las que hablaremos de vino, niños y de crisis económica, alguno observará que eso ya no habrá de ocurrir. Ahora no reuniremos y el abrazo, no lo duden será calido. Pero no alegre. A Juan le han dicho que le despedirán en pocos meses. Ana está en situación parecida, aunque que le ha costado horrores hacerse un hueco en su agenda de trabajo para estar hoy aquí. Desconoce los domingos. Y yo añoro con disimulado desconsuelo la manera displicente que tenía Mar de dejar caer las sandalias en el suelo y recogerse con los brazos las rodillas cruzadas sobre la silla de la terraza en la que nos sentábamos. No serán nuestros los puestos de vanguardia porque ya no basta con la lógica de la demografía y la inefable certeza del relevo generacional como el devenir mismo de las estaciones. La herencia que primero se retrasó, ahora se nos representa vacía, pueril –o senil- como un arma cargada de nostalgia. El poder y el sueño de transformación están en otro lugar. Ni en las aulas, ni en las fábricas; tampoco en los escaños, ni en la empresa. Nuestra identidad es espuria e incompleta. Y toda identidad es una invención contra la incertidumbre. Mar se sirve una copa y asegura que el heroísmo se halla en los detalles más banales: levantarse con dolor de espalda y llevar a los hijos al pediatra, ayudarles con los deberes y en hacer cena decente. Es una lucha cuerpo a cuerpo, sin apenas armadura, en una historia animal que no desdeña el drama ni la evidencia de los amores y los odios en el espejo de la muerte que los hijos imponen, cuando todo va bien, a nuestra mirada. Más pronto que tarde se alzarán para proclamar que eso que los cuento es sólo que nos hacemos mayores. Pero yo no estoy de acuerdo. Algo está ocurriendo que nos despoja de lo que debería ser responsabilidad nuestra. Desconocemos casi todo de la ley que nos gobierna y nos constriñe. La Naturaleza vuelve a presentarse como la manifestación de lo Sagrado. Las vidas son un misterio como una maleza impenetrable en la que se revela la Voluntad ajena y nos agachamos asustados, copa de vino en mano. Demasiado asustados por lo desconocido para pavonearnos por este escenario en los actos que creíamos tener asignados para, por lo menos, fracasar sonoramente.
Sobre esto pensaba hablarles mientras conducía y advertía ya un aviso de algo triste que sé que hay en los medidos amaneramientos con los que conversaremos sobre vinos y gastronomía, sobre la educación de los críos -aún muy pequeños los de casi todos y los de algunos aún por venir o en vía de llegar muy pronto-. No es una tristeza trágica, porque no hay tensión, ni lucha encarnizada, ni gesto barroco en nuestra época que no tiene potencias divinas a las que enfrentarse. Al menos para nosotros que vivimos privados de Naturaleza y sentido de lo Sagrado. Para nosotros no.
Mi generación está en mitad de la treintena. La mayoría abandonamos la edad de los estudios y los trabajos pendencieros tras las barras de los bares, la simpatía con que nos sacábamos unas perras al cuidado de los sobrinos menores, las horas de lectura de alquiler para oscuras editoriales de renombre y las colocaciones veraniegas en las que se confundían trabajo y ocio, noche y día y celebración -mucho más agotadora en el recuerdo de lo que nunca fue-. Lo dejamos atrás, pero casi ninguno lo hizo para tomar el mando. Jamás hemos sitiado plaza alguna y los puestos de vanguardia aún no nos pertenecen. En algunas noches lúcidas, en las que hablaremos de vino, niños y de crisis económica, alguno observará que eso ya no habrá de ocurrir. Ahora no reuniremos y el abrazo, no lo duden será calido. Pero no alegre. A Juan le han dicho que le despedirán en pocos meses. Ana está en situación parecida, aunque que le ha costado horrores hacerse un hueco en su agenda de trabajo para estar hoy aquí. Desconoce los domingos. Y yo añoro con disimulado desconsuelo la manera displicente que tenía Mar de dejar caer las sandalias en el suelo y recogerse con los brazos las rodillas cruzadas sobre la silla de la terraza en la que nos sentábamos. No serán nuestros los puestos de vanguardia porque ya no basta con la lógica de la demografía y la inefable certeza del relevo generacional como el devenir mismo de las estaciones. La herencia que primero se retrasó, ahora se nos representa vacía, pueril –o senil- como un arma cargada de nostalgia. El poder y el sueño de transformación están en otro lugar. Ni en las aulas, ni en las fábricas; tampoco en los escaños, ni en la empresa. Nuestra identidad es espuria e incompleta. Y toda identidad es una invención contra la incertidumbre. Mar se sirve una copa y asegura que el heroísmo se halla en los detalles más banales: levantarse con dolor de espalda y llevar a los hijos al pediatra, ayudarles con los deberes y en hacer cena decente. Es una lucha cuerpo a cuerpo, sin apenas armadura, en una historia animal que no desdeña el drama ni la evidencia de los amores y los odios en el espejo de la muerte que los hijos imponen, cuando todo va bien, a nuestra mirada. Más pronto que tarde se alzarán para proclamar que eso que los cuento es sólo que nos hacemos mayores. Pero yo no estoy de acuerdo. Algo está ocurriendo que nos despoja de lo que debería ser responsabilidad nuestra. Desconocemos casi todo de la ley que nos gobierna y nos constriñe. La Naturaleza vuelve a presentarse como la manifestación de lo Sagrado. Las vidas son un misterio como una maleza impenetrable en la que se revela la Voluntad ajena y nos agachamos asustados, copa de vino en mano. Demasiado asustados por lo desconocido para pavonearnos por este escenario en los actos que creíamos tener asignados para, por lo menos, fracasar sonoramente.
CRISIS FINANCIERA, TEOLOGÍA (2nda parte)
Cada vez que oigo hablar de mercados financieros, me doy cuenta de que entramos en otra edad de la superstición. Especialistas en economía leen signos esotéricos e interpretan oráculos en las encuestas y estadísticas, en los índices demográficos, en siglas del todo impermeables al buen juicio y en los productos bursátiles -los complejos y los que vienen en tetrabrik.
Escondidos en la bravuconería del tecnicismo -como el médico soberbio que no admite su desconcierto- auguran nubarrones en cielos cenicientos, a la vez que afirman su sinsentido despachando que los ciclos son impredecibles, los mercados son infalibles pero inefables. Vuelvo a la idea porque tiene miga: infalibles e inefable -tal cual-. Así las cosas, no le estañará -amigo, hipócrita y desconcertado lector- que prediga que volveremos a la superstición, porqué vivimos aplastados bajo el peso del misterio, o sea, las leyes inescrutables del mercado. Es por ello que así a lo tonto me voy a Grecia -coqueta casualidad- y aventuro el nuevo advenimiento de lo trágico: la tragedia retomará su sentido arcaico y genuino, en el que los hombres se muestran desdichados por la materialización de la ley, que les es ajena e incomprensible. Observen el aire de familia: los antiguos podían maldecir su condición y su suerte, pero no dudaban de la existencia de un orden rector que explicaba sus pesares, aunque las razones no les fueran reveladas, totalmente opacas al entendimiento. En eso consiste la tragedia. Es incomprensión, además de desmesura; desproporción entre falta y castigo, pero no es incertidumbre, en tanto en cuanto , presupone la existencia de la Ley. Esta puede parecer injusta, e incluso caprichosa, pero nunca ausente. Shakespeare y Faulkner aún fueron trágicos porqué se refirieron a eso con su historia de ruido y de furia contada por necios. Al otorgar la voz a los desconcertados, imbricaban su relato con el de les atenienses. Pero es una brillante jugarreta, porque en términos de estricta historia de las mentalidades, cuando Occidente dio por finalizada la ardua tarea de prescindir de Dios -ese necio- se liberó del misterio para entrar primero en la edad confiada de la Razón y después en la banalidad o la nostalgia. Es decir, fracasó la razón en su afán sistémico, y al derrumbarse pudo apreciarse su magnífico logro: un escenario vacío. La empresa inconcebible de liquidar al tramoyista había sido un éxito, sí. Más que rápido la ciudadanía regente se nos antojó poca cosa sino un esfuerzo de responsabilidad desmedido. Así fue, seguramente, porqué como imaginó Arthur Koestler, el cerebro humano consta de dos mitades: una pequeña parte ética y racional, y otra dominante, mucho mayor, que se le impone en su irracionalidad, violencia y empeño territorial; muestra rasgos animalizados, se yergue temblorosa de miedos y vive gobernada por el deseo y el instinto. La primera concibió la democracia y las ideologías, que han sido el aparato más sofisticado y duradero de la edad del optimismo y, a la vez, la expresión más llamativa de su fracaso. Instrumentalizada por el relativismo de los idiotas, creyó en el gobierno de los iguales antes que en la igualdad ante la ley y las oportunidades. El Dios trágico de la incertidumbre de Hamlet, el sospechoso de estupidez, era sin embargo una divinidad demiúrgica. Estúpida, pero origen de todo poder y orden conocido. Ahora, en cambio, la estulticia que procede de la soberanía del pueblo corona princesas con el cetro del mando del televisor y con tal gesto abandona cualquier autorictas que pudiera poseer. De esta ausencia de poder ciudadano, inhabilitado por omisión, procede la nueva omnipresente trascendencia de los Mercados. Es cierto que vienen a sustituir ese vacío, como en los primeros tiempos lo hicieron las ideologías. Estas fueron fruto de la confianza en los productos humanos y tal vez podamos aceptar que se mostraron insuficientes e ingenuas en su afán global, sustitutivo y teológico. Pero su caducidad no implica que periclitara la necesidad de las ideas, del pensamiento para hacer frente a la disgregación de la soberanía intelectual y política que amenaza el individuo contemporáneo. A diferencia de las ideologías y los hombres, los Mercados se han mostrado muy eficaces en la tarea de suplantar divinidades. Comparten atributos de omnipresencia e invisibilidad, sus caminos son en todo caso inescrutables. Sirva de ejemplo el cinismo desnudo con que se propone enfrentar la crisis con los mismos instrumentos que la generaron. Pero más vale callar, porque como dijo el cluniense Raoul Glaber, “no se puede ver a Dios directamente”. Por esta razón, la Naturaleza -el medio- recuperará la apariencia de un bosque selvático donde se pueden encontrar las huellas de lo Sagrado. Por analogías místicas podemos intuir su voluntad, aunque no esclarecerla, y podemos levantar un arte moral de sacrificio y penitencia, de humildad y de obediencia: recortes y austeridad. ¿A qué les va sonando el sainete?
Entonces, para nosotros que fuimos laicos y ateos, relativistas y espontáneos -y sexys-, vuelve la superstición y la tragedia en su sentido primigenio. Recuperaremos el misterio de lo sagrado y el universo creado volverá a hablarnos encarnado en el paisaje de campos ennegrecidos y en el ciclo de las estaciones. El poder, estático, no será para nosotros. No sé -¿quién osaría?- si los hombres de la Iglesia volverán, como Glaber en el año 1000 en occidente, a escribir sobre “cadáveres amontonados en los osarios y multitudes hambrientas como lobos persiguiéndose mutuamente para devorarse los unos a los otros”. Pero si sé que con el misterio vuelve la miseria para confirmar la indignidad del hombre y el acaparador poder de Dios y los mercados. Ya hemos vuelto a la superstición.
Entonces, para nosotros que fuimos laicos y ateos, relativistas y espontáneos -y sexys-, vuelve la superstición y la tragedia en su sentido primigenio. Recuperaremos el misterio de lo sagrado y el universo creado volverá a hablarnos encarnado en el paisaje de campos ennegrecidos y en el ciclo de las estaciones. El poder, estático, no será para nosotros. No sé -¿quién osaría?- si los hombres de la Iglesia volverán, como Glaber en el año 1000 en occidente, a escribir sobre “cadáveres amontonados en los osarios y multitudes hambrientas como lobos persiguiéndose mutuamente para devorarse los unos a los otros”. Pero si sé que con el misterio vuelve la miseria para confirmar la indignidad del hombre y el acaparador poder de Dios y los mercados. Ya hemos vuelto a la superstición.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)


