jueves, 28 de octubre de 2010

DE COLORES Y CONSERVADORES


Juan suele empezar sus clases de literatura proponiendo un ejercicio muy simple. Dice a sus alumnos más jóvenes que cierren los ojos y que mentalmente recreen los siguientes enunciados. Primero, deben representarse la frase “al sortir el sol” y, a continuación, “Al primer traspuntar d’un ventós solixent d’alta cella vermella[1]. Es entonces cuando les dice que, en realidad, los dos enunciados significan lo mismo. El aula irrumpe en protestas. El contraste entre las dos imágenes que los alumnos acaban de “ver” es demasiado pronunciado para aceptar que son iguales -¡Por favor, alguno ni tan siquiera reparó en que en la segunda también había un “sol”! - Mequetrefes que no levantan palmo y medio, acaban de descubrir qué es literatura. Por esta razón, sorprenden las escasas ocasiones en que los críticos literarios -ensimismados en el impresionismo o la historia de la literatura mal entendedida - pronuncian claramente que la literatura nace de las tensiones que la forma del discurso provoca en los significados. “Hay que entender la forma como generador de contenidos. Porque es imposible decir lo mismo de formas diferentes”, ha explicado, recientemente Damián Tabarovsky (Buenos Aires, 1967). Eso es exactamente lo que han descubierto los alumnos: La forma, el modo de decir. La variación formal provee de alternativas de sentido. “Flaubert fundó esa línea en Madame Bovary. Fue el primero en ver que el problema era la sintaxis y no el tema”. La imagen de Flaubert es elocuente, digna de estampita. El santo mártir inmolado en el altar de la escritura, cuya obra, laboriosa y pacientemente, consiste en revestirse con las dignidades formales de la poesía, no en unos escasos versos, ni tan siquiera en un poemario, sino a lo largo de centenares de páginas de prosa narrativa a las que exigía los mismos rigores que a una partitura. Una sola página que costó meses escribir, desechada por una disonancia, una nota malsonante. Aceptamos que Baudelaire y Flaubert inventaron, para la literatura, la modernidad y con ella la modernidad misma. Pero si el primero nos brinda los temas, el segundo dicta los hábitos de artista en medio de tanto descalabro. Abolidos los cánones clásicos, en la primera página en blanco que conocimos, Flaubert decide que la literatura será música o no será. Música. Lenguaje sin fondo. Aunque he visto a hombres fornidos llorar al oír el adagietto de la quinta de Mahler, y he visto a otros agitarse excitados en más de un concierto de rock. ¿Llorar sin motivo? ¿Aspavientos sin tema? No exactamente. La literatura procede de la ruptura con el modo ordinario, común y gregario de decir. Si decir de un modo distinto es, consustancialmente, decir otra cosa, la literatura es tierra fértil de provisión de significados, en ningún modo ajena a traerse lo referencial bajo el brazo. Cuando Adán, el casquivano, renueva el acto de creación y dominio del mundo al nombrar sus piezas, levanta monumentos cuya principal función es permanecer. Flaubert, al componer, les pone dinamita en los cimientos y los entrega a la historia en un gesto que no puede ser más democrático a la vez que elitista ¿Por qué sino Mallarme, al inaugurar el festín de lo caleidoscópico con una cierta alegría de fuegos de artificio, sigue con rictus de pastor protestante y el ceño severo de un erasmista?
Esta formulación de lo literario aparece implícita desde el formalismo ruso, pero a menudo se ha entendido mal (los formalistas se entendieron mal incluso a si mismos). Porque tratando de forma y contenido, no se trata de lo uno o lo otro, sino de lo uno y lo otro. La variación o el cambio, I will show you fear in a handful of dust[2], obliga a detener la atención sobre aquello a lo que ya estábamos acostumbrados y que, por supuesto, no discutíamos. Así empieza “La Tierra Baldía” y como observarán, no dice exactamente lo mismo que el refrán*:

Abril es el mes más cruel, criando / lilas de la tierra muerta, mezclando / memoria y deseo, removiendo / turbias raíces con lluvia de primavera.El invierno nos mantenía calientes, cubriendo / tierra con nieve olvidadiza, nutriendo / un poco de vida con tubérculos secos / El verano nos sorprendió, llegando por encima del Satrnbergersee con una tormenta.

Como una tormenta. Así irrumpe lo literario en el apacible hogar del lenguaje doméstico. En su “Carta a Lord Chandos”, H. von Hofmannsthal explica que el resultado de su experiencia con la escritura le obliga ha revisar todo lo que daba por supuesto, “las distintas palabras flotaban alrededor de mi”. Ni las palabras, ni las cosas, ni las personas “lograba aprehenderlas con la mirada simplificadora de la costumbre”. Pone en crisis el decir corriente y habitual porque “incluso en las conversaciones familiares y cotidianas se me volvieron dudosos todos los juicios que suelen emitirse con ligereza y seguridad sonámbula”.
La literatura se enfrenta a “las pocas y escasas palabras que un hombre necesita para pasar pacífica y eficientemente por la vida”, reconocen los protagonistas analfabetos con los que Faulkner compone el retrato moral de la miseria que sigue habitando en Occidente. Palabras provisionales convertidas en costumbre. Eficientes pero tristes como el cálido simulacro de bienestar que ofrece la colcha de nieve en el invierno de Eliot. Al alejarnos de lo familiar mediante su efecto de extrañamiento y la ruptura de nuestras expectativas, nos obliga a detenernos de nuevo sobre lo conocido, pone en suspense la atención, pero, sobretodo, nos fuerza a suspender el juicio. La literatura es variación y perversión en su sentido más genuino, es decir, una maniobra alrededor del prejuicio. El extrañamiento es el acto a través del cual el lenguaje se perfora a si mismo en busca de una oportunidad para volver a significar; se inmola como una abeja al clavar el aguijón. En defensa propia, para salvaguardar su dignidad primera: intentar decir el mundo en medio hostil. Porque la literatura mata autores a la vez que resulta irreducible a lo colectivo. Da voz individual a la vez que propone un continuo despertenecerse de lo familiar, del abrigo de lo sabido. Cuando Juan Benet, coqueto y cap calent, declaró que, a diferencia de Faulkner, Joyce “cogió el rábano por las hojas”, nos indicaba que la tensión formal es tan ineludible como ridículo es lucir músculo y entender la forma como un fin. Por esta razón, el “Ulises” se parece cada día más al peor Cortázar, mientras que seguimos maravillados por la lectura de “Los muertos”. La sutileza narrativa más refinada al servicio del silencio que nos permite entender esas vidas minúsculas sobre las que cae la nieve, la misma nieve que cae “sobre las cruces y las lápidas agrietadas, sobre las lanzas de la verja, sobre las áridas espinas” mientras el espíritu de Frey que “se desvanecía lentamente mientras oía caer la nieve mansamente sobre el universo y mansamente caer sobre los vivos y los muertos”.
La conmoción que me siguen causando los últimos 'versos' de "Dublineses", son mi recordatorio permanente de que el experimentalismo es la versión más pobre e ingenua de la lección formalista. Del experimentalismo interesa el efecto. La experimentación no pude ser causa, jamás debe ser intencional, sino resultado. La novedad sólo puede ser el efecto de intentar hacer buena literatura y morir en el intento. Toda buena literatura es, en este sentido, experimental. Y no hay novela experimental alguna que pueda considerarse buena literatura. De ahí que buena parte del arte de los performancers sea un arte conservador bajo la vitola de la vanguardia, de la posmodernidad. Los posmodernos son experimentalitas con bambas de diseño, cada día más parecidos a si mismos y satisfechos con la invención del caballo de juguete. Un arte para convencidos, arte de credo, celebratorio. Aquí la variación es broma. Permanente recreación de un mismo gesto y formas tan antiguas como variables los colores –y humores-. Artistas que se proponen a si mismos como contenido y sentido. No por nada, es lo que queda más a mano. Estetización del artista en el mismo sentido que estetiza mi peluquero. Si la Ilustración fue el pensar desprejuiciado, lo posmoderno es el desaprender desangustiado, es decir, la apoteosis del ego. Cuando el formalismo -probablemente al tratar de explicarse- puso el acento en que la literaliedad era cuestión nacida de la variación formal y, en su empeño, empezó a descuidar las razones que justificaban la aventura, dieron un pase a puerta vacía para que Stalin decidiera incluso cuáles son las flores más adecuadas para decorar rotondas ¡Qué el más cachas o el más simpático se ocupe del sentido! Cuando el performancer -nuestro ego andante o equestre- encaja y resuelve por omisión y renuncia el puzzle entre forma y sentido, se vuelve medieval –con botafumeiro incluido-. Afirma la ausencia de sentido y de repente su Arte vuelve a ser celebración del orden cerrado del universo. Su mitología: la espontaneidad, única liturgia del relativismo. Los caminos del totalitarismo son inescrutables.


[1] Primer verso del “Nabí” de Josep Carner: [Al primer traspuntar de un ventoso sol reciente de alta ceja roja].
[2] [Te mostraré el miedo en un puñado de polvo] T.S. Eliot en “La tierra baldía”.
* “La primavera la sang altera”. Donde el refrán alude al vigor vital y al desorden que este puede ocasionar, el poema de Eliot connota un sentido vinculado con la traición. La primavera renueva el deseo de vivir cuando ya habíamos aprendido y aceptado el valor de la renuncia. La brevedad de las tormentas de verano permite preveer que los deseos retomados fracasarán irremediablemete, como irremediables son los ciclos estacionales.

viernes, 18 de junio de 2010

LAS TEORÍAS SALVAJES


Los lavabos de la facultad de letras siguen siendo de lo más decoroso que uno puede encontrar en materia de urinarios en el centro de Barcelona. Si no fuera por el rancio olor del dialogismo grafiteado en el interior de las puertas, ajeno a toda métrica, uno llegaría a creer que a las humanidades les queda aún una oportunidad postrera. Como cantaban los Smiths, la barbarie empieza en casa.
Ya allí, para apaciguar otro orden de ansias en el estómago, como el ansia de una deuda olvidada, abandoné toda resistencia a la nostalgia. Me zambullí en la luz fluorescente del cubículo soterrado que aquí llaman cafetería -son gente de vocación civilizada-. Con un líquido al que, con refinado gusto por la ironía, denominan “café” –son también de natural austeros-, dos estudiantes de último curso celebran que dedicarán el verano ha quemarse las cejas como lectores editoriales. En fin, por lo visto, en este país, cada uno celebra lo que le da gana. Al menos, se sabrán a salvo de melanomas estivales.
Sin embargo, aunque van armados hasta los dientes con teoría literaria, también son presa de la angustia. Con clarividencia, observan que, al final, su trabajo consistirá en dirimir qué novela es la buena, cuál la mala. Se trata de una tarea bien simple, la mayoría de las veces; las reconocerán por la ausencia de sujetos y por la rosa en el ojal. Los asesinos juveniles intoxicados con Coca-cola ya figuran en la vitrina de fósiles irredentos de la era blogger ¡Cuánta nostalgia de Kerouac y Camus en cada hora frente a la MTV! Estaban mal escritos, no lo desmentiré, pero ¡Cuánta ternura había en ese matar de aburrimiento! Pero de tarde en tarde la cosa se complica, un cuerpo extraño asoma entre la pila de originales. Y entonces, esa tarea al alcance de primates, se vuelve una empresa imposible. Entonces, decidir-se –porque eso se decide más que se discierne- exige aceptar que ves a oscuras, puesto que la sombra de Gide desechando La recherche sigue intimidando al más pintado con la amenaza del ridículo secular e imperecedero. Además, en estos menesteres, todo juicio es interino. Por escasas que sean las luces que a uno alumbran, comprenderá que, una vez cometida la osadía, sólo el tiempo otorga, a los nuevos, la oportunidad de competir, lomo contra lomo, con los viejos. Es el Tiempo quien impide que los últimos se escabullan de jugarse, con aquellos, fortuna y derecho de descansar desde hoy, durante los tiempos venideros y hasta el final de los días, apoyados en sus cubiertas.
Con semejante losa encima, los jóvenes estudiantes siguen conversando acerca del método. El Método es un objeto antipático, pero muy saludable si llega el momento de echarle las culpas a alguien. El Método viene a ser a las ciencias, algo así como el Mercado a los políticos. Yo jamás di con uno, son muy escurridizos –sí, los políticos también, insinúa Alabedra-.

No hace tanto, también tuve que agarrarme a un clavo ardiendo para enfrentar idéntica situación. En los cines Verdi habían proyectado Alta Fidelidad, la película basada en la novela de Nick Hornby. Me gustó. Anagrama había publicado la traducción de su última novela, Cómo ser buenos, y la leí para publicar una reseña. Como llevaba a Barthes por florete y a Faulkner por montera, no me gustó. Con todo, al recordarla ahora a propósito de nuestros dos estudiantes, no me parece un completo desatino.
Mi calvo ardiendo fue Bouvard y Pécuchet. Y es que la novela de Hornby era la crónica de una derrota, y la obra inacabada de Flaubert viene a ser el relato semillero de casi todas las derrotas modernas –digo casi por educación, que no convencimiento-. Al menos de todas las derrotas que empiezan invirtiendo el cuento: “Un hombre y un piso se conocen…”.
Sin duda, esa era la primera condición que debía cumplir cualquier relato que aspirase a la indignidad de ser novela. Hornby la cumplía perfectamente. Es decir, anudaba las derrotas del conocimiento con los fracasos de su panzudo escudero, el cotidiano existir. Evidenciar la colosal banalidad del tiempo que en suerte les correspondió. Un tiempo que liquida toda autoridad a la capacidad de elección porque no hay certezas sobre las que apoyarla. Donde toda elección es a tientas o a capricho porque nada se sabe de la peripecia que habría de conducirnos a la entrepierna de Ginebra, ni disponemos de pista alguna que haga plausible la consecución de una hazaña de la que no se vislumbra ni el carácter ni el perfil. Algo así como un juego de detectives sin ladrón en el que todo el mundo persigue a todo el mundo.
Bouvard y Pécuchet arranca con un encuentro fortuito en el boulevard Bourdon, donde dos copistas de oficina se sientan en el mismo banco y a la misma hora. Reaccionan con perplejidad y regocijo al reconocerse como almas gemelas y juzgan inauditas las coincidencias que les adornan. Tanto más cuando jalean que a ambos se les ocurrió bordar sus nombres en el fondo del sombrero para no confundirlos con el resto de sombreros de la oficina. Pero olvidan que la confusión exige que los sombreros en nada se diferencien del resto, con lo cual no hay motivo alguno que haga excepcional las coincidencias que comparten. Ya nada nos impide pensar en una multitud de copistas recorriendo la ciudad y sentándose, a pares, en la gran francachela de la identidad singular.
La novela de Hornby ofrece una escena análoga. Un matrimonio se cita en un restaurante exótico para intentar una reconciliación después de que ella lo abandonase por las dudas que le acarreó haberse acostado con otro hijo de vecino. Así, la separación obedece al dictado de un intento crítico –tiempo para pensar, cuáles fueron las razones que subyacen a la acción-. Y rápidamente se desliza hacia las dudas acerca de la particularidad de su matrimonio con respecto a las parejas que les rodean, sin hallar otro rasgo distintivo que la salsa escogida para aderezar el curry que comen indistintamente. El chutney de mango es “la etiqueta con el nombre del niño en el chándal del colegio”. Es lo único que evita que, al regresar del aseo, se sienten en una mesa con el cónyuge de un matrimonio completamente distinto, cuya esposa estará en el aseo repasándose los ojos y la consciencia. Como pan y peces, una multiplicación de matrimonios y oficinistas acuden a la retórica del sentido común, al gesto y a la palabra gastada. Instrumentos inválidos para el conocimiento que relegan a los protagonistas de ambas novelas a la condición del paciente copista de un canon ineficiente. Una norma incapaz de oponer resistencia al dictado exterior cuando llega el momento de decidir qué hacer, cómo actuar, cómo ser buenos. Acorralados por la inacción. Angustiados por la fe en un código secreto portador de la verdad de la vida y del que alguna vez pensaron llegar a ser herederos, guardianes o albaceas: la singularidad, esa tierra prometida por la publicidad.
Así que ambas novelas son colecciones de innumerables, aunque vecinas, formas de perder. Pero en Flaubert interesa la antesala de la derrota, que ahí es decir mal, fallar como escolares en el 'dictum' del mundo y con ello empezar la más formidable aventura de la modernidad: desconocer. Para entendernos, si Hornby hace el bosquejo de tipos atónitos, Flaubert afila la navaja con el la hoja de una partitura y escribe el diccionario de los tópicos.

Volvamos a nuestros copistas…perdón, a nuestros estudiantes a la busca de un método. Tal vez, deberían buscar sonoros fracasos, pero sobretodo novelas que incorporen en cada línea la pregunta sobre la solvencia del lenguaje para resarcirse de la pérdida que habita en el recorte de ambición que hay en el sentido compartido de las palabras de la tribu; tal vez, buscar donde el lenguaje desconfíe de si mismo y se extreme y se ensaye y rehuya la tranquilidad de que, tal vez, la cámara cinematográfica sabrá serle cómplice. Esa era mi segunda condición. Y es que les he contado todo esto porque estoy leyendo Las teorías salvajes de Pola Oloxirac, y no sé muy bien aún que hacer con ella. Desde luego, esta portentosa argentina de apenas treinta años, blogger y cultísima, reúne requisitos por doquier. En sus páginas los fracasos no quieren dejar a nadie indemne. Como quien no quiere la cosa, se cobra, como victima primera, la inteligiblilidad. El idioma es sometido a un tercer grado que le da un aire de familia gongorino. La espesura de su lengua teje una textura verbal que de ninguna forma se resolvería en cine. Hasta ahí, la prosodia llega a cotas destacadísimas de poesía sin querer ser poesía. Pero algo me dice que se olvidó de contar, del placer de narrar y ser leído. Algo que con mayor facilidad puede permitirse el verso. Y es que el alejamiento se produce por asfixia, con una fuerza centrífuga de referencias externas al relato que hubieran sonrojado a esos señores que pasean por el claustro y que tienen el mal hábito de dividir las páginas escritas en dos partes, reservando la más amplia para las notas a pie de página. La novela es gongorina y algo más. Aquí no basta con saber de cíclopes, métrica homérica e fonética diacrónica. Añadan filosofía, informática, antropología, costureros a gogó, argot porteño, y revistas de tendencias. Aquí sí se invirtió el cuento, y lo culto y lo elitista se escribe con material de derrumbe adolescente incomprensible para cualquier adolescente.Tal vez olvidé un tercer requisito. Entretanto, Wilder y Hitchcock, se cuentan chistes en la tumba. De todos modos, por si acaso, yo le echaría una ojeada. Al fin y al cabo, Wilder, Faulkner y Flaubert son demasiado para bregar siendo uno solo. Y, obviamente, si otro animal esquivo cae en las manos de nuestros estudiantes, no lo duden, publíquenlo. Qué ya vendrá el Tiempo a enmendarles si acaso fuera necesario.

martes, 1 de junio de 2010

PIJOAPARTE

Estaba, este servidor de ustedes, a la sombra de un eucalipto, sentado en sillín plegable que paseo, bajo el brazo, por todo el pueblo –para escarnio de forasteros e indígenas- hasta llegar a esta rampa donde estriban las pequeñas barcas, a escasos metros del agua. Y no, no llevo sombrero, ni gorra, ni cofia o panamá; no amigos suspicaces, me basta el parapeto del follaje de ese árbol caprichoso y más testarudo que el pino de Costa y Llobera.
No negaré, en cambio, que me fijé en sus tatuajes. Al menos, tanto como envidié el vigor de sus músculos a braza. Tal vez fue eso. O tal vez, la tensión con que los brazos le proyectaron el torso moreno fuera del agua. Y es cierto que maldije tiernamente al ver como se encaramaba a las rocas y, sin apenas transición, se lanzaba de nuevo al agua, en un salto que no pude, en su punto elevado, apreciar bien -me deslumbró el sol, menguante entre sus omóplatos-.
No lo sé, en cualquier caso, no estoy libre de prejuicio.
Nadó más de cien brazas mar adentro, se detuvo un minuto largo, contemplativo ante el poniente, de espaldas al embarcadero donde las chicas y unos amigos se echaban perezosos en las toallas. Volvía de vez en cuando la cabeza, para ver si le miraban y al regresar soltó la perla: “…Joder, tío. Pero tu has visto qué estampa; pero qué bonito, coño, que bonito…” (la puntuación es mía. Espero no haber traicionado el ditirámbico original).
No lo negaré, me fijé en el desperezarse de las niñas ¿Cómo pudieron adormilarse con los auriculares puestos? ¿Cuándo tan alto era el volumen del martilleo rítmico que había hecho imposible, aquella tarde, mi lectura? También vi al más corpulento azorarse ante aquel imprevisto ¿A qué inquietante y desconocida táctica recorre ahora mi amigo?
Todo eso vi, y no niego que pensé en qué país y tiempo infame nos toco vivir. Pensé en un pueblo de cabreros entre dos guerras civiles. Y obviamente me acordé de la basura con que se alimentan esos cuerpos, de los púberes que lamentan los suspensos, pero que nunca conocieron libro alguno; de auténticos idiotas armados con pastillas y coches como carros de combate tal cual de plastilina en la cuneta; de los pechos operados de mi amiga. En fin. Ahí llegó la estética en mi auxilio –sí, fueron los pechos- y me aposté incluso el punto y coma que la verborrea del nadador compartía género literario con “la pegué porque la amaba con todo mi corazón”. Y es cierto, no hay como el cabrero urbano –ese hombre alimentado de uralita- para mezclar, en la misma cementera, lo más cursi con lo más grosero, para ver que el trecho es breve entre el porno sentimental y la hostia a mano abierta.
Entonces, en medio de tanta inflamación, reparé en el dedo índice que había olvidado distraído entre las páginas del Satiricón. Así reza el buen romano:

“-Solías estar más animado en los banquetes; algo te pasa hoy: estás callado, no abres la boca- Nicerote respondió –pase de largo a mi lado todo buen negocio si no llevas tu razón y es cierto que me vuelvo loco de contento de verte tal cual eres. Viva pues la auténtica alegría, aunque tengo cierto miedo que estos intelectuales se rían a cuenta mía; Allá ellos; con todo, voy a contar mi historia; pues ¿Qué me quitan con reírse de mi?”.

Dejé de nuevo el índice de tamborilero sobre las cubiertas y miré. 'Tal cual es', el nadador se abalanza sobre la muchacha huesuda para besarla 'con auténtica alegria', con la misma fiereza con que pijoaparte se abalanzó sobre Teresa, inspirado por un verso que sin duda conoció: Y por la noche, la más bella sonríe al más fiero de los vencedores. Pero la huesuda se aparta, da la espalda. En ese gesto, el nadador entiende el verso -que sin duda no conoció-.
Vaya por delante que no pienso disculparle ni una coma, pero entonces me pregunto si esta noche, ebrio de sangría, se acordará del presidente equilibrista y de la zafia oposición ¿Caerá en la melancolía del recuerdo del cuchitril donde regresará mañana? ¿Lamentará el dispendio en tattoos y abdominales? No le veo hoy frente a la tele, riéndoles las gracias a las folclóricas con chándal.
Efectivamente, los tiempos han cambiado. Poco y a peor. Y ya no se ríe nadie. Ni los intelectuales.

martes, 27 de abril de 2010

TURISTES

Des de Londres, el Times ens recorda que tot plegat sembla una paròdia, una opereta italiana –poseu togues on hi ha capes-. El jutge Varela fa un avís per navegants, la memòria de les víctimes del franquisme suspesa a l’aire. No és que les desaparicions siguin incertes, sinó que manca “la competència legal” per indagar-les. Però sobretot, la imputació de Garzón es revela com el símptoma més evident de la idiosincràsia de la pràctica política: no és la veritat que en guia l’acció, sinó el poder. És el mateix esperit que anima la cinquena pròrroga, en espera de la sisena ponència del TC. En la deserció, ens demostren que, si l’equilibri de forces és compromès, aleshores silenci, ocultació. L’acció d’uns i altres és pura fantasmagoria, quelcom que se’ns “apareix en forma d'ésser real, tot i ésser una cosa imaginada (Diec)”. La imatge és suggestiva. Passadissos llargs, llargues esperes, abandó de les funcions. Invisibilitat de les responsabilitats i l’esperança que el temps porti l’oblit, abans que arribi la pròxima escomesa electoral. El fantasma és el retrat moral de l’estament polític i judicial –poseu togues als llençols-. La invisibilitat que Sáenz de Santamaría ambiciona. Però, tant sols hi ha quelcom pitjor que la corrupció per a la credibilitat de les institucions democràtiques, això és, l’intent desacomplexat d’eludir-la. Inquieta l’estratègia política del PP ¿Quin perfil d’electorat concep quan, enlloc de perseguir-la, l’oculta sota la catifa dels “defectes formals de procediment judicial”? L’aparell es posa en marxa, no per discutir la innocència dels imputats, sinó per fer-la invisible –poseu togues on hi ha sastres-. Per més que n’anomenin l’eròtica, el poder es un instrument més que una finalitat. En el mateix acte d’ocultació, concedeix que els majors del partit de l’expresident gimnasta no el cobegen només per lluïment de fireta, per fons d’acció social. Com a les Rambles, a la política hi anem en xancletes i camisa florejada. Amb tot -i en temps de crisi- la vida continua, però amb la inquietud que ens la juguen amb cartes marcades d’art de fuga. Mou el trilero, com si fóssim turistes de la democràcia.

Article publicat a la revista mà, abril 2010.

viernes, 9 de abril de 2010

DE VERANEO CON BERNHARD















Lo tengo en el estante desde hace algunos días. Sé que es un animal paciente, enemigo de las prisas. Apenas si lo he tocado. Sólo con un gesto maquinal -la costumbre que muchos de ustedes compartirán- cuando al regresar de la librería, volví a hojear por encima El sótano, leí unas líneas de El frío. Sé que, en cuanto me adentre de nuevo entre sus páginas, me eterizará con su aliento tóxico y, a un tiempo, encendrado. Así que yo tampoco tengo prisa. Sin embargo, sé que en cuanto me decida –a pesar de ser tarde y de noche y en invierno-, cuando hunda las manos en ese lodazal, las sacaré repletas no de joyas, pero si de párrafos rotundos como el verbo de una novia despechada. Se lo cuento para que luego no me vengan con reproches. Muy al cuidado de no recomendarles su lectura, hago humilde acuso de recibo de Thomas Bernhard. Anagrama ha reunido sus cinco novelas autobiográficas en un volumen, con motivo del vigésimo aniversario de su fallecimiento.
Permitirán que les hable de la novela dando un rodeo. Con un correlato paisajístico, diría un pedante de vocación taxidermista. Me llevé el librito de fin de semana en enero. Cerca de mi casa, en Can Cuca han retirado las mesas de su amable y recogida terraza. Y ahora ¿dónde guarecerse? Donde la memoria conoce antes que el conocimiento recuerde, subrayó a lápiz Benet en una página doblada de Faulkner. Y yo hago memoria de Port de la Selva. En verano, esta costa luce una medida jovialidad. Tres periódicos por leer y desayuno eterno frente al agua para practicantes de placeres del s. XX. No hay lugar mejor en la tierra para quien se niega a viajar, y sólo acepta el leve chantaje del veraneo -un lugar para quienes Formentera resulta un destino teñido de excesos exóticos-. Una amiga recuerda -siempre que tiene ocasión- que, en la playa de Les Clisques, leyó La bella estate de un tirón. Se tumbó a la hora de la siesta y cerró el libro con el último rayo de sol. Con esa alegria me llevó a Bernhard al mar. En verano, este mar con apariencia de lago presume de turquesas imposibles. Pero en invierno, no. Ahora sé, aunque no recordaba, pero no olvidaré, que no hay lugar en la tierra tan inhóspito como esta bahía en invierno. Bernhard permanece en la maleta. De repente, el mediterráneo se acuerda que aquí es, a la vez, Pirineo. La escala de grises se apodera del conjunto, en el mar laguna reverberan los gélidos picos circundantes que se abisman en el agua como acantilados submarinos, coronados por la amenaza del monestir de Sant Pere de Rodes, recordatorio de inviernos monásticos sin gas natural. Refleja el agua el negativo de la orografía que, en verano, impide que el oleaje del Cap de Creus salpique el ombligo de los bañistas cuando se adentran comedidos en el mar. Pero en invierno no ¿Dónde guarecerse y leer hasta bien entrada la noche? Y no tengo excusa. No hace tanto como para haber olvidado que, con unos amigos, pasamos aquí unos días de febrero, no muchos. A alguien se le ocurrió, poseído de juvenil insensatez, que nos vendrían bien unos días de asueto, aislados del mundo. Regresamos todos porque no llevábamos pistolas. En invierno, el paisaje se conjura para mostrarse carcelario, y el lago -agua sin fuga- parece el lugar idóneo para un oráculo intempestivo, presagio retrospectivo de la suerte histórica de Benjamín en Portbou, porque las fronteras siempre parecen estar cerradas. No hay salida. De esa guisa, me niego a leer a Bernhard. Un entorno nada propicio para enfrentar el relato de un joven martirizado por la escuela católica, aquejado de enfermedad pulmonar crónica, y encerrado en el sótano de un almacén de ultramarinos como vía de perfección, camino de "una existencia útil ". Sé que la experiencia que con Bernhard me espera es prima hermana del desasosiego, de la frustración –espero con esta advertencia, ahorrársela a ustedes-. Algo así como si K. bajo los pináculos de La catedral, se encontrara un guardián borrachuzo en lugar de un vigilante hermeneuta y cabalista. Como en El proceso, es un buen tipo y no tiene ninguna intención de vetarnos la entrada ni silenciar ninguna contraseña. Le gusta la cháchara y sólo por el placer de la conversación, nos desvelará sus más oscuros secretos. Sin embargo, como en toda duana, exige una tasa. A K. le exige una renuncia a su propia naturaleza apocada. A nosotros, el borracho exige hablarnos muy cerca, a merced del esputo y la baba –ahórrenselo, sobretodo, a inocentes alumnos de ESO-. La suya es voz frustrada jugando al frontón: solipsismo y negación de las expectativa privadas, eso nos dice. Y en su bajo relieve, el horizonte histórico -la segunda guerra mundial y el nazismo-viene a confirmar la aploplejía del privado. Bernhard aborrecía el nacionalismo. La identidad como un coto donde dar caza al dialogismo. Pero la bestia no está en la mirilla de la escopeta. !Vuelve la bestia!- exclama el patriarca anciano de Los cuatro jinetes del Apocalipsis, de Minelli. Al saber que el nieto se alista como oficial en la SS, el viejo interrumpe el jolgorio y el baile con que festejan el rencuentro familiar, allá, en el exilio argentino (¿dónde guarecerse?). Ha regresado la bestia. Las mismas bestias que acorralaron a Benjamín, con la bendita colaboración del General Beato Bajo Palio. Cuando Bernhard escribe sobre Austria y Europa, retoma la voz de las memorias de Zweig en El mundo de ayer. Escritas en plena guerra, desde el exilio “en mi habitación de hotel sin ejemplares de mis libros, ni apuntes, ni cartas de amigos, sin información, interrumpida por la censura. Vivimos tan aislados como hace siglos, antes de la invención de los aviones, los trenes, el correo”. En ese aislamiento, presagio del monólogo ensimismado de Bernhard, relata la extinción de un mundo burgués que leía por la noche, se acostaba pronto y creía en el ángel del progreso. El día después, Bernhard escribe las consecuencias, sin libros, ni apuntes, ni cartas de amigos. Después de los tiros, la burocracia. Y el solipsimo. Neurosis con echura de partitura, de estilo, Grand Style con los mismos desechos con los que otros -y no los peores- sólo supieron levantar grandes superficies comerciales. Aún y así, a la vuelta, Bernhard sigue en el estante. Lo leeré en verano.

jueves, 1 de abril de 2010

DIOS II (segunda part.)


Continuación del artículo anterior: Dios I

Sin embargo, la banalidad persiste. Todos los pueblos conocen la necesidad de dar un relato más satisfactorio que convincente del lugar del hombre en el mundo. Al principio fue Nyx (la noche) y Ereb, su hermano -cantan las Musas deleitando a Zeus, su padre- “con voz unísona de aquello que es, que ha de ser y será”. La angustia nacida del vacío ocasionado por la desaparición de la fe religiosa resulta poco menos que desgarradora. Por el contrario, ¡Cuán tranquilizadora la concepción tradicional en la que Jahvé aparece depositando cuidadosamente las figurillas humanas en el pesebre de la creación! Lo hace con delicadeza, casi con mimo. En mi casa, la reproducíamos todos los años cuando llegan los días señalados del calendario beato. Se trata, tal vez, de la representación simbólica más enraizada y atávica del imaginario colectivo occidental. Se la traga a pies juntillas, el homeópata apóstata cuando, apostólicamente, perjura que el cáncer es un estado de ánimo. Los niños saben que Dios existe cuando en Navidades renuevan el gesto Creador con musgo, harina y papel de aluminio. O en su versión paródica: cuando el zagal levanta el brazo, piedra en mano, y experimenta la satisfacción de quién todo lo puede, antes de ejecutar un Apocalipsis en un laborioso y ahora perplejo e indefenso hormiguero.
Por lo tanto, ¿Cuál es la situación del hombre cuando experimenta el choque entre la intuición de la extinción divina y la pervivencia de una dimensión religiosa que abomina perder? Se produce un choque de colosos. Duby y Steiner lo han explicado muy bien y por variados caminos. Las principales ideas que vertebran las civilizaciones humanas –ésta lo es- se caracterizan por ofrecer una pertinaz, obstinada, testaruda resistencia. Y de entre todas ellas, la concepción antropológica de un deus ex machina se lleva la palma. Lo sabe la lagartija en su torpe escapada a la pata coja, como un equilibrista sin vara. Y es que el hombre sin Dios es como un niño con un eterno porqué en la boca: puro abismo y papá al psicólogo. A la angustia por el vacío ocasionado por la pérdida de una explicación global, le sigue el gesto de restitución, un intento de hallar una religión substituta y vicaria, en terminología de Steiner. Por eso se metamorfosea. Que no nos den gato por liebre, exclaman los extremistas islámicos, los fetichistas del pie o los partidarios de la corteza de limón en el gintónic. Conozco a gente –por lo general, buenas personas aunque parezca increíble- que te invitan a cenar y te relatan, como si les fuera en ello la vida, la aventura de cómo eligieron el color de cuarto de baño o la exacta distribución de los electrodomésticos de la cocina. Y tienen razón, pobres infieles. Siempre les respondo con un gesto de aprobación, tendrían que ver ustedes sus ojos implorantes (y además, me da miedo que me pongan una bomba bajo el chasis si expreso objeción, renuencia o duda).
Siempre pesa más el miedo que la abulia, y por eso siempre queda otra vuelta de tuerca tras la mampara de ese dios transformista. Se transforma porque hay que conciliar la evidencia de Ruanda, Tahití -o Ernest Maragall- con la necesidad de echarle las culpas al clero y, a ser posible, hacer chistes de sotanas.

La historia mayúscula certificó que Dios no existe, pero en la minúscula, más que desaparecer se trasviste. Teníamos noticias de esa afición al carmín. Los cronistas medievales dieron cuenta de cuantas calamidades pudieren evidenciar la noción de un Dios glorioso frente a un hombre entregado al horror. Poco después, el gótico fue capaz de levantar Santa Maria del Mar en Barcelona (mamá suele ser más comprensiva), y en el s. XV se convierte en un niño de pañales al que toda tía soltera pellizcaría los mofletes. Así que las transformaciones no son nuevas, pero la última es simplemente espectacular. La obra de un genio enfermizo, diría Mortadelo. Dejó de ser ya el Dios piadoso de los cristianos, ya el atronador coloso del Antiguo Testamento, el iracundo proveedor de plagas y hambrunas: se metamorfoseó en un rubicundo holgazán. Más displicente, caprichoso y desmañado que olvidadizo.

Ciertamente los dioses viven todavía / pero allá arriba, sobre nuestras cabezas, en un mundo distinto. / Allí actúan sin tregua, y no parece que les inquiete si vivimos o no.

En los versos de Novalis, los dioses se han largado y sólo tenemos constancia de su presencia porque olvidaron cerrar la puerta y sus voces aún se entreoyen, aunque del todo incomprensibles. El dios ausente de los románticos retoma en esos versos el aire de familia con el dios de la modernidad televisada. Es el Dios resultante de la extinción no tolerada. Baja la guardia, y no por piedad sino por indolencia. Se volvió pijo. Acostumbrado a que le planchen las camisas –convenientemente rotas, de marca y dobladillo del revés- y a no dar palo en el agua, resulta odioso. No madruga, ni coge el metro, ni pisa la calle en el frío amanecer otoñal. Desayuna tarde en la cama y sin desperezarse resuelve el fatigoso trámite de la creación en un santiamén, arrojándonos malamente al mundo. No es un castigo, es abulia y prisa, porque nada sabe de ganarse el pan con el sudor de la frente. Y queda el hombrecillo transpuesto en su balbuceo. En pocos años se preguntará el porqué. El ‘caganer’ entusiasma a los japoneses porque es de universal abolengo su condición. Tal desaliño conductual –célebre expresión entre pedagogos- invita a pensar que, mientras tanto, el viejo rejuvenecido se habrá largado en su descapotable a jugar una partida de tenis, en una pista donde el sol reluce hermoso y las rubias aplauden enfundadas en pantaloncitos blancos. ¿Y aún se preguntan en quién se inspiran los arrogantes adolescentes que inundan las aulas con su salobre autoestima de testosterona? ¿De quién se acuerdan cuando se bajan los pantalones a media nalga y cabalgan sus motos de triste cilindrada –rodilla en el suelo- por una carretera de cantos afilados? No hace muchos años era Lear, vencido pero muy mayor, quien enseñaba los calzoncillos al respetable, antes de abandonar el escenario y la vida, dejando, como único testimonio, una cagarruta que se llevaba todos los aplausos. Salgo a la calle, buenos días y ¡vayan con Dios!

lunes, 15 de febrero de 2010

DIOS I (primera part.)

Como en tantas películas y canciones de rock –y en menos novelas- salgo a la calle. Dice un estudio publicado en el periódico que desayuno en el bar mientras leo el café que nuestros jóvenes son cada vez más precoces a la par que infantiles. Y más infelices. He salido temprano. Del todo ajeno a la moda juvenil, el traspuntar del sol por detrás del próximo Montseny retrasa su aparición y la puesta en escena en pocos días será roñosa y cicatera: ya no tiene una alta ceja roja, ni es apenas sol, en esta comarca, lo que se ve y no se disfruta en el lapso de tiempo que va del otoño –tempranero- hasta junio, y que estos días empieza. Brumas y nieblas, no más. Aún y así, salgo a la calle. Resulta evidente que todos con quienes me cruzo arrastran sueño y alguna tristeza, no sólo los jóvenes. Tristeza estrictamente estacional en el mejor de los casos, para quienes sólo sufren la nostalgia del ocio estival desaprovechado –no puede ser de otro modo, huelga decir, si ocio ha de ser-. Los otros, a saber. La retahíla de penas es incluso más amplia que las promesas incumplidas en el altar de las vacaciones. El catálogo de penas es dilatado y coloreado como el catálogo de chuchearías de un viajante de comercio con inevitable traje gris.
Sin embargo, donde vivo -una pequeña ciudad de provincias con mercado, diría Pla- los hombres y las mujeres levantan la barbilla, ocultan momentáneamente los pesares e insinúan una escueta sonrisa para desearse buen día, antes de encorvarse de nuevo en el interior del cuello levantado de la chaqueta, la americana o el sobre-camisa de entretiempo. Cuando siento nostalgia de Barcelona, invoco este gesto y lo cotejo con los descorteses apretujones del metro a primera hora de la mañana que tanta angustia causan a los ancianos y a las adolescentes. Así compenso el recuerdo de lo fácil que es, en esa ciudad, salir a la calle donde una marea en eterno jubileo etílico te sube a hombros, te pasea todo el día, te lleva de copas al compás de Carliños Brown y te deja puntualmente en casa a la hora de acostarse, cenado y sin pijama. Eso es, más o menos, Barcelona. La Barcelona que detestan los barceloneses y que hace las delicias de los estudiantes. Una ciudad menos ‘canalla’ que Port Aventura pero paradójicamente infestada de críos que la señorean. En mi ciudad, al menos, saludan todos menos los más jóvenes.
No debería repetirlo pero octubre es más triste que abril. He salido a la calle y también yo he saludado a quienes me he cruzado. Piso la acera y arrecia una ráfaga de viento helado y traidor –a las once hará calor- ¿Chaqueta, americana o sobre-camisa de entretiempo? Saludo y me importa un rábano qué prenda será la adecuada. Las penas escuecen y llevo conmigo el recuerdo de mi madre como un alfiler de ira que traspasa cualquier tejido que interponga.
Salgo del café y el viento embiste de nuevo, furibundo. Embestir significa acometer contra algo o alguien con fuerza e ímpetu, amén de atacar con violencia y sin mesura o sentido de la proporción, en terminología militar. Fuerza bruta sin control ni propósito definido o voluntad concreta. Pero escrita con “v” es la palabra con la que las modistas designan la acción de marcar la tela por el lugar por el que habrá que coser la costura del dobladillo. La palabra contiene lo rudo y brutal, y su contrario. Limite, principalmente; mesura y medida; oficio y función. Un esfuerzo tan sensato como humilde y, tal vez, inútil: no sabría calibrar la gravedad de arrastrar los pantalones. Algo parecido contiene ese saludo entre adultos. Ese gesto que oponemos tiene algo de inútil, también. Ella ya no esta. No hay modo humano de lidiar y salir bien parado. Penas, rencores, culpabilidades. Mi madre que supo ser dulzura y acabó siendo esfuerzo y denuedo. Después de muchos años de trabajo sin reposo, habíamos empezado a hablar de vacaciones, de merecida holganza: traspasar el negocio, tal vez cambiar de casa -un pequeño jardín para los perros- y de ese modo evitar los tres pisos escaleras. Así que a saber las penas, pero habrá que saludar, trabajar incluso. El triste e hipócrita saludo contiene algo civilizado y laico. Como mi madre, maneja una discreta sabiduría de costurera, de tendero, de oficial o de orfebre, que sabe de lo ridículo de negar al vecino y fruncir el ceño a perpetuidad. Pero sobretodo, conoce lo ridículo de preguntar el porque de tanta injusticia, pedir cuentas al cielo – ¿A quién si no?-. La prensa ofrece a diario el continuum de despropósitos con que la vida tiene a bien de fustigar a prácticamente la totalidad de la población del planeta con un detenimiento casi estético, a juzgar por las fotografías. No basta con morir, hay que hacerlo calcinado. Para eso están los subyugados etarras, los dipsómanos caudillos africanos, los intelectuales de la Casa Blanca… en su ausencia, se puede recurrir al cáncer de pulmón o a la vía del tren. Hay que tener la moral francamente pírrica y ‘missaire’, ser interna del Sagrado Corazón o megalómano de mirada lateral a lo Berlusconi para creer que la desdicha o la mala suerte es un desvío de la norma que únicamente por desventura ha puesto su fría mano sobre la espalda nuestra. El mal no es sólo indiferente y trivial. Da vueltas sobre si mismo, se explaya, se detiene y juega. Se ensaya como una coqueta variación en una partitura vanguardista. Como las mejores de éstas, hace de la evidencia, de lo trivial, un relato de lo demasiado humano. Ante la aburrida insistencia de la atrocidad –vean lo que ponen en la tele cuando no hay partido de fútbol- el exabrupto a un sujeto supra-lunar a quién se responsabiliza de nuestra desgracia es el colmo de la arrogancia. Rogar por su extinción y tener la óptica o el punto de mira en la fortuna vigorosa del vecino de rellano es el extremo de la banalidad.