
Juan suele empezar sus clases de literatura proponiendo un ejercicio muy simple. Dice a sus alumnos más jóvenes que cierren los ojos y que mentalmente recreen los siguientes enunciados. Primero, deben representarse la frase “al sortir el sol” y, a continuación, “Al primer traspuntar d’un ventós solixent d’alta cella vermella”[1]. Es entonces cuando les dice que, en realidad, los dos enunciados significan lo mismo. El aula irrumpe en protestas. El contraste entre las dos imágenes que los alumnos acaban de “ver” es demasiado pronunciado para aceptar que son iguales -¡Por favor, alguno ni tan siquiera reparó en que en la segunda también había un “sol”! - Mequetrefes que no levantan palmo y medio, acaban de descubrir qué es literatura. Por esta razón, sorprenden las escasas ocasiones en que los críticos literarios -ensimismados en el impresionismo o la historia de la literatura mal entendedida - pronuncian claramente que la literatura nace de las tensiones que la forma del discurso provoca en los significados. “Hay que entender la forma como generador de contenidos. Porque es imposible decir lo mismo de formas diferentes”, ha explicado, recientemente Damián Tabarovsky (Buenos Aires, 1967). Eso es exactamente lo que han descubierto los alumnos: La forma, el modo de decir. La variación formal provee de alternativas de sentido. “Flaubert fundó esa línea en Madame Bovary. Fue el primero en ver que el problema era la sintaxis y no el tema”. La imagen de Flaubert es elocuente, digna de estampita. El santo mártir inmolado en el altar de la escritura, cuya obra, laboriosa y pacientemente, consiste en revestirse con las dignidades formales de la poesía, no en unos escasos versos, ni tan siquiera en un poemario, sino a lo largo de centenares de páginas de prosa narrativa a las que exigía los mismos rigores que a una partitura. Una sola página que costó meses escribir, desechada por una disonancia, una nota malsonante. Aceptamos que Baudelaire y Flaubert inventaron, para la literatura, la modernidad y con ella la modernidad misma. Pero si el primero nos brinda los temas, el segundo dicta los hábitos de artista en medio de tanto descalabro. Abolidos los cánones clásicos, en la primera página en blanco que conocimos, Flaubert decide que la literatura será música o no será. Música. Lenguaje sin fondo. Aunque he visto a hombres fornidos llorar al oír el adagietto de la quinta de Mahler, y he visto a otros agitarse excitados en más de un concierto de rock. ¿Llorar sin motivo? ¿Aspavientos sin tema? No exactamente. La literatura procede de la ruptura con el modo ordinario, común y gregario de decir. Si decir de un modo distinto es, consustancialmente, decir otra cosa, la literatura es tierra fértil de provisión de significados, en ningún modo ajena a traerse lo referencial bajo el brazo. Cuando Adán, el casquivano, renueva el acto de creación y dominio del mundo al nombrar sus piezas, levanta monumentos cuya principal función es permanecer. Flaubert, al componer, les pone dinamita en los cimientos y los entrega a la historia en un gesto que no puede ser más democrático a la vez que elitista ¿Por qué sino Mallarme, al inaugurar el festín de lo caleidoscópico con una cierta alegría de fuegos de artificio, sigue con rictus de pastor protestante y el ceño severo de un erasmista?
Esta formulación de lo literario aparece implícita desde el formalismo ruso, pero a menudo se ha entendido mal (los formalistas se entendieron mal incluso a si mismos). Porque tratando de forma y contenido, no se trata de lo uno o lo otro, sino de lo uno y lo otro. La variación o el cambio, I will show you fear in a handful of dust[2], obliga a detener la atención sobre aquello a lo que ya estábamos acostumbrados y que, por supuesto, no discutíamos. Así empieza “La Tierra Baldía” y como observarán, no dice exactamente lo mismo que el refrán*:
Abril es el mes más cruel, criando / lilas de la tierra muerta, mezclando / memoria y deseo, removiendo / turbias raíces con lluvia de primavera.El invierno nos mantenía calientes, cubriendo / tierra con nieve olvidadiza, nutriendo / un poco de vida con tubérculos secos / El verano nos sorprendió, llegando por encima del Satrnbergersee con una tormenta.
Como una tormenta. Así irrumpe lo literario en el apacible hogar del lenguaje doméstico. En su “Carta a Lord Chandos”, H. von Hofmannsthal explica que el resultado de su experiencia con la escritura le obliga ha revisar todo lo que daba por supuesto, “las distintas palabras flotaban alrededor de mi”. Ni las palabras, ni las cosas, ni las personas “lograba aprehenderlas con la mirada simplificadora de la costumbre”. Pone en crisis el decir corriente y habitual porque “incluso en las conversaciones familiares y cotidianas se me volvieron dudosos todos los juicios que suelen emitirse con ligereza y seguridad sonámbula”.
La literatura se enfrenta a “las pocas y escasas palabras que un hombre necesita para pasar pacífica y eficientemente por la vida”, reconocen los protagonistas analfabetos con los que Faulkner compone el retrato moral de la miseria que sigue habitando en Occidente. Palabras provisionales convertidas en costumbre. Eficientes pero tristes como el cálido simulacro de bienestar que ofrece la colcha de nieve en el invierno de Eliot. Al alejarnos de lo familiar mediante su efecto de extrañamiento y la ruptura de nuestras expectativas, nos obliga a detenernos de nuevo sobre lo conocido, pone en suspense la atención, pero, sobretodo, nos fuerza a suspender el juicio. La literatura es variación y perversión en su sentido más genuino, es decir, una maniobra alrededor del prejuicio. El extrañamiento es el acto a través del cual el lenguaje se perfora a si mismo en busca de una oportunidad para volver a significar; se inmola como una abeja al clavar el aguijón. En defensa propia, para salvaguardar su dignidad primera: intentar decir el mundo en medio hostil. Porque la literatura mata autores a la vez que resulta irreducible a lo colectivo. Da voz individual a la vez que propone un continuo despertenecerse de lo familiar, del abrigo de lo sabido. Cuando Juan Benet, coqueto y cap calent, declaró que, a diferencia de Faulkner, Joyce “cogió el rábano por las hojas”, nos indicaba que la tensión formal es tan ineludible como ridículo es lucir músculo y entender la forma como un fin. Por esta razón, el “Ulises” se parece cada día más al peor Cortázar, mientras que seguimos maravillados por la lectura de “Los muertos”. La sutileza narrativa más refinada al servicio del silencio que nos permite entender esas vidas minúsculas sobre las que cae la nieve, la misma nieve que cae “sobre las cruces y las lápidas agrietadas, sobre las lanzas de la verja, sobre las áridas espinas” mientras el espíritu de Frey que “se desvanecía lentamente mientras oía caer la nieve mansamente sobre el universo y mansamente caer sobre los vivos y los muertos”.
La conmoción que me siguen causando los últimos 'versos' de "Dublineses", son mi recordatorio permanente de que el experimentalismo es la versión más pobre e ingenua de la lección formalista. Del experimentalismo interesa el efecto. La experimentación no pude ser causa, jamás debe ser intencional, sino resultado. La novedad sólo puede ser el efecto de intentar hacer buena literatura y morir en el intento. Toda buena literatura es, en este sentido, experimental. Y no hay novela experimental alguna que pueda considerarse buena literatura. De ahí que buena parte del arte de los performancers sea un arte conservador bajo la vitola de la vanguardia, de la posmodernidad. Los posmodernos son experimentalitas con bambas de diseño, cada día más parecidos a si mismos y satisfechos con la invención del caballo de juguete. Un arte para convencidos, arte de credo, celebratorio. Aquí la variación es broma. Permanente recreación de un mismo gesto y formas tan antiguas como variables los colores –y humores-. Artistas que se proponen a si mismos como contenido y sentido. No por nada, es lo que queda más a mano. Estetización del artista en el mismo sentido que estetiza mi peluquero. Si la Ilustración fue el pensar desprejuiciado, lo posmoderno es el desaprender desangustiado, es decir, la apoteosis del ego. Cuando el formalismo -probablemente al tratar de explicarse- puso el acento en que la literaliedad era cuestión nacida de la variación formal y, en su empeño, empezó a descuidar las razones que justificaban la aventura, dieron un pase a puerta vacía para que Stalin decidiera incluso cuáles son las flores más adecuadas para decorar rotondas ¡Qué el más cachas o el más simpático se ocupe del sentido! Cuando el performancer -nuestro ego andante o equestre- encaja y resuelve por omisión y renuncia el puzzle entre forma y sentido, se vuelve medieval –con botafumeiro incluido-. Afirma la ausencia de sentido y de repente su Arte vuelve a ser celebración del orden cerrado del universo. Su mitología: la espontaneidad, única liturgia del relativismo. Los caminos del totalitarismo son inescrutables.
[1] Primer verso del “Nabí” de Josep Carner: [Al primer traspuntar de un ventoso sol reciente de alta ceja roja].
[2] [Te mostraré el miedo en un puñado de polvo] T.S. Eliot en “La tierra baldía”.
* “La primavera la sang altera”. Donde el refrán alude al vigor vital y al desorden que este puede ocasionar, el poema de Eliot connota un sentido vinculado con la traición. La primavera renueva el deseo de vivir cuando ya habíamos aprendido y aceptado el valor de la renuncia. La brevedad de las tormentas de verano permite preveer que los deseos retomados fracasarán irremediablemete, como irremediables son los ciclos estacionales.
Esta formulación de lo literario aparece implícita desde el formalismo ruso, pero a menudo se ha entendido mal (los formalistas se entendieron mal incluso a si mismos). Porque tratando de forma y contenido, no se trata de lo uno o lo otro, sino de lo uno y lo otro. La variación o el cambio, I will show you fear in a handful of dust[2], obliga a detener la atención sobre aquello a lo que ya estábamos acostumbrados y que, por supuesto, no discutíamos. Así empieza “La Tierra Baldía” y como observarán, no dice exactamente lo mismo que el refrán*:
Abril es el mes más cruel, criando / lilas de la tierra muerta, mezclando / memoria y deseo, removiendo / turbias raíces con lluvia de primavera.El invierno nos mantenía calientes, cubriendo / tierra con nieve olvidadiza, nutriendo / un poco de vida con tubérculos secos / El verano nos sorprendió, llegando por encima del Satrnbergersee con una tormenta.
Como una tormenta. Así irrumpe lo literario en el apacible hogar del lenguaje doméstico. En su “Carta a Lord Chandos”, H. von Hofmannsthal explica que el resultado de su experiencia con la escritura le obliga ha revisar todo lo que daba por supuesto, “las distintas palabras flotaban alrededor de mi”. Ni las palabras, ni las cosas, ni las personas “lograba aprehenderlas con la mirada simplificadora de la costumbre”. Pone en crisis el decir corriente y habitual porque “incluso en las conversaciones familiares y cotidianas se me volvieron dudosos todos los juicios que suelen emitirse con ligereza y seguridad sonámbula”.
La literatura se enfrenta a “las pocas y escasas palabras que un hombre necesita para pasar pacífica y eficientemente por la vida”, reconocen los protagonistas analfabetos con los que Faulkner compone el retrato moral de la miseria que sigue habitando en Occidente. Palabras provisionales convertidas en costumbre. Eficientes pero tristes como el cálido simulacro de bienestar que ofrece la colcha de nieve en el invierno de Eliot. Al alejarnos de lo familiar mediante su efecto de extrañamiento y la ruptura de nuestras expectativas, nos obliga a detenernos de nuevo sobre lo conocido, pone en suspense la atención, pero, sobretodo, nos fuerza a suspender el juicio. La literatura es variación y perversión en su sentido más genuino, es decir, una maniobra alrededor del prejuicio. El extrañamiento es el acto a través del cual el lenguaje se perfora a si mismo en busca de una oportunidad para volver a significar; se inmola como una abeja al clavar el aguijón. En defensa propia, para salvaguardar su dignidad primera: intentar decir el mundo en medio hostil. Porque la literatura mata autores a la vez que resulta irreducible a lo colectivo. Da voz individual a la vez que propone un continuo despertenecerse de lo familiar, del abrigo de lo sabido. Cuando Juan Benet, coqueto y cap calent, declaró que, a diferencia de Faulkner, Joyce “cogió el rábano por las hojas”, nos indicaba que la tensión formal es tan ineludible como ridículo es lucir músculo y entender la forma como un fin. Por esta razón, el “Ulises” se parece cada día más al peor Cortázar, mientras que seguimos maravillados por la lectura de “Los muertos”. La sutileza narrativa más refinada al servicio del silencio que nos permite entender esas vidas minúsculas sobre las que cae la nieve, la misma nieve que cae “sobre las cruces y las lápidas agrietadas, sobre las lanzas de la verja, sobre las áridas espinas” mientras el espíritu de Frey que “se desvanecía lentamente mientras oía caer la nieve mansamente sobre el universo y mansamente caer sobre los vivos y los muertos”.
La conmoción que me siguen causando los últimos 'versos' de "Dublineses", son mi recordatorio permanente de que el experimentalismo es la versión más pobre e ingenua de la lección formalista. Del experimentalismo interesa el efecto. La experimentación no pude ser causa, jamás debe ser intencional, sino resultado. La novedad sólo puede ser el efecto de intentar hacer buena literatura y morir en el intento. Toda buena literatura es, en este sentido, experimental. Y no hay novela experimental alguna que pueda considerarse buena literatura. De ahí que buena parte del arte de los performancers sea un arte conservador bajo la vitola de la vanguardia, de la posmodernidad. Los posmodernos son experimentalitas con bambas de diseño, cada día más parecidos a si mismos y satisfechos con la invención del caballo de juguete. Un arte para convencidos, arte de credo, celebratorio. Aquí la variación es broma. Permanente recreación de un mismo gesto y formas tan antiguas como variables los colores –y humores-. Artistas que se proponen a si mismos como contenido y sentido. No por nada, es lo que queda más a mano. Estetización del artista en el mismo sentido que estetiza mi peluquero. Si la Ilustración fue el pensar desprejuiciado, lo posmoderno es el desaprender desangustiado, es decir, la apoteosis del ego. Cuando el formalismo -probablemente al tratar de explicarse- puso el acento en que la literaliedad era cuestión nacida de la variación formal y, en su empeño, empezó a descuidar las razones que justificaban la aventura, dieron un pase a puerta vacía para que Stalin decidiera incluso cuáles son las flores más adecuadas para decorar rotondas ¡Qué el más cachas o el más simpático se ocupe del sentido! Cuando el performancer -nuestro ego andante o equestre- encaja y resuelve por omisión y renuncia el puzzle entre forma y sentido, se vuelve medieval –con botafumeiro incluido-. Afirma la ausencia de sentido y de repente su Arte vuelve a ser celebración del orden cerrado del universo. Su mitología: la espontaneidad, única liturgia del relativismo. Los caminos del totalitarismo son inescrutables.
[1] Primer verso del “Nabí” de Josep Carner: [Al primer traspuntar de un ventoso sol reciente de alta ceja roja].
[2] [Te mostraré el miedo en un puñado de polvo] T.S. Eliot en “La tierra baldía”.
* “La primavera la sang altera”. Donde el refrán alude al vigor vital y al desorden que este puede ocasionar, el poema de Eliot connota un sentido vinculado con la traición. La primavera renueva el deseo de vivir cuando ya habíamos aprendido y aceptado el valor de la renuncia. La brevedad de las tormentas de verano permite preveer que los deseos retomados fracasarán irremediablemete, como irremediables son los ciclos estacionales.


