Recuerdo que nos fuimos de la cala de La Creu y regresamos apresuradamente a
mi casa provisional para seguir las noticias. Cerramos las ventanas porque el
humo de los árboles calcinados llegó hasta l'Escala. Lo he recordado ahora que
en poco más de quince días se cumplirán seis meses de los incendios que arrasaron
buena parte de l'Alt Empordà. El caso es que mientras el país veraneaba,
sufrimos viendo como las llamas se extendían hasta los límites de los bosques
de la Garrotxa azuzados por el viento del norte. La televisión captó imágenes
aéreas cargadas de impotencia; nos convirtieron en incapacitados testigos de
una desbandada humana que se arrojó a los acantilados de la carretera de
Colera. La gente abandonaba los vehículos para alcanzar el mar y huir de la
emboscada ardiente que los circundaba. Como recordarán, el final fue trágico.
Recuerdo que, un par de días después, fuimos a visitar el paisaje calcinado.
Entonces viví como un estúpido dilema la conveniencia de comprar unas botellas
de vino de Capmany. Pero eso fue entonces. Y me doy cuenta de que no ha sido la
onomástica ni el deseo de homenajear a las víctimas el principal motivo para
releer unas notas de aquellos días en mis diarios. O tal vez sí. O más bien ha
sido eso junto con otras varias circunstancias. Tal vez haya contribuido la
sublime manifestación de la naturaleza devastando Australia y la hecatombe de
ovejas merinas. De todos modos y en primer lugar, me ha sorprendido la
presencia escasa del fuego en las anotaciones de entonces.
En todo caso, al revisarlas me pareció que si vienen a cuento ahora, ya
entrado en 2013 y voy a recuperarlas. Ustedes verán si les parecen pertinentes.
El incendio está ahí, como telón de fondo y es cierto que -aunque yo no sea
muy amigo de las alegorías- ya en eso momento la desgracia se nos ofrecía con
todos los ingredientes para representar simbólicamente los tiempos de penurias
que nos han tocado en suerte. Soy consciente que las recupero convertidas
inevitablemente en metáfora. Metáfora y sobretodo elegía, más de una. Y es que
no puedo disimularme el estupor ante aquella felicidad culpable que ahí se
filtra y que por intensa parece antigua. Desde los días más invernales de este
enero, desde la decrepitud del cuerpo doliente amenazado por el frio, he leído
las notas como un oráculo de la desaparición del verano en el invierno, y
también de la nítida visión de la desaparición de una determinada idea de
Europa. Eso sí estaba ya entonces. Lo digo, como un fuego que iba a devastarlo
todo.
L'Escala, 29 de junio 2012.
"A veces uno sospecha que un breve ejercicio de retrospección puede
alumbrar algún territorio oscuro de la vorágine estúpida que llamamos
"actualidad". Desde la terraza cada día más coqueta y culpable del
bar Medusa de l'Escala -magnífico mirador del Alt Empordà ardiendo en
panorámicas de cielo rojo y rodeado de gente que no puede ser más guapa y
estupenda (aunque al menos yo no tiro fotos)-, estuve ayer leyendo uno de esos
libritos también coquetos y culpables que La Central edita,
Una aventura
llamada Europa, de Z. Bauman. Se trata de la recopilación y zurcido de
tres breves charlas que el filósofo líquido dio hacía el año 2004.
Bauman denunciaba por entonces que la deriva que la Unión Europea había
tomado de Maastricht a esta parte hacía del todo imposible que Europa siguiera
realizando una de sus funciones tradicionales: ser foco de expansión no sólo de
barbarie postcolonial sino de civilización, "
pero si estos tratados (entiéndase
Maastricht, Lisboa...)
son el equivalente moderno de la Declaración de los
derechos humanos, de la Independencia nord-americana o del Manifiesto
Comunista, más vale no hacerse demasiadas ilusiones respecto al siguiente
capítulo de la aventura europea y su destino/vocación de ser fermento universal
de la libertad y la democracia". Ciertamente, también los tratados
posmodernos son culpables, aunque poco coquetos.
No me alargaré comentando tan patente ironía. Naturalmente cualquier
observador del 2012 se percatará de que Europa no es "fermento de libertad
y democracia" ni para sí misma. Italia presidida por una burocracia ajena
a las urnas y el BCE con cotas de poder política nunca antes manifiestas con
idéntico descaro son sólo los casos más flagrantes. Y sin embargo, lo que
Europa significa en la historia de las ideas civilizadoras no puede desdeñarse.
Ahora, en el momento decisivo, es cuando deberíamos recuperarlas para confrontación. Deberíamos porque este
tsunami llamado crisis pone
sobre la mesa un conflicto entre modelos políticos. La creciente liberalización
de mercados convertidos en dogma político frente a la constatación
socialdemócrata -y la memoria europea- de que el modelo asiático y la banalidad productiva de Wall
Street nos han llevado al desastre por la vía de la desigualdad. Obviamente es
verdad y hay que subrayar que el eurocentrismo tampoco es nada coqueto si se
atiende a la historia de abusos pertrechados desde la superioridad militar,
económica y tecnológica con los que hemos avasallado y explotado el corazón de
las tinieblas. Sin embargo sí es bastante seductora en cuanto a ser la cuna de
la cultura entendida en un sentido crítico. La Europa que alaba Tony Judt es el
resultado de una larga evolución crítica en la que se entremezclan la necesidad
de sobreponerse y protegerse de las amargas experiencias de lucha cainita en el
continente y de la permanente presencia del pensamiento humanístico como base
de prestigio de toda institución intelectual, política, educativa y social. En
ningún otro lugar del planeta, la humanidad se concibió a sí misma como objeto
problemático sujeto a la indagación constructiva -poética-. Ese es nuestro principal
patrimonio. En Platón o Sócrates aprendimos que la cultura es un producto sin
fundamento
ex machina; que la cultura es una práctica sustentada
"únicamente" en el diálogo -tanto interno como con el enemigo- en el
pensamiento desprejuiciado. El ejemplo primogénito y esencial lo encontramos en
los trágicos griegos y su capacidad para poner en la picota al conglomerado
social ateniense. La tragedia consiste en ponerse a una mismo como colectivo
social en escena para someterse a juicio ciudadano, autoinculparse y proponerse
redención en nuevos sueños dorados y resurrectos en la Antártida. Crítica y
proyecto. Pensamiento y poesía. Los limites imprecisos de lo que con
posterioridad hemos llamado literatura clásica. Y Así hasta el humanismo y la
Ilustración, pasando por Montainge, Voltaire y los laberintos kantianos de la
paz perpetua. Así hasta Heidegger y la paradoja de que Europa tuvo que inventar
o construir la idea de cultura a pesar de que lo propiamente humano -de esta
rara especie que el lenguaje atraviesa- no es otra cosa que comprender un mundo
anterior a nosotros y en perpetua mutación. Incertidumbre y construcción, esos
son los principios fundacionales de los relatos míticos. También, claro está,
del mito de Europa. Les hago memoria. La historia es tan bella que no temo aburrirles
y además, la cuento en un plis:
"Cadmos emprende el viaje para encontrar a su hermana, Europa. Zeus la
ha raptado disfrazado de
toro ensortijado y pacedor de estrellas. En
Delfos el oráculo nada le aclara, como es costumbre en gente guapa y coqueta,
pero le ofrece un consejo: antes que buscar a la hermana -que no aparecerá- más
vale que no agote sus fuerzas y las emplee en construir y fundar Tebas, la una
nueva ciudad".
Europa no se encuentra, se construye. Dice el oráculo que no aceptemos el
dogma. Lo otro es posible; yerra Rajoy cuando dice que carece de alternativa.
Si podemos atribuir algún sentido a Europa, este se encuentra en su carácter
constructivo, antinostágico, y a la vez alejado de la certezas. Una invitación
a la aventura: la invención de la cultura y la política. Un lugar que nos
pertenece y que debiéramos querer exportador y, aún, ejemplo. Un lugar muy
lejano de ese que nos propone Alemania y el partido liberal europeo. Porque el
que estos últimos proponen se asemeja más a la China que a Grecia. Y cuando
digo China, estoy pensando, también, en ese taller del Eixample barcelonés
donde los hombres y mujeres dormían bajo una tricotosa, agradecidos por el
trabajo, secuestrados por esas divinidades misteriosas que llamamos
mercados".
Repito, resonarán esas líneas como una elegía. Pero en el sueño de la
devastación romántica y su estética de lo sublime hay siempre un resquicio para
el alba de la regeneración. El fuego siempre ha sido, en la imaginación
popular, liquidación: derrumbamiento, pero también purificación. Así que la
metáfora es incompleta. No hemos saldado ni una cuenta. Sigue el títere con cabeza y como buen fantoche se pavonea sin ocultar ni una vergüenza. Escribí que el rescate blando era, a la vez, una suerte y un pesar. Nos alejaba, momentaneamente, del destino fatídico de Atenas, pero perpetuaba a los responsables del modelo económico de quienes hoy se largan a compadrear en la compañia Telefónica o similiar. Aun y el fracaso anunciado de las políticas de austeridad, con ese panorama incluso entiendo los escrúpulos de la Europa pudiente. Yo también tengo remilgos. Pero el estribillo tambien se canta del revés. Sería un año antes, no sé si en el Medusa o en el
Café de Mar -es decir, frente al vermut o el desayuno- cuando advertí el auspicio de
la desgracia en los sueldos menguantes de la Alemania de la plena
ocupación. ¡Es la noticia más significativa del año! grité a mis ponderados y educados compañeros de terraza. Hoy, se confirma que el compromiso del gobierno Merkel con la gran banca nacional
amenaza el norte con la recesión. Y eso sí es, seguramente, lo que me ha hecho
recordar. La lógica implacable y nada paródica del eterno volver en esta nueva
Europa en que la expiación no corre a cargo de los causantes y los cínicos. Eso
sí estaba en mis notas y eso sí lo he recordado hoy, por ejemplo, a propósito
de la infructuosa irresponsabilidad con que hemos construido la primerísima red
de ferrocarriles de alta velocidad del mundo. Contenían también la crisis moral
de la política que en los periódicos de hoy escenifica Duran y sobre quien
Puigverd en la Vanguardia augura triste redención: "
Saldrá del
atolladero, pero quedará como un emblema de la vieja política. Una vieja política
que la ciudadanía irritada por la crisis y asqueada por tantos chanchullos odia
profundamente. Duran no podrá sacarse el estigma de encima. El tiempo es un
gran escultor de la desmemoria, sí, pero la crisis ha inaugurado un tiempo
nuevo".
Yo tengo mis dudas razonables. Observo indicios de renovada solidaridad
ciudadana, pero no una regenerada cultura de la necesidad política. Veo lejano
aún el día en que la mayoría discrimine entre el descrédito de esta clase
política que Puigverd apostilla como vieja y la urgencia de una politización de
la ciudadanía. En los asuntos públicos, no veo finiquitada la edad de la
indiferencia política. El fracaso de un proyecto de trescientos años no se
solventa en un lustro, y mucho me temo que a las penalidades continuadas les
suceda el agradecimiento hacia cualquier forma de populismo presentada como
Orden frente al Caos. Berlusconi ya amenaza con volver.
Y faltan meses para regresar al mar. Reconozco que vivo de prestado en el
calendario estacional.
http://www.lavanguardia.com/opinion/articulos/20130111/54360764677/antoni-puigverd-duran-y-los-viejos-tiempos.html#ixzz2Hg2CLpW8